¿Por qué es urgente sanear la cuenca Atoyac–Zahuapan?

El 8 de enero pasado, después de sufrir tres años consecutivos de sequías extraordinarias, la alcaldesa de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, anunció que el día cero, el día en que la ciudad (de 4 millones de habitantes) se quedará completamente sin agua, será el próximo 22 de abril. A partir de esa fecha, el abasto de agua para toda actividad económica y para la población, será suspendido, excepto para el funcionamiento de servicios de emergencia, como los hospitales. A partir de la fatídica fecha, el gobierno local abrirá alrededor de 200 puntos de abasto, resguardados militarmente “para evitar abusos y mantener la paz” en los que se dotará, a cada habitante, de 25 litros por día. Por lo pronto, la dotación de agua por habitante está restringida a 87 litros por habitante al día.

La catástrofe hídrica en Ciudad del Cabo no debe pasar desapercibida a los habitantes de Tlaxcala, y mucho menos a las autoridades estatales, federales y municipales que hoy tienen la obligación de sanear la principal cuenca del estado: la cuenca Atoyac–Zahuapan. Las denuncias de organizaciones como la Coordinadora por un Atoyac con Vida, que derivaron en la Recomendación 10/2017 de la CNDH, lo plantearon con claridad: durante los últimos 25 años, la proliferación de miles de industrias contaminantes en la cuenca y sus correspondientes impactos (crecimiento urbano descontrolado, incremento exponencial del parque vehicular y la red vial, aumento de las emisiones de sustancias tóxicas, ausencia casi total del saneamiento del agua residual urbana e industrial, pérdida irreversible de fuentes de abasto de agua potable, desaparición de especies de flora y fauna, destrucción de la economía campesina tradicional, etc.), generaron en la cuenca una situación en la que se transformaron los cauces de los ríos y arroyos en drenajes industriales y urbanas y ello obligó a recurrir a la sobreexplotación de los acuíferos como principal fuente de abasto de agua de las comunidades y las zonas urbanas.

Dado que la contaminación industrial de la cuenca se extiende mucho más allá de las corrientes de agua (los ríos) hacia los suelos y el aire, poco a poco se han depositado en los mantos freáticos concentraciones crecientes de sustancias químicas tóxicas y metales pesados que ya están teniendo consecuencias directas en la salud de la población. Desde 2015, un epidemiólogo había advertido que Tlaxcala es la entidad del país con mayor incidencia de Enfermedad Renal Crónica en la población de entre 15 y 24 años de edad, con una tasa de 119.66 casos por cada 100 mil habitantes, esto es, 66 por ciento por encima de las tasas registradas, por ejemplo, en Aguascalientes, que en ese año ocupaba el segundo lugar nacional, con 72.01 casos por cada 100 mil habitantes.


Asimismo, desde 2014, un estudio del Dr. David Salas de León, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, demostró que en todo el territorio del estado, pero especialmente en el área que corresponde a la cuenca Atoyac–Zahuapan, se observan concentraciones de algunos metales pesados (como arsénico, hierro y cobre) que rebasan, por mucho, los límites máximos permisibles establecidos no por la Norma Oficial Mexicana (que ya es obsoleta y debe ser actualizada), sino por la de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos y las de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El estudio menciona que, en el caso del arsénico, la concentración en el agua de consumo doméstico “sobrepasa en ocho veces el límite recomendado en la zona de Apizaco” (p. 39), esto es, directamente en la subcuenca del río Zahuapan, mientras que en el caso del cobre, en la zona de Ixtacuixtla y Natívitas (asentadas en la subcuenca del río Atoyac), se presentan concentraciones que rebasan más de 10 veces los límites máximos permisibles establecidos por la OMS (p. 37).

Por si esto no fuera ya suficientemente grave, la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) vive una crisis similar a la de Ciudad del Cabo, pero con el problema adicional de que, según el hidrogeólogo de la UNAM, Joel Carrillo, existe aún un desconocimiento profundo del funcionamiento dinámico de los acuíferos del centro del país, además de que hay poco o nulo interés de la Comisión Nacional del Agua por mejorar los métodos de medición de la disponibilidad de agua existente en el subsuelo, así como de la capacidad (cada vez más disminuida para que se recarguen), lo cual significa, en términos llanos, que la autoridad del agua en México no sólo no sabe cuánta agua le queda realmente a los acuíferos de la ZMCM, sino que, al parecer, no le interesa saberlo tampoco.

En caso de que la crisis de la disponibilidad de agua en la ZMCM llegara a los niveles de Ciudad del Cabo, ¿qué impacto tendría sobre las cuencas adyacentes, como la cuenca Atoyac–Zahuapan? Si comenzase una emigración masiva de la Ciudad de México hacia otras regiones del país (como la conurbación Puebla–Tlaxcala) ¿habría condiciones para recibir a los refugiados ambientales de la capital? En un contexto de cambio climático en proceso de agravarse, el rescate de la cuenca, los límites al asentamiento de industrias contaminantes y la restitución de los derechos humanos de los pobladores de las comunidades se han convertido ya en una prioridad inaplazable.

Las comunidades de la cuenca hicieron una propuesta para afrontar responsablemente la crisis de la contaminación en la cuenca Atoyac–Zahuapan. Las autoridades de los tres niveles no han querido siquiera conformar el Grupo Interinstitucional que debe diseñar el Plan de Saneamiento de la cuenca que puede salvar la vida de millones de personas. No es tiempo de negligencia y simulaciones. La urgencia es real y debe resolverse ya.