“Silencios azules”

Los pasos involuntariamente se sincronizan al andar a ritmo sosegado, acompasan el tiempo de los sentidos, todo es parsimonioso: respirar, escuchar, observar, saborear y, sobre todo, meditar en un domingo por la tarde.

El sol moribundo crea con su luminosidad débiles sombras que se comen el color de los árboles en primavera. Las flores se abren y se cierran mientras los pájaros sobrevuelan y sermonean anunciando el día ya ido. El sonido de los automóviles y sus cláxones ceden, se postran y abandonan su furia diurna.

El andar traslada aquellos ojos que escudriñan sin prisa. Observan una mueblería de antaño que resiste a través de sus aparadores los embates de un tiempo de competencia despiadada, un tiempo de mercado abierto. Solo un milagro sostiene esos muebles ahí, cual reliquia para aquellas almas melancólicas o para que esos apasionados de loretro–vintage lleguen a adquirirlos.


Las excavadoras se apagan, evaporan ante el enfriamiento del atardecer, la magna obra por fin está en silencio, los albañiles se enjuagan la tierra, la cal y el cemento para correr a sus hogares y alcanzar a ver a sus hijos despiertos, ir a comprar pan, cenar con ellos y llevarlos a la cama.

La edificación de la plaza Parque Vértice reposa, por fin un silencio. Urge que se habiliten sus 54 locales, que haya otra escalera eléctrica, que se abra otro Walmart, Cinépolis, así como Promoda, Gimnasio Smart–Fit, escuela de natación, ópticas, restaurantes, bares y bancos, los cuales tendrán como atractivo adicional una vista panorámica a la reserva ecológica que está detrás del predio. Los poco más 300 millones de pesos que aproximadamente costará la obra deben ser rápidamente recuperados.

Pasos más adelante, sucumbe un estadio de fútbol lleno de polvo y escombro, colmado de ecos de triunfo y recuerdos de glorias, ahí está mutilado, amurallado y olvidado. Un recinto que desde hace cinco meses espera ser remozado para que la algarabía de la sociedad identificada y cohesionada reviva la explosividad de ser, pertenecer, medirse y presumirse, tanto hacia afuera como hacia adentro. La población guarda la esperanza de tener también en dicho recinto actividades artísticas y culturales de primer orden, pues eso fue lo que le prometieron.

Pasos más, se observa un negocio de hamburguesas cerrado, el cual tenía nombre de rey y su símbolo era una gran corona. Los clientes se ausentaron para vivir la experiencia de las escaleras eléctricas y las grandes plazas o malls. Del negocio de hamburguesas sólo quedó la sombra polvosa de sus letras en la fachada. Apenas se lee en tonos grises la marca prototípica de la primera etapa de la globalización. La primera modernidad se ha ido.

La calle contigua está cercenada, desde hace casi un mes los semáforos parpadean al unísono y lo autos sortean su paso. Montículos de tierra en los extremos hacen difícil el cruce del peatón. No queda claro el objetivo de por qué esa calle fue levantada y, por qué, lleva tanto tiempo lisiada.

Voltear para el lado izquierdo nos sitúa en una macro tienda de empeño, la cual, en pocos meses ha incrementado su espacio, robustecido sus productos que han sido confiados a su cuidado. En un llamativo letrero se lee “Aceptamos tu auto”.

Evidentemente, los apuros y la necesidad de la población se han multiplicado. En la acera de observan refrigeradores, estufas, bicicletas, podadoras y motocicletas, todo etiquetado con un letrero naranja que dice “En Oferta”.

La acera de enfrente es ocupada y usada cada fin de semana por múltiples familias que se congregan no sólo para ver cómo sus hijos se mojan o “refrescan” en las fuentes danzantes. Es una expropiación de las familias que no encuentran un lugar en la ciudad en la cual puedan socializar. Los espacios de esparcimiento familiar son pocos, y, algunas veces, inaccesibles, tanto por el costo como por la lejanía. Ahí las familias se posan, hacen de la plaza y las fuentes un balneario público y visten a sus hijos e hijas con trajes de baño. El mercadeo ambulante de paletas, golosinas, chicharrones, papas, palomitas, tacos, lonches, aguas y jugos se da cita cada fin de semana y se distribuye a lo largo del rectángulo de la plaza. Un espacio de ornamenta o “embellecimiento” se convirtió en una opción para la población y para las familias ávidas de espacios lúdicos.

Poquito más adelante, se posa de manera imponente, soberbia, “un elefante blanco”, edificio de estilo mudéjar construido en un espacio de 10 mil metros cuadrados. Edificado sobre las instalaciones de lo que fuera la Secretaría de Salud y una de las escuelas más emblemáticas de la región. Esta obra desde hace nueve años quedó inconclusa, su costo fue de aproximadamente 500 millones de pesos. Ahí están tirados a merced del clima.

La obra se ha convertido “en un gran basurero y enorme letrina”. Este edificio es una afrenta a la sociedad tlaxcalteca, es una muestra de sus gobiernos despóticos. Es un memorial a la corrupción y uso de recursos públicos para bienes privados. Es un monumento a la opacidad, una efigie que se burla de las auditorías, de la transparencia y la rendición de cuentas. Un ejemplo flagrante de impunidad.

El sol ha sucumbido, las sombras se alargan, el cansancio emana y la constipación mental aflora. Las luces del alumbrado público parpadean, bañan lentamente la cera y alumbran el colofón de la caminata y la contemplación. Un monumento–fuente a la familia, una familia nuclear representada en figuras rectangulares y circulares de material imitación ónix que inició siendo de cinco miembros: papá, mamá y tres hijos.

Así, en ese orden, cuyo costo fue de casi 670 mil pesos. El tiempo, el clima y los movimientos sísmicos hicieron que la familia expuesta en la fuente quedara fragmentada, dirían algunos y algunas terapeutas, se convirtió en “una familia disfuncional”, puesto que el papá y el hijo menor han desaparecido. Ahí quedó la representación de la familia tlaxcalteca: mutilada.

Henri Lefebvre sostuvo que la ciudad tiene un valor de uso, de cualquier tipo, incluido, por supuesto, el simbólico. Es importante no perder de vista los elementos simbólicos de la ciudad, pues éstos nos permiten preguntarnos el cómo, para qué y para quién fue o va a ser construida la ciudad y sus espacios.

Si nos detenemos a observar los espacios podremos conocer el proyecto de inclusión o exclusión social, la organización, el orden o el desorden social, la distribución económica, la administración del poder y la perspectiva de los gobernantes.

Paralelamente, podemos saber también qué tanta cercanía o alejamiento hay entre la ciudad y sus habitantes con el Poder Ejecutivo, Legislativo y los representantes del gobierno municipal. Así como también las preocupaciones y manifestaciones para perpetuar la historia local y sus memorias.

3 mil pasos pueden ser suficientes para preguntarnos: ¿Qué es lo que la ciudad de Tlaxcala nos dice? ¿El proyecto de desarrollo urbano es inclusivo o excluyente? ¿Dónde están las autoridades? ¿Dónde está el gobernador? ¿Dónde está el Congreso? ¿Dónde está la presidente municipal? ¿Dónde está el proyecto de ciudad? y, por último, ¿quién gobierna Tlaxcala?