Un viaje de tercera

Salir de la Ciudad de México hacia el estado de Tlaxcala es toda una aventura, un viacrucis o una experiencia contemplativa, todo depende del estado de ánimo, las prisas y el motivo del viaje. Ante la ausencia de un portal en internet en donde se puedan comprar los boletos en línea uno debe llegar a la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO) y buscar el autobús hacia Tlaxcala, eso lleva su tiempo, si uno no conoce las líneas y el autobús debe primero preguntar dónde salen y qué línea es. Uno llega a un espacio reticular a media luz, en un pequeño túnel lúgubre se perciben algunos añejos cuadros con paisajes de Tlaxcala, Cacaxtla, el Santuario de las Luciérnagas, máscaras de huehues talladas a mano y algunas camadas cuasi incoloras que bailan postradas ante la gran Malinche.

A unos pasos están las taquillas de madera vieja color oscuro atendidas por mujeres con maquillaje desenfrenado y trajes de un gris desgastado que, en tono parco, cuasi colérico preguntan y preguntan: ¿A dónde viaja? Expiden el boleto de alto costo sin preguntar si se prefiere pasillo o ventanilla, adelante, en medio o atrás. Al pasar a la sala de espera uno encuentra un espacio hueco, solo ocupado por bancas, pantallas colgadas y una máquina expendedora de refrescos. Este espacio está frecuentemente sucio, desgastado, pocas veces huele a limpio o, al menos, a aromatizante.

Las sillas de metal cromadas sustituyeron unas bancas de plástico prototípicas de las instituciones paraestatales de los años ochenta, pero no por ello más cómodas y más eficientes, pues los pasajeros de todas las edades y géneros tienen que esperar sentados en el piso hasta por una hora. Siempre la sala está colmada de gente que se arremolina esperando salir a su destino. La paredes están sucias y el techo entelarañado. Sobresalen en la sala unos pendones de la magna historia de Autotransportes Tlaxcala–Apizaco–Huamantla (ATAH), empresa que ha mantenido el privilegio del servicio en el estado desde los años veinte del siglo pasado, ahí están las imágenes que no mienten, con sobrada gallardía muestran los modelos de sus autobuses desde el periodo revolucionario hasta la fecha.


Una mujer, o a veces un hombre, que fungen como vigilantes gritan anunciando con sobrado desgano y siempre de forma desafinada la próxima salida de los autobuses, la gente se arremolina, corre a una puerta de vidrio manchada por manos, grasa corporal y comida que fue embarrada hace tiempo y no ha sido erradicada. Arriba de la salida pende un artefacto de metal oxidado, destartalado, le cuelga resortes, cables, con un poco de suerte uno puede adivinar que era un ventilador o expulsor de aire, pero que está a punto de caer. A un costado, perece un detector de metales, que funge como estante para la ropa de las y los trabajadores. El vigilante quita un palo de madera que detiene las puertas de vidrio y comienza a revisar cada uno de los boletos y los raya con una lapicera o crayola. Indica el camino, sin decir nada, sólo apunta hacia los andenes, si está uno de suerte, el o la vigilante dice en qué andén está el autobús, si no, uno tiene que preguntar a los choferes o al que corta los boletos si ése es el camión indicado.

Un sujeto arranca el boleto e indica el asiento que le fue asignado por la señorita del mostrador. Sin más, uno procede a subir a la unidad. No hay ninguna revisión o al menos la simulación de ello, el pasajero no es revisado, tampoco sus maletas, mochilas, etc. Nada, la empresa no tiene ni la más mínima preocupación por la seguridad de sus pasajeros y operadores.

El desprecio hacia el usuario continúa, al arribar, los autobuses, salvo honrosas excepciones huelen a humanidad, olores que no han sido erradicados por el aromatizante que fue echado aleatoriamente en el autobús. El asiento asignado suele ser ocupado por alguien, que sin el menor recato manda a sentarte a donde esté desocupado, el boletero le da la razón, te obliga a irte a otro asiento bajo el argumento de “no hay problema, siéntese donde guste, no importa si viene numerado, aquí así es”.

Los asientos fueron modificados, hay más asientos de los que un autobús de esas proporciones debe tener. Algo es claro, no importa la comodidad de los usuarios, a la empresa le importa que quepan más pasajeros en cada unidad. Los asientos no tienen cinturón de seguridad, algunos, incluso no se reclinan y, aquellos que llegan a reclinarse, lo hacen sobradamente obligando al pasajero que va detrás mantener su cara y narices en la cabellera del pasajero de adelante e impidiendo también moverse adecuadamente.

Entre un compacto espacio, la sobrada cercanía de los pasajeros que invade la libertad hasta respiratoria, los olores nauseabundos de humanidad permanente, la falta de higiene en los baños de la unidad, la basura que otros usuarios dejaron, un aire acondicionado que a ratos llega y a ratos se ausenta y las proyecciones televisivas de balazos, bombazos y rechinidos de llanta que la mayoría de choferes elige poner a elevado volumen, comienza el viaje.

Al arribar a la central de autobuses de Tlaxcala el panorama cambia, no para eliminar la experiencia vivida, sino para volverla aún mucho más bucólica e idílica. La central podría ser todo, menos una central camionera. Es un recinto viejo, desgastado, triste, sin siquiera tener un estacionamiento. Al salir de los andenes uno observa el descuido, el olvido del espacio. La vitalidad de una central camionera perece, láminas viejas, bancas de plástico que parecen haber sido donadas por el ISSSTE o el IMSS en los años noventa, módulos de líneas camioneras con adornos prototípicos de los años setenta y ochenta vacíos, un cajero es el único asomo a la modernidad, pero éste está acompañado por loncherías marginadas y un pasillo iluminado por luces amarillentas, lámparas viejas, sucias, sin vida.

Basta decir, que el servicio de taxis apostado afuera de la central es una ofensa, una grosería, los taxistas parecen anhelar hacerse ricos a la primera, sus costos no están sujetos a ninguna regulación, desproporcionado es lo que cobran por la distancia recorrida, propios y extraños lo han ratificado.

¡Estado de Tlaxcala, ni te imaginas… descúbrelo! Anuncia el portal de la Secretaría de Turismo del Estado, que anhela ser de los primeros lugares a nivel nacional como destino gastronómico y turístico.

Poco coherente resulta el promover el turismo a través de su parafernalia gastronómica, de haciendas pulqueras y ganaderas, luciérnagas y zonas arqueológicas si no se cuenta con una estructura óptima, eficiente y de calidad para el traslado y arribo de los posibles visitantes a los cuales, desde esta experiencia de viaje, se les invita a no regresar.

Es indigno el servicio de transporte y no sólo para los tlaxcaltecas, sino para el visitante al que se le invita a conocer y a descubrir las múltiples riquezas turísticas que tiene el estado de Tlaxcala.

Obviar esto equivale a pensar que a la clase política no le interesa el turista que viaja por autobús o que esta clase política no viaja en estos autobuses por ser un transporte de tercera clase. Muchas deficiencias se asoman en la implementación de la política pública turística del actual gobierno.

Vaya pues una invitación a estos políticos a viajar en el único transporte que conecta nuestra región con los estados vecinos para que no imaginen y lo descubran por sí mismos.