El voto crítico

Gabriela Rodríguez
Creo que puedo comprender la actitud de los anulistas, en un país donde pocas instituciones tienen legitimidad, donde la burocracia dorada del IFE, hoy INE, ha solapado los fraudes electorales y no logra controlar las trampas y abusos de los partidos poderosos. De pronto el silencio parece una opción, porque a veces callar puede ser la mejor manera de comunicarse. Pero frente al actual proceso electoral, creo que esa actitud puede ser la peor.

¿Cómo callarse frente al grado de corrupción al que han llegado las más altas autoridades de este país? ¿Por qué silenciarnos frente a la censura que el Estado impone hacia los medios más críticos? ¿De qué nos sirve esconder nuestro miedo ante la violencia descarnada de los narcopolíticos?¿Para qué agacharnos ante la tasa creciente de feminicidios? ¿Cómo quedarnos mirando la manera en que niños matan a otros niños?

Por el contrario, me parece que es momento de atiborrar las urnas, de mostrar presencia ciudadana y no hacer un vacío. De gritar en la forma más civilizada que los seres humanos hemos construido: la democracia. ¿O ya se nos olvidó que el voto es un instrumento que fortalece la igualdad? ¿Que el voto le da voz a todos y a todas, a los ricos y a los pobres?

Quienes defienden el voto nulo no son los pobres ni son los más, son gente que ha tenido la oportunidad de pasar por la universidad, muchos han sido críticos del sistema mexicano. Sería grave, gravísimo, que los críticos anulen su voto, porque favorecerían que se imponga el voto clientelar, tal como ocurrió en las intermedias de 2009. Recordemos que con la campaña por el voto nulo empezó a recuperarse el PRI. Hoy más que nunca necesitamos que los líderes de opinión convoquen a las audiencias a participar en las elecciones. Los críticos tendrían que llamar a un voto que castigue al régimen actual, al federal y local, porque si estamos hartos del uso patrimonial del poder y de la complicidad de las élites políticas con el crimen organizado, nos indigna también que funcionarios y legisladores de partidos que abanderaron las causas de la izquierda traicionen los principios de igualdad, debiliten las libertades y se mimeticen con las peores mañas y trampas, con iniciativas que fomentan la impunidad y la privatización hasta del agua. En la ciudad de México duele, nos duele que estemos perdiendo un territorio que se la jugó contra la corrupción y a favor de los derechos económicos y sociales, una isla de libertades que es producto de movilizaciones sociales y organizaciones ciudadanas que habían trabajado conjuntamente desde 1997, cuando ganamos el derecho a elegir a nuestro jefe de gobierno, a nuestros delegados y representantes en la Asamblea. El Distrito Federal no es más importante que otras entidades, pero es donde yo vivo, donde he experimentado el lento proceso democrático, donde he atestiguado que es posible que la ciudadanía, las organizaciones sociales y activistas de los movimientos trabajen conjuntamente para mejorar el entorno, material y social, para ejercitar las libertades y los derechos humanos, pese a lo que falta. Legisladores/as, así como funcionarios/as de las secretarías de Cultura, de Desarrollo Social y de Salud, de la Comisión de Derechos Humanos y del Instituto de las Mujeres del Distrito Federal nos dan lecciones de gestión política y de administración del poder a favor de la ciudadanía. Porque aquí tuvimos tres administraciones ejemplares, la de Cuauhtémoc Cárdenas, la de Andrés Manuel López Obrador y la de Marcelo Ebrard. Con estilos, logros y errores diferentes, sin perfeccionismos pero cerca de la ciudadanía. Cuauhtémoc arrancó el cambió histórico, Andrés Manuel llevó adelante el ejercicio de derechos sociales y nombró al único gobierno con paridad en el gabinete, Marcelo avanzó el ejercicio de las libertades. Nada que destacar de la administración de Mancera, ¡vuelve el dolor! Hay una continuidad en los programas sociales que se valora, pero se perdió el empuje del líder. Sé que sueno nostálgica, pero hay que tomar en cuenta que en la actual contienda electoral hay muchos candidatos a jefaturas delegacionales y a diputaciones que crecieron en esas administraciones, o en instancias legislativas y ciudadanas.


Hoy quiero llamar al voto crítico. Hagamos un examen y juicio de lo que han hecho cada uno de los candidatos, de las candidatas. Cómo gobernaron o legislaron, a qué le dieron prioridad, con qué trayectoria profesional y técnica cuentan, cuán honestos/as fueron y cuáles son sus logros principales. Habría que analizar qué tan cerca o lejos han estado de la ciudadanía, y si el programa que presentan es viable. Habría que elegir selectivamente y con exigencia, más allá del voto, ser crítico implica colaborar en el diseño y concreción de los programas. Si nuestra participación se reduce a ir a votar o ir a anular, es lo mismo que nada, es callar y ser pasivos, es darle la vuelta al compromiso y esperar sentados para que papá gobierno resuelva.

No estoy de acuerdo con votar por el menos malo, para nada. Por los malos no se vota, en esos casos habría que anular, en mi delegación la deshonestidad se ha venido imponiendo. Soy consciente del privilegio que representa haber vivido en una ciudad con tres administraciones de izquierda, y de contar en Coyoacán con candidatas de capacidad y honestidad probada. Mi voto será para tres personas que admiro: para delegada Bertha Luján, por su gestión como contralora general (DF, 2000 a 2006); para diputada federal Rocío Mejía, por su trayectoria académica y gestión como directora general de Fondeso (DF, 2000 a 2006); para Zoia Elieth Fernández como diputada local, por su liderazgo sindical en la UNAM y su trabajo dentro y fuera de la delegación Coyoacán.

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