Silencioso 2018

Para el grueso de la población de este México carente de igualdad cada fin de año es un periodo de gran fiesta, colmada de múltiples festejos: posadas, reuniones familiares, de amistad, bebida, cenas, velas, fotografías –las cuales en su mayor parte se destinan al Instagram o al Facebook– y,con ello, la saturación de las redes sociales. Las cuales asemejan ventanas de un multifamiliar de infinitos pisos que a cortinas abiertas muestra algo de lo más privado del hogar y donde se manifiesta mayor intimidad: las mesas, los manteles, los platos con comida y las copas. Todo en abundancia.

Esos encuadres cibernéticos están colmados de risas que acompañan al unísono la jornada, la festividad. Ésta se interrumpe pocos segundos antes de la media noche.

Esta hora marca el cierre de un ciclo y abre la posibilidad de la esperanza a través de un brindis muy especial. Es momento de los deseos, las promesas, los abrazos y el anhelo de que el año que inicia sea de parabienes: salud, trabajo, dinero, amor, viajes. Se trata de crear proyectos, diseñar objetivos, establecer metas con la esperanza de que serán cumplidas en los próximos 12 meses.


En las calles resuena la algarabía, la música, los cohetones y los balazos al aire. ¿Qué sería de nosotros los mexicanos sin estos limitados instantes de euforia? ¿Sin estos momentos en el que nos exhibimos, reconocemos, hermanamos y convivimos alegremente?

La madrugada se torna grisácea, el cielo se enturbia y las estrellas se velan ante la quemazón de pirotecnia, fogatas, basura y llantas. El ambiente plomizo, oloroso a pólvora y vago esmog dura hasta el amanecer. El sopor para despertar es mayúsculo. El sol se empeña en regresarnos al escenario en el que el tiempo vuelve a ser el mismo, en el que retoma su acelerado cause, al ritmo de la realidad, al compás de la rutina. Esa realidad en la que los proyectos, objetivos y metas tienen poca esperanza de ser concretados en los próximos 12 meses. Esa realidad en la que la salud, el trabajo, el dinero, los viajes y hasta el amor se convierten en ilusiones platicadas en voz alta durante la noche anterior, ilusiones que fueron silenciadas, reprimidas durante todas las noches de los años pasados. Son anhelos de vida que se repiten cada inicio de año. Los mexicanos somos expertos en desear siempre algo, aunque nunca lo tengamos. Morimos deseando.

Enero nos despierta, como cada enero de cada año, con aumentos de precio desproporcionados a todo lo que sea vendible, comestible y usable ante el encarecimiento paulatino del poder adquisitivo.

Después de exhibirnos, reconocernos, hermanarnos y convivir alegremente, tenemos que soportarnos de nuevo. Sobrellevarnos en nuestra hostil circunstancia, en el día a día, en nuestra monótona realidad. Nos sumergimos en la filosofía personal que nos da impulso y mantiene vivos “peor podría estar, mejor ni me quejo”.

2018 es el inicio de un año de crisis acumuladas, crisis de toda índole: políticas, económicas, ambientales, sociales, de seguridad, de credibilidad, de confianza, de solidaridad, de violencia, de opacidad, corrupción, impunidad, de derechos humanos y, ante todas estas crisis, predomina en cada esquina fúnebre silencio. El silencio social es total, sepulcral.

2018 es decisivo, es importante en términos políticos, pues termina uno de los sexenios más anómalos de la historia moderna de México. Este año se define o redefine el futuro inmediato del país, eso si las expresiones utilizadas tienen todavía cabida. Ante ello predomina en cada esquina fúnebre silencio. El silencio social es total, sepulcral.

La apatía, la indiferencia, el miedo a hablar, protestar y manifestarse tienen sus antecedentes históricos y su propio árbol genealógico, pero es sorprendente que pocas veces se ha visto en la historia de México esta realidad, una realidad que ha acumulado tantas crisis, crisis de toda índole y los mexicanos parece que nos hemos abandonado durante todas las noches de los últimos años.

Inicia 2018 con una vuelta más al engrane de la violencia y la barbarie, la inmoralidad, la impunidad, soberbia y cinismo desmesurado de ciertos políticos mexicanos. Esta realidad se asemeja a lo que Octavio Paz alguna vez nos dijera: “llegamos tarde para los dioses, demasiado tarde: en la luz indecisa los dioses ya desaparecidos, hundidos sus cuerpos radiantes en el horizonte que devora todas las mitologías pasadas y, a la vez, fuimos humanos muy pronto”.

Inicia 2018 con un periodo electoral, ya se observa que “los viejos dioses andan sueltos otra vez, y nuestro presidente se ha convertido en el Gran Sacerdote de Huitzilopochtli… es como si Huitzilopochtli hubiera esperado cuatro siglos para burlarse de Apolo”.

2018 prefigura un año de silencio, en el que la lógica se repite: “si no han hecho caso a nuestros gritos que atiendan el silencio”… en cada esquina fúnebre silencio. El silencio social es total, sepulcral.