¿Una biología del fraude?

Margarita Martínez Gómez

Actualmente hay una extensa e intensa discusión en diferentes sectores de la población sobre lo reprobable de los fraudes en diferentes ámbitos como el político, científico, gubernamental, entre otros. Todo ello relacionado al descubrimiento de escandalosos engaños públicos.

Todo mundo parece estar de acuerdo en que los fraudes son actos que dañan la interacción y la credibilidad entre los seres humanos y la mayoría activamente parecemos evitar actos fraudulentos. Es por ello muy interesante que en el número mayo–junio de la revista Scientific American Mind apareciera un artículo sobre este tema, Why we cheat?, que discute las raíces biológicas del engaño y el fraude. ¿Entonces hay explicaciones biológicas de nuestro mal actuar? Si fueran ciertas, ¿ello hace al fraude “natural”? Merecen reflexión los argumentos y hallazgos.


Los autores del artículo, Ferric C. Fang y Arturo Casadevall (Universidad de Washington y Einstein College de Medicina, respectivamente) definen el fraude como un actuar deshonesto que permite ganar con ventaja. Opinan que este actuar es impresionantemente común y describen varias investigaciones que se han hecho al respecto. Menciono un par que tienen que ver con la academia. Un estudio hecho desde la Universidad Estatal de Pensilvania en 1997 encontró que cerca de tres cuartas partes de un grupo de mil 800 estudiantes provenientes de nueve universidades admitieron haber hecho trampa en los exámenes. Otra investigación más reciente encontró que cerca de un tercio de científicos había aceptado que cometió prácticas de investigación cuestionables en los tres años previos al estudio. Tal vez nosotros no necesitemos realizar investigaciones sistemáticas para aceptar que el cometer fraudes es una conducta muy extendida.

En el artículo se propone que la creatividad, el miedo a perder y la observación de conductas deshonestas puede motivar a cometer fraude o hacerlo más probable. Estos elementos se consideran disparadores.

Muy interesante es que los autores aseguran que actuar fraudulentamente no es exclusivo de los seres humanos, ya que aparece en otras especies animales expuestas a situación de competencia por recursos. Proponen que este comportamiento ha evolucionado para ganar ventaja sobre otros organismos sin pagar el costo del esfuerzo. Hay un cálculo simple: puedo obtener algo sin pagar nada y no ser atrapado y castigado. Algunos organismos toman el riesgo. Se describen ejemplos desde bacterias, pasando por peces hasta mamíferos.

Pero los autores aceptan que el simple balance de costos y beneficios que implica el engañar, no explica la psicología del fenómeno en seres humanos. Por ello proponen que para entender esta psicología sirve mejor estudiar a otros primates que tienen neocortezas más grandes y profundamente convolucionadas en comparación con la de mamíferos más pequeños. Estas estructuras son las capas más externas del cerebro responsables del pensamiento consciente y el lenguaje. Primatólogos, psicólogos y neurocientíficos han sospechado por mucho tiempo que los retos que enfrentan los grupos de primates sociales han llevado a una evolución impresionante de su neocorteza que es responsable del gran impulso que ha tenido su inteligencia. “Una manifestación mayor de inteligencia social es la habilidad para engañar”, refieren los autores de otro artículo relacionado. El engaño táctico es ampliamente usado entre los primates, y se describen un par de ejemplos de esto en chimpancés y babuinos. El investigador Richard W. Byrne mostró que el tamaño de la neocorteza permite predecir el grado al cual los primates practican el engaño. Entre más grande sea la neocorteza en una especie, más individuos en esa sociedad usan tácticas deshonestas para la manipulación social.

Varias otras ideas de los autores nos hacen reflexionar: Los humanos somos increíblemente rápidos para defraudar, aunque sea un poquito, cuando las circunstancias lo permiten. Parece obvio que la gente, como otros animales, seamos motivados a defraudar por beneficios posibles, pero parece no haber una relación entre la magnitud de la recompensa y la probabilidad de defraudar. Además, no todos tenemos la misma probabilidad de cometer fraudes. En un estudio de 2011, un par de economistas conductuales reportaron que la gente con mayor calificación en pruebas psicológicas de creatividad es más apta para cometer actos deshonestos –una relación que no es sorprendente considerando que la creatividad y el engaño táctico son ambos productos de la neocorteza. Sin embargo, los investigadores creen que los individuos creativos son muy buenos también en el autoengaño, ya que enfrentan el fraude con pensamientos muy ingeniosos como una forma de sentirse mejor por lo que están haciendo. 

“Irónicamente, la creatividad y la inteligencia, que nosotros consideramos como característicamente humana, pueden haber surgido al mismo tiempo que nuestra habilidad para engañar”, reflexionan los autores.

Pero no todos son beneficios en este tipo de conductas “naturales”.




Leave a Reply

Your email address will not be published.