Transgénicos a la fuerza

Hace unos días, casi pasó inadvertida la noticia de que Monsanto, la transnacional que lo mismo privatiza semillas, contamina con transgénicos y destruye la biodiversidad con agrotóxicos, que acapara alimentos, crea fármacos genocidas, difunde epidemias, participa en el negocio de las armas, acaba de comprar la compañía Blackwater, la empresa de “seguridad” que bajo múltiples fachadas y nombres ha sido la protagonista de las “guerras sucias” de los últimos años, especialmente en Irak y en varios países de África. Como se recordará, su presencia en la guerra de Irak, oficialmente era la de custodiar las instalaciones industriales transnacionales que llegaron a despojar del petróleo a ese país que “amenazaba la seguridad de Estados Unidos”, pero pronto se descubrió que su verdadero papel era asesinar, aterrorizar a la población civil para someterla y eliminar cualquier tipo de oposición a la invasión y la rapiña, como una estrategia para mitigar el desprestigio internacional del ejército regular del imperio.

No es casualidad que ahora, otra empresa de muerte, Monsanto, la haya adquirido como parte de sus múltiples negocios que confluyen a imponer un sistema de control totalitario sobre los recursos del planeta en beneficio de unos cuantos y en detrimento de la mayor parte de la humanidad, pues de hecho ya utilizaba sus servicios para espiar, infiltrar y asesinar (mediante aparentes “accidentes”) a líderes y militantes de movimientos opositores a sus políticas depredadoras; sin embargo, ahora cuenta de manera oficial con un ejército privado, conformado principalmente por ex agentes de la CIA y del ejército norteamericano, que pueden actuar impunemente por encima de las fronteras y de las normas del derecho internacional; se trata, de hecho, de la oficialización de un régimen económico neoliberal militarizado que recurre al crimen y al terrorismo para imponer su proyecto de muerte en todos los rincones del mundo, dejando a salvo la imagen de los gobiernos cómplices.

Por otra parte, este acontecimiento constituye una prueba más de que el proyecto neoliberal de los poderosos apunta hacia un sistema global totalitario, basado en la violencia y el terror, impuestos desde las guerras provocadas, los movimientos de oposición creados en contra de gobiernos que se resisten, pero también desde los grupos paramilitares o grupos del crimen organizado como el narcotráfico, o terroristas islámicos, o estados represores, según el tipo de disfraz que convenga. Todos estas manifestaciones de violencia tienen en común la tarea de crear el clima de inseguridad y miedo que paralice la organización y la resistencia de la ciudadanía, para que, a ejemplo del autoatentado de las torres gemelas del 11 de septiembre, renuncie a sus libertades civiles y se someta dócilmente a la sociedad esclavista y selectiva que se está construyendo sobre los despojos de nuestro planeta.


Si aún quedaban dudas, ahora ya es evidente que de lo que se trata es de apoderarse de todos los recursos que quedan, para el disfrute de unos cuantos, eliminando a la mayor parte de la humanidad por diversos medios violentos: guerras internas y externas, enfermedades y hambrunas provocadas, violencia institucionalizada, violencia criminal. ¿Hasta cuándo abriremos los ojos?