Tejer redes de resistencia

La crónica de la marcha anunciada, del 31 de enero, no tuvo sorpresas, fue una concentración “tolerada” por el sistema sabiendo que demostraría la debilidad y división de los movimientos de izquierda que, en diferentes grados y con diferentes estrategias, se oponen a las reformas estructurales que culminan con el saqueo de los recursos naturales estratégicos de los mexicanos.

Aunque el número de participantes fue grande y contó con la presencia de importantes líderes sociales, se hizo evidente que la marcha aglutinó principalmente a los grupos y movimientos más “oficiales” de la oposición, incluso algunos de ellos, preocupados por “limpiar” su imagen de “colaboracionistas” con el PRIAN, pero que estuvieron ausentes, no sólo Morena, sino también y sobre todo los pueblos que resisten a las empresas mineras, a las acaparadoras de agua, los campesinos que siguen sembrando con pérdidas para alimentar a este país, los zapatistas y sus caracoles, las víctimas del terrorismo de Estado, el movimiento magisterial, los migrantes, las autodefensas, las víctimas del deterioro ambiental, los pueblos indígenas que se niegan a entregar sus recursos y a cambiar sus formas de vida, las mujeres víctimas de la violencia institucionalizada, los migrantes, los desplazados por la violencia programada, entre otros.

Sin negar los méritos de la marcha del viernes y sin desalentar movilizaciones cada vez más amplias y masivas, lo sucedido demuestra que la resistencia al modelo neoliberal todavía está muy dispersa, que la división fomentada por el mismo sistema sigue imperando y que todavía falta mucho camino que recorrer para articular un verdadero movimiento de resistencia nacional capaz, no sólo de echar abajo las “reformas estructurales”, sino todo el proyecto neoliberal iniciado desde Salinas. Indudablemente la reforma energética era el paso más complicado e impopular, capaz de hacer reaccionar a la sociedad mexicana en su conjunto, por ello el cerco fue lento y casi imperceptible: la privatización de los bancos, el desmantelamiento de las empresas del Estado, la transferencia de nuestros impuestos para cubrir las fraudes bancarios provocados por los mismos banqueros (Fobaproa), el desmantelamiento de las conquistas laborales, (flexibilización laboral) para una explotación absoluta de la fuerza de trabajo; desmantelamiento de la seguridad social, la implantación de la violencia en el seno de la sociedad (narcotráfico) para militarizarla y criminalizar el descontento social, hasta llegar finalmente al despojo del petróleo, de todos los recursos energéticos, entregando la dirección de la vida social a los poderes fácticos que ejercen su poder desde Wall–Street y el Pentágono. Indudablemente ha llegado la hora de unir resistencias, de articular todos los problemas locales para darse cuenta que no son sino el reflejo de un gran problema nacional y mundial que es el modelo de civilización denominado “desarrollo neoliberal”, de tal forma que se construya una sola resistencia, un solo frente de lucha en el que toda la sociedad organizada concentre sus esfuerzos: los frentes pueden ser muchos, y los esfuerzos individuales y colectivos también, pero sólo serán eficaces si se concentra en un solo objetivo: cambiar el modelo actual de civilización.