Universidad y autonomía

La universidad pública en México siempre ha custodiado el principio de autonomía. Idealmente, la autonomía sirve a éstas para elegir democráticamente a sus autoridades sin la intervención del poder estatal o gobiernos locales.

Para diseñar sus propios estatutos y programas de estudio, así como para defender el derecho del ciudadano a acceder a una educación pública y gratuita. Además, promover la cultura, la ciencia y la investigación.

Bajo esta lógica, la naturaleza y la razón de ser de las universidades públicas debe ser meramente académica.


Una limitante de la autonomía universitaria es la dependencia de las universidades del presupuesto federal y local, así como de los órganos estatales de control y orden a la que están sometidas.

En este debate resulta sugerente el discurso que profirió Boaventura de Sousa Santos en la Universidad de Costa Rica. Ahí subrayó cómo es que se debían democratizar las universidades públicas (más allá de seguir pugnando y usando el principio de autonomía que aún predomina en algunas universidades mexicanas).

Para Boaventura la democratización universitaria consiste en desmercantilizar, descolonializar y despatriarcalizar la universidad. Ello conlleva a que las universidades comprendan que no hay verdades únicas, que no hay un solo conocimiento válido. La universidad debe entenderse como un espacio polifónico que anhela la pluriversidad.

Para de Sousa, las universidades deben buscar alianzas con los de abajo, los desprotegidos, los vulnerables, ya que es ahí donde se debe trabajar la emancipación, no con las clases medias y altas. Esa debe ser la vocación de las universidades públicas, ahí deben estar puestas las baterías de la educación, la ciencia, la investigación y la cultura.

El reto consiste en no pensar la inversión en la educación como un gasto inicuo, las universidades deben dejar de formar a los ciudadanos bajo la exigencia del mercado, pues eso las convierte en un mercadeo medido por rankings.

Las universidades deben dejar de ser gobernadas como una empresa apelando a sus principios de autonomía.

El Estado dejó de ser un aliado de las universidades públicas, pero eso no quiere decir que la alternativa que tienen las universidades sea refugiarse en la lógica del mercado o bajo la dirección de intereses políticos de sus dirigentes o autoridades, los cuales suelen convertirse en actores que operan a favor del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado.

La autonomía universitaria semeja una trampa para convertir las universidades públicas en una empresa privada o un botín político con plenas facultades de autogobierno.

Las universidades en México, en su mayoría, están capturadas por sectores, actores o grupos familiares que han capitalizado tanto en lo económico, lo político y han cohesionado al personal que labora en ellas. Todo ello, en nombre de la educación, la ciencia y la cultura.

Muchas universidades mexicanas, como ya se anunció, se han convertido en empresas o enclaves de partidos políticos o en bancos familiares.

De las universidades públicas han salido recursos para teatros, plazas, salas de concierto, monumentos, escuelas patito paralelas a la universidad, centros de preparación para exámenes de ingreso y hasta panteones. Las universidades se han convertido en oficinas o cascos de hacienda de los caciques locales y sus familias.

Las universidades públicas se han convertido en enclaves de poder ilimitado, la mayoría de las universidades están capturadas y ni los medios nacionales y locales, ni el gobierno federal ni los gobiernos locales se acongojan.

Lejos estamos de pensar la democratización universitaria, en los términos planteados por Boaventura de Sousa Santos, desmercantilizar, descolonizar y despatriarcalizar.