El tren de las vidas desnudas

En Apizaco, Tlaxcala, hace apenas unos días un hombre de aproximadamente 50 años de edad sufrió un accidente en una de sus extremidades al pretender ascender al ferrocarril. En su intento, se impactó con uno de los múltiples postes de concreto que fueron colocados –desde el año 2012– en ambos lados de las vías, para impedir, justamente, que los migrantes asciendan y desciendan en dicho sitio. Paradójicamente, esos postes amurallan el albergue La Sagrada Familia. Indiscutiblemente, es una señal para los migrantes: no se trata de una parada oficial.

Este suceso fue intrascendente para la prensa local, un hecho vaciado de todo contenido, que no ameritó gastar papel y tinta. Una atrocidad más fue invisibilizada.

Este acontecimiento no es un hecho aislado, no es un accidente simple, es un suceso que nos debe obligar a pensar y repensar nuevamente nuestra condición humana a través del prójimo.


Los migrantes centroamericanos al pasar por México se convierten en sombras errantes, siluetas casi humanas, descosidas y amarradas a un vagón metálico en el que exclusivamente viajan las mercancías legales del gran mercado. Esos migrantes, en completa trashumancia, se aferran a la bestia mecánica para no llegar tarde a la cita con el trabajo no precario y la vida digna. Esos migrantes, en su mayoría, son residuos de una patria despojada, de una región saqueada, de una violencia atroz y de un Estado incapaz de contener dentro de sus confines a cientos, miles de hombres y mujeres que le representan solo cargas económicas, laborales y sociales.

Así ascienden y descienden del tren, una y otra vez, en un lugar y en otro más allá, entre polvaredas, ojos despiertos, brincos ágiles, zapatos rotos, piel quemada por el frío, retostada después por el sol y, por último, resquebrajada en diminutos trozos por la deshidratación. Manchas cafés y negruzcas se asoman a través de sus rostros silenciosos, recelados, expresando incertidumbre. Todo embelesado por el más inmenso de los cansancios, fatiga y estrés de siempre andar a ciegas por un camino monótono, en apariencia perpendicular y extremadamente peligroso. Los migrantes saben que México se ha convertido, en los últimos años en un campo de exterminio a cielo abierto.

Algunos de los que llegan al albergue La Sagrada Familia de Apizaco aseguran haber pasado lo más difícil, lo más peligroso. Para otros, según lo que les han dicho, sobrevivir al sur del país equivale a estar casi casi en la frontera. ¿Apizaco es su primera frontera?

En el albergue La Sagrada Familia se miran, se rencuentran los paisanos, cada uno de ellos y ellas es un pedazo de patria que se tiene y aprehende momentáneamente en ese peregrinar. Un grupo de hondureños dialoga como si no hubiera mañana, como si el tiempo del “viaje” fuera un pasado eterno, un lastre del que no salen pero se detienen para respirar, dormir en una cama con cobijas durante horas seguidas, comer desesperadamente un plato caliente, beber agua de frutas, bañarse, rasurarse, lavar sus tenis o poner los zapatos al sol. Escoger algo de ropa donada y apostada en libreros improvisados.

Observar como los migrantes ven pasar el tiempo mientras descansan, es mirar que viven en otro tiempo y no descansan, hay un sentimiento de apuro, simplemente su tiempo no es nuestro tiempo. Para ellos los minutos, las horas son navajas que estrujan la piel y activan el ansia de partir para llegar temprano a la cita con el futuro, con su futuro. Los migrantes varones –con los que pude dialogar, durante mi acompañamiento a las académicas encargadas de un proyecto entre la Facultad de Ciencias para el Desarrollo Humano de la UAT y el albergue La Sagrada Familia– cargan más que lo que llevan puesto para ese lúgubre “viaje”: la familia. La familia no espera.

Los hombres al unísono se mimetizan, reproducen las imposiciones de género prototípicas del patriarcado hegemónico, el varón debe ser proveedor. Los hombres migrantes son masculinidades y paternidades suspendidas hasta que retomen su función proveedora. No tienen tiempo que perder, la culpa cristiana termina imponiéndose.

El sonido sordo de una locomotora que se aproxima es la señal para alistarse, agradecer, tomar su mochila que fue colocada en el librero de la entrada para salir apresuradamente, subir los montículos de grava y tierra en los que reposan las vías, esquivar los postes de concreto y esperar el momento oportuno para ascender a uno de los vagones y aferrarse a él hasta la próxima parada.

Otros prefieren esperar, descansar más horas, ganar fuerzas. Caminan en el albergue, meditabundos, comen frutas en la sombras y algunos juegan fútbol. Otros soban sus pies descompuestos, ampollados, los estrujan, les dan aliento. Otros solo observan con los brazos cruzados, aunque se les nota las ganas de hablar. Pero ¿para qué?, al final todos se irán, es absurdo comenzar la misma historia una y otra vez, más cuando no ha sido concluida y no se tiene la certeza de que las palabras alcancen a ser útiles para describir la concreción de la trashumancia.

Se escucha nuevamente el silbido de La Bestia, allá a lo lejos. Es momento de partir, de subir ágilmente a esos vagones que transportan bajo vigilancia y protección la vida comercial, un pulmón del mercado. A esos vagones que trasladan la mercancía y los bienes privados anhelan subir.

En esos vagones también viaja eso que poco importa, esas vidas entrelazadas que no tienen historia, experiencia ni lenguaje que quiera ser entendido, escuchado y comprendido. Esas vidas sin trascendencia económica, esas vidas sin consecuencias.

Entre la mercancía que da vida se desplazan esos hombres y mujeres al que cualquiera puede dar muerte sin que ello signifique un crimen punible. Esas vidas migrantes se trasladan suspendidas de todo derecho básico, de toda categoría ciudadana, lejos de todo precepto legal, en un capuz de exclusión y desidentificación total.

Esa Bestia es abordada por vidas no concretas, esas vidas que no cuajan en ningún país. Ahí van esas vidas, el traslado de las mercancías es acompañado por esos humanos sin derechos, esos humanos con cuerpo, pero con vidas desnudas que anhelan convertirse en la mercancía que acompañan para llegar a su destino, tener incidencia y dar vida.

La edad “moderna” nos vomita nuevamente cómo el mercado ha reconfigurado el control sobre las vidas humanas, esas vidas desnudas que lo acompañan. Ahora con un mayor “éxito” del que tuvo hace más de cinco siglos.

El accidente o la muerte de un migrante no es un hecho aislado, no es un accidente simple, es un suceso que nos debe obligar a pensar y repensar nuevamente nuestra condición humana a través del prójimo. Nos debe inspirar a reflexionar el valor que tiene el albergue La Sagrada Familia para los migrantes, antes de estigmatizarlos. El albergue es un oasis en el viacrucis de las vidas desnudas y repetidas veces flageladas, es un espacio donde se cubre al migrante, se le otorga por algunas horas humanidad. Es un espacio que respira por la ética y moral de sus fundadores, administradores y colaboradores.