Terrorismo alimentario

En numerosas ocasiones hemos insistido en el trasfondo perverso de la estrategia criminal de las empresas de sembrar a diestra y siniestra sus semillas genéticamente modificadas, para destruir la biodiversidad genética natural e imponer sus semillas patentadas, ancladas a paquetes de agrotóxicos que no sólo les garantizarían ganancias estratosféricas, sino que les asegurarían el control absoluto sobre la producción de alimentos y en consecuencia sobre la salud y el desarrollo del ser humano. En ese frente se ha generado una fuerte resistencia ciudadana que ha ganado algunas batallas significativas, como el detener la instalación de una megaplanta de transgénicos en Argentina o tener suspendidos los permisos de siembra comercial de maíz transgénico en México, por mencionar algunas.

Sin embargo, las empresas criminales abren continuamente nuevos frentes y buscan otras estrategias menos visibles para lograr sus objetivos; ahora nos enteramos de que ante la caída en la demanda de los alimentos industrializados y el crecimiento en la búsqueda y el consumo de alimentos orgánicos, naturales o agroecológicos, se han lanzado a la caza de las empresas que los producen para impedir que sus ganancias y el control se les escapen de las manos. Recientemente en España, la empresa Ebro Foods (transnacional, especializada en arroz transgénico), compró la empresa francesa Celnat hace un año, y ahora a la española Vegetalia, empresas pioneras en la producción de alimentos orgánicos; Nutrition et Santé de Francia ha comprado Natursoy (española); Idilia Food compró Biográ; Danone, Cocacola y Kellogs han hecho lo mismo en Estados Unidos, comprando todo tipo de empresas cuya producción sea biológica, orgánica o ecológica.

Por el momento los consorcios han justificado sus compras como operaciones financieras exitosas para seguir incrementando sus ganancias, pues el crecimiento de este sector alimentario alternativo ha ido creciendo de manera exponencial en los últimos 20 años a nivel mundial y, por supuesto, han generado ganancias nada despreciables para el capitalismo voraz. Estas compras implican numerosos riesgos: el primero es que las agroindustrias se aprovechen de las marcas ya posicionadas y de los nuevos hábitos de consumo de amplias capas de la sociedad más informada, para venderles productos que de orgánico sólo tengan la etiqueta y siga siendo la misma chatarra, pero a un precio mayor, lo cual a su vez desprestigiaría a la larga el concepto de alimentos orgánicos y saludables. Otra de las implicaciones graves es que se eliminen del mercado a los verdaderos productores orgánicos, neutralizando su competencia, lo cual demostraría que una filosofía de la vida en armonía con la naturaleza no compagina para nada con las reglas del mercado capitalista, donde finalmente se privilegia la ganancia creciente e infinita.


Una producción sustentable de alimentos debe moverse en otros parámetros económicos diferentes a la lógica del sistema, de lo contrario entra en su juego, perdiendo sus valores propios, especialmente el de mantener una vida saludable y armónica con el medio ambiente. En definitiva, no basta con impedir la siembra de transgénicos, también hay que cambiar las reglas de producción e intercambio de alimentos más sanos, naturales y nutritivos. Una alternativa concreta y realizable es, por ejemplo, lo que ha sucedido en Cuba, donde ante el bloqueo económico del imperio que busca asfixiar una alternativa diferente al capitalismo (con todos los defectos que pueda tener) ha obligado a los ciudadanos en las ciudades a aprovechar al máximo los espacios públicos para organizarse comunitariamente y con los escasos recursos de que disponen, cultivar alimentos naturales que fortalezcan su independencia alimentaria. A medida que se pierde autonomía en alimentación, salud y educación, se acrecienta la sumisión al capital.