¿Una biología del fraude?

Margarita Martínez Gómez

En el artículo Why we cheat? que se publicó hace un par de meses en la revista de divulgación Scientific American Mind se discuten las causas del engaño y el fraude en seres humanos. En la primera parte de esta entrega se revisaron algunos factores biológicos que se consideran influyen en que seamos tramposos. En esta segunda parte se incluyen ya los factores sociales.

Ferric C. Fang y Arturo Casadevall aseguran que el género parece ser un elemento muy importante en predisponer a quién embauca más frecuentemente. En registros hechos en un medio académico que incluyó a estudiantes y profesores, los autores encontraron más hombres que cometieron conductas fraudulentas. Ello coincide con los datos de estudios relacionados a actividades criminales en otros sectores de la población. Tal predominancia tiene varias aristas a discutir y fundamentar. Pero con dichos estudios se ha ganado también información sobre los motivos para cometer fraudes.


Además de una ganancia potencial, el miedo a perder puede llevar a actos deshonestos. Hay expertos que consideran que el temor puede ser un motivo más poderoso que el desear una recompensa. Muchos casos de deshonestidad en el mundo real se presentan cuando las personas se encuentran en una situación donde se enfrentan a perder dinero, reputación o su carrera. Los autores piensan que la ansiedad de la pérdida es el principal motivo para cometer un fraude, al menos en la ciencia. La posibilidad de pérdida crea lo que se ha llamado “hipermotivación” para hacer trampa, la cual lleva a la gente a olvidarse de sus preceptos éticos.

El fraude puede crear más de lo mismo si no se pone un freno al proceso. Una vez sobrepasada la barrera inicial de la trampa, las siguientes barreras pueden parecer pequeñas y triviales. Otra manera de esparcir las conductas deshonestas es a través de la imitación. Ver que alguien hace trampa sin que aparentemente tenga castigo motiva fuertemente a hacer lo mismo. ¿Necesito dar ejemplos?

De hecho, el fraude no penalizado puede promover la percepción de que uno debería hacer trampa para permanecer competitivo. Estas reflexiones han llevado a considerar el ser fraudulento como infeccioso. Tal tipo de “contagio social” podría explicar la alta prevalencia de fraudes en grupos relativamente pequeños de personas. Igual que una infección menor mal atendida puede progresar a una condición más seria, actos menores de deshonestidad que pasan desapercibidos pueden convertirse en un mal atroz.

La psicóloga Leda Cosmides (que por cierto hace tiempo vino a Tlaxcala a dar una plática) y el antropólogo John Tooby de la Universidad de California sugieren que los seres humanos tienen tanto la habilidad para engañar como un talento específico para detectar a tramposos. Parecen cualidades importantes para la sobrevivencia de los individuos y la especie.

Una vez revisadas algunas de las causas de las conductas fraudulentas, viene un punto relevante, el tratar de contenerlas (¿o de contenernos?) Los autores del artículo proponen algunas medidas.

Aunque hay una tendencia natural de recurrir a castigos muy estrictos para disminuir los fraudes, poca evidencia apoya la noción de que castigos más severos son más efectivos que los moderados. En vez de ello, la educación para inculcar y reforzar las barreras personales a la deshonestidad constituye un enfoque más atractivo. La imagen de uno mismo es también una limitante importante a la deshonestidad. Las personas no hacen trampa cuando ello les hace sentirse mal con respecto a sí mismas. Cuando se comete un fraude, se construyen elaborados argumentos que lo justifican para tratar de no sentirse mal. Por ello es que recordatorios acerca de un código de honor o hacer que la gente firme un enunciado de que no hará trampa ni engañará tienen un impacto considerable en disminuir los fraudes. Reconocer el éxito de los equipos más que de los individuos puede también disminuir los incentivos para la deshonestidad.

La vigilancia y aplicación de castigos a los tramposos son herramientas críticas para limitar la dispersión de tal conducta. Los problemas de malas praxis que se presenten deben ser conocidos y ampliamente discutidos. Aun pequeños actos de deshonestidad deben ser tomados seriamente.

Los autores reconocen que combatir el fraude requiere un enfoque multifacético para promover una cultura más ética. Estos elementos deberían incluir sistemas de recompensa que reconozcan el trabajo cooperativo y en equipo, el penalizar a los tramposos de una manera consistente, aplicar protecciones robustas para los delatores y mejorar los métodos para detectar los fraudes.

Aunque el cometer fraudes o hacer trampa puede tener beneficios a corto plazo para una persona, tales como recompensas económicas y prestigio, puede tener altos costos para los individuos y la sociedad. Los tramposos son estigmatizados y pueden perder su trabajo. Además, los recursos son derrochados en una acción fraudulenta y las personas que sí siguieron las reglas son privadas de las recompensas que se merecían. También hay daños colaterales. Por ejemplo, en la ciencia. Una investigación científica deshonesta mal orienta a otros investigadores, lleva a una política pública errónea y lastima a pacientes si se toman decisiones clínicas basadas en información falsa. Muy importante: aun actos simples de deshonestidad pueden tener consecuencias serias y perdurables en una sociedad.

El artículo reseñado, aunque está más enfocado al medio académico, aporta información valiosa que vale la pena analizar y reflexionar para aplicarse en otros ambientes de nuestra sociedad. Hay muchos aspectos a considerar y es difícil distinguir claramente una posible determinación biológica de la influencia social. Más allá de asumir una falsa moral superior desde donde critiquemos a los tramposos y fraudulentos –siempre serán “los otros” –, es necesario reconocer el esfuerzo que hace la ciencia para obtener conocimiento de una manera objetiva, dentro de lo posible, sobre una conducta compleja y muy extendida entre nosotros. Esta comprensión nos permitirá entendernos un poco más y nos ayudará a establecer medidas que limiten acciones que a la larga nos perjudican, no sólo como individuos sino como sociedad, en formas no necesariamente previsibles por nuestra biología.




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