Xicoténcatl. Humillación del guerrero ante la rendición

Xicoténcatl. Humillación del guerrero

Xicoténcatl. Humillación del guerrero tlaxcalteca ahorcado como traidor por órdenes del conquistador. El arribo de los españoles acompañados de los zempoaltecas provoca la reacción natural del jefe de los ejércitos. Logra el acuerdo para enfrentarlos. Al fracasar es enviado a declarar la rendición.

La negación del triunfo provoca la reacción de sus pares. Aceptan la propuesta inicial de los embajadores zempoaltecas para dejar pasar por sus territorios a los españoles. Esto constituye no solo en una derrota militar, sino política y personal de Xicoténcatl.

Maxixcatzin, que a la postre será el aliado preferido de los españoles. Propone que habiendo sido Xicoténcatl quien se había empeñado en enfrentarlos, sea quien presente la rendición.


Hernán Cortés mantiene una gran desconfianza en Xicoténcatl.  El guerrero no acepta la subordinación. Lo que le lleva a tomar una decisión que sirve de pretexto para que Cortés mande aprehenderlo y ahorcarlo.

Entre el arribo de los españoles y la muerte del guerrero tlaxcalteca –Tlahuicole es otomí– pasan dos años. Debe esperar 300 años para ser reivindicado. Paradójicamente la independencia le devuelve su valor.

Trascribo partes del libro III de la Crónica de la Nueva España” de Francisco Cervantes de Salazar. Ahí se registran las intervenciones hasta la súplica. “Trátanos como a tuyos, pues te entregamos nuestras personas, casas, hijos y mujeres”.

Nos aconsejan hospedemos a estos caballeros

Magiscacín dixo: «Caballeros, señores y amigos míos que aquí os habéis juntado para oír la embaxada que los cempoaleses han traído: Entendido tendréis tres cosas della: la primera, que nuestros amigos, enemigos de nuestro enemigo, nos aconsejan hospedemos a estos caballeros que, según su valor y manera, más parescen dioses que hombres como nosotros.

La segunda, que dellos podremos ser ayudados para tomar venganza de nuestro enemigo que, a la contina, con su poder, nos tiene encerrados en estas sierras sin poder gozar de los mantenimientos y trajes que las otras gentes gozan.

La tercera es que nos pide el Capitán destos invencibles y valientes caballeros que le demos pasaje por nuestra tierra y le hospedemos el tiempo que en ella estuviere, ofresciéndonos su persona y las de sus caballeros.

Cosa es esta que en buena razón no se le puede negar, especialmente yendo como va contra nuestro enemigo, y nuestros dioses nos enseñan a hacer caridad con los peregrinantes; si no los rescebimos, parescerá que somos crueles y, lo que más se ha de huir, que somos cobardes, que no los osamos rescebir, temiendo que nos han de hacer algún daño, teniendo entendido lo contrario por experiencia y por lo mucho que dellos dicen los de nuestra nación.

No me parescen a mí dioses, sino monstruos salidos de la espuma de la mar

Xicotencatl:… A esto respondo dos cosas: la una, que los más de los pronósticos han sido falsos; la otra, que no sé yo si son éstos o otros los pronosticados; a lo menos, parésceme que no haremos el deber si no viéremos, para qué son, porque si los halláremos mortales como nosotros somos, no nos habrán engañado; y si fueren inmortales y más poderosos que nosotros, fácil será el reconciliarnos con ellos, porque no me parescen a mí dioses, sino monstruos salidos de la espuma de la mar, hombres más necesitados que nosotros, pues vienen caballeros sobre ciervos grandes, como he sabido; no hay quien los harte;

son holgazanes y amigos de dormir sobre ropa, viciosos y dados al deleite, a cuya haraganía el trabajo, la labor y coa, debe ser odioso; y así, creo que, no pudiéndolos sufrir el mar, los ha echado de sí; y si esto pasa, como digo, ¿qué mayor mal podría venir a nuestra patria que rescebir en ella por amigos a tales monstruos, para que quedemos obligados a sustentarlos a tanta costa de nuestras haciendas, que aun para hartar de maíz aquellos mochos venados que traen, no bastarán nuestros campos?; pues para ellos, ¿qué gallinas, qué conejos, qué liebres bastarán?

Donosa cosa sería que estando nosotros habituados a tanta esterilidad, pues aun sal no tenemos, ni mantas de algodón con que nos cubramos, contentos con el maíz e hierba de la tierra, viniésemos a ponernos en mayores trabajos, haciéndonos esclavos para sustentar los advenedizos.

No es, pues, razón que los que derramamos nuestra sangre por defender nuestra patria y vivir sin servidumbre, metamos en ella por nuestra voluntad quien nos haga tribuctarios

El señar Magiscacín y el señor Xicontencatl han dicho bien y nosotros jugamos al seguro

Temilutecutl, justicia mayor de Taxcala…, en el negocio que ahora entre las manos tenemos, en el cual los señores Magiscacín y Xicontencalt son contrarios.

Ambos, aunque contrarios, tienen razón, y cada uno debe ser alabado por su buen parescer; Será, pues, el medio que resultará de los dos extremos, que usemos de un mañoso ardid que creo aplacerá a todos,…

Y es que inviemos nuestros embaxadores al capitán Cortés con graciosa respuesta, diciéndole que con su venida rescibimos todos mucha merced y que cuando venga a esta ciudad será muy bien rescebido.

En el entretanto que él viene con su gente, el señor Xicotencatl tendrá concertado con los otomíes le salgan al camino, y allí le dará la batalla una vez e muchas hasta que veamos para qué son éstos que de tan lexos vienen, que nos dicen ser dioses; y por otra parte, como dixo el señor Xicotencatl, tienen hambre y sed y aman las cosas que, siendo dioses, habían de menospreciar y tener en poco, lo cual arguye ser hombres, y aun no tan abstinentes como nosotros.

Si los nuestros vencieren, nuestra ciudad y provincia habrá ganado perpetua gloria y quedaremos con mayores fuerzas contra nuestro cotidiano enemigo Motezuma, libres de las pesadumbres y trabajos que el señor Xicotencatl ha contado; y si fueren tan valientes y tan valerosos que los nuestros no los puedan empescer, diremos que los otomíes son bárbaros y gente sin conoscimiento ni comedimiento, e que sin nuestra voluntad y parescer y sin saberlo nosotros, para se lo poder estorbar, no sabiendo lo que hacían, salieron a ellos.

Por manera que, como, señores, veis, si esto se hace, el señar Magiscacín y el señor Xicontencatl han dicho bien y nosotros jugamos al seguro.

Suplicámoste que de lo pasado nos perdones y admitas a tu amistad

Soy Xicotencatl, Capitán general de la Señoría de Taxcala, y cómo vengo ahora en su nombre y en el mío a saludarte y tratar contigo de perpectua amistad y concordia;… Suplicámoste que de lo pasado nos perdones y admitas a tu amistad, porque te prometemos serte de aquí adelante, como verás, muy fieles y leales amigos.

Damos de nuestra voluntad y con alegre ánimo (lo que hasta hoy a ningún Príncipe hemos hecho) vasallaje y obediencia a ese gran Emperador en cuyo nombre vienes, por saber que es muy bueno y muy poderoso, pues se sirve de tales hombres como tú, y nos dicen que traes otras leyes y costumbres y otra religión con adoración de un solo Dios.

Tuvimos razón de sospechar esto porque vimos que desde Cempoala han venido contigo criados y vasallos suyos, y así, por no perder la libertad en que nuestros antepasados nos dexaron, y que por tiempo inmemorial, con gran derramamiento de sangre, hambre, desnudez y otros trabajos hemos defendido, determinamos, hasta estar cierto de quién eras, defender nuestras personas y casas;

Y porque, como sabes, el hombre libre debe morir primero que perder la libertad en que su padre le dexó, hemos estado muchos años cercados en esta aspereza de sierras, sin fructas ni mantenimiento, sin sal, que da sabor a toda comida, sin trajes ni vestidos delicados, de que usan nuestros vecinos, sin plumajes ricos, oro y piedras, que para rescatar algo desto era menester vender alguno de nosotros.

Todas estas faltas y nescesidades hemos padescido por no venir con nuestras mujeres y hijos en subjección de Motezuma, determinados de morir primero que hacer tal fealdad, pues nuestros antepasados fueron tan grandes señores como él.

Xicotencatl no podía disimular el dolor que de rendirse en su corazón sentía

Ahora que hemos entendido de los cempoaleses que eres bueno y benigno y de noche y de día a ti y a los tuyos habemos hallado invencibles, no queriendo ya más pelear contra nuestra fortuna y contra lo que ese gran Dios tuyo quiere, nos damos a ti, confiados que nada perderemos de nuestra libertad, sino que antes nos ayudarás contra la tiranía de Motezuma, que más con pujanza y gente y desenfrenada ambición, que con razón y justicia, ha subjectado a muchos señoríos, haciendo inauditas crueldades en los vencidos;

Y en confirmación desta amistad que contigo procuramos, te ofrescemos y damos en rehenes estos mancebos, que son hijos de los principales señores de Taxcala.» (Y los ojos rasados de agua, que ya Xicotencatl no podía disimular el dolor que de rendirse en su corazón sentía, dixo, después de haber callado muy poco):

«Acuérdate, Capitán valentísimo, que jamás Taxcala reconosció Rey ni señor ni hombre entró en ella que no fuese llamado o rogado. Trátanos como a tuyos, pues te entregamos nuestras personas, casas, hijos y mujeres.»

Con esto acabó Xicotencatl, alimpiándose los ojos con el cabo de la rica manta con que venía cubierto.