Sólo vemos la punta del iceberg

El 30 de julio se estableció como el Día Mundial contra la Trata de Personas por la Asamblea General de las Naciones Unidas, debido a que es un delito internacional de lesa humanidad que viola los derechos humanos, y atenta contra la libertad y la dignidad de las personas. Ante esto, el Protocolo de las Naciones Unidas para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, especialmente Mujeres y Niños (Protocolo de Palermo), fue adoptado en el año 2000 con el fin de favorecer mediante la cooperación internacional, las investigaciones y procedimientos penales a cargo de los criminales dedicados a la trata de personas; teniendo como principal objetivo el de proteger y asistir a las víctimas de tales crímenes en el pleno respeto de los derechos humanos.

Como ya se ha hecho referencia en otros momentos, la mayor parte de las víctimas son niñas, niños y mujeres, principalmente para fines de explotación sexual, comercial o laboral y al menos el 30 por ciento son menores de edad, cada vez de menor edad.

Esta y otras formas de violencia contra las mujeres como la violencia física, las violaciones y los feminicidios son los últimos eslabones de un cúmulo de expresiones machistas y misóginas hacia lo femenino, es el resultado de mantener una estructura desigual y de reproducir las lógicas del sistema patriarcal que ha normalizado las desapariciones de niñas y mujeres, la impunidad con la que operan las instituciones, el que se nos responsabilice a las mujeres por la violencia que vivimos y no que cuestionemos cómo se aprenden estas conductas violentas que ejercen los agresores, cómo operan las redes de proxenetas en distintos niveles, se normaliza el pagar por un sexo servicio, el volver objeto el cuerpo y ser tratado como mercancía que se ofrece y que el sistema capitalista logra que se compre a cualquier costo.


Crecemos en un sistema que nos ha enseñado a no cuestionar lo que vivimos cotidianamente, entrenan nuestras miradas para volver invisibles las desigualdades, las formas de dominación, las expresiones que imponen superioridad en nuestras relaciones, de lo masculino sobre lo femenino; de ahí todas las expresiones de violencia naturalizadas que se han convertido en formas extremas de las que niñas y mujeres nos enfrentamos diariamente y que pareciera lejana la posibilidad de ya no vivirlas.

Para hablar de la erradicación de estas y otras formas de violencia no ha sido suficiente decirles a las mujeres los tipos de violencia, no basta con compartir el concepto de la trata de personas con fines de explotación sexual; si bien conceptualizar permite hablar de manera clara sobre las violencias que vivimos, también es necesario abordar otros temas que permitan comprender estas lógicas de poder sobre lo femenino y generar cambios a niveles personal, familiar, comunitario, institucional y estructural. Son necesarios ocupar todos los espacios con mujeres y hombres de todas las edades, que generen reflexiones y propuestas para la construcción de política pública efectiva.

Si pensamos en un iceberg, la punta que logramos ver es una mínima parte a diferencia de todo lo que sostiene a éste; es decir, toda la violencia estructural, sistemática, cultural y simbólica, lo que minimiza todas las expresiones de violencia mediante el sexismo, el machismo, la anulación de la participación femenina en todos los ámbitos, la enemistad entre mujeres, entre otros mecanismos del sistema patriarcal que han funcionado por siglos para mantener un orden de dominación y desventaja para las mujeres.

Cuando decimos que las brechas de desigualdad ya son menores porque las mujeres ya estudiamos, trabajamos, participamos en la política; o cuando hablamos de violencias extremas como los feminicidios o la trata de personas con fines de explotación sexual, entonces estamos mirando sólo la punta del iceberg, pues no son hechos independientes, sino el resultado de un cúmulo de situaciones, actitudes y conductas aprendidas, invisibilizadas y normalizadas de este sistema que cuenta con las formas suficientes para no mirar todas las expresiones de poder y dominación sobre nuestros cuerpos, nuestras decisiones y nuestras vidas; de minimizar la violación a muchos de nuestros derechos humanos, ya que existe indignación cuando la brutalidad es evidente, pero inconformidad cuando exigimos el pleno goce de todos nuestros derechos.

Existe una permanente negación a nuestra autonomía, condicionando las luchas que sí podemos hacer mientras no trastoque la comodidad y privilegios que viven los hombres en este sistema; existen hombres que se expresan en contra de estas formas brutales de violencia hacia las mujeres, pero que siguen reproduciendo otras formas de violencia sutiles que mantienen estas lógicas de desigualdad y mientras éstas no se modifiquen difícilmente se desestructurará el patriarcado, se construye una sexualidad masculina que violenta nuestros cuerpos y además crean ilusiones de toma de decisiones sobre nuestras vidas, desdibujando la violencia que se encuentra detrás de la prostitución. Hace falta que sobre todo, quienes están al frente de las instituciones, que cuentan con medios y recursos, miren con mayor profundidad lo que ha encrudecido estas expresiones de violencia hacia las mujeres, así como escuchar a las familias de quienes han sido víctimas de estos delitos y comprender todo aquello que sostiene la permanencia de estas violaciones graves a nuestros derechos en Tlaxcala y realmente hacer frente, pero sobre todo dejar las simulaciones en el tema, además de las omisiones e inconsistencias que se mantienen en el actuar de las autoridades.

Mientras sigamos mirando la violencia de género únicamente por encima, el monstruo que la mantiene seguirá creciendo, porque se le está permitiendo quedarse intacto, alimentándolo, aceptándolo como parte de nuestras vidas, mientras las mujeres siguen desapareciendo, siendo explotadas, minimizando los feminicidios, aceptando la impunidad.