Retorno a Pacheco

José Emilio Pacheco fue un delicado equilibrista de las palabras. Su vertiente poética se mantuvo entre la pirotecnia verbal y la profundidad conceptual, entre la fascinación por la palabra y la contundencia de la sabiduría.

Nadie puede negar que la gran literatura, aquella que está llamada a trascender la fugacidad del momento, de la celebridad artificiosa que da ahora el juego empresarial-editorial, es una lección de vida, una enseñanza que es fruto de una profunda reflexión sobre los avatares de la cotidianidad.

José Emilio Pacheco pertenecía a una estirpe de escritores filósofos.


Y aunque su curiosidad literaria lo llevó a incursionar en varios géneros, fue en la poesía donde logró la perfección.

El espectro poético de Pacheco es amplio como la mirada que exige el horizonte de la existencia. En sus libros pueden encontrarse formas clásicas, que no sólo respetan las normas de métrica y rima, sino también el constante ritmo, aquel que nos ha sido heredado desde los tiempos de Homero y Hesíodo, y que en los romanos encontró numerosos y felices hallazgos.

A estos preciosismos formales, Pacheco agregó una intensidad lírica que muy pocos poetas españoamericanos han alcanzado, aunque también fue un amante constante del verso libre y del poema en prosa.

En cuanto a los tópicos, atención aparte merece su peculiar zoología. En sus versos aletean furibundos mosquitos, rugen los leones, callan los peces y mueren en medio de chillidos y estertores chanchos, que se despiden de la vida, que hozan con amargo reproche.

Por supuesto también hubo lugar para el amor, y en particular muchas palabras para homenajear con voz de piedra a la poliédrica ciudad de México, objeto de odios y de amores. (Quienes la padecemos y gozamos entendemos cada verso que JEP le dedicó a la urbe)

Hay también en sus versos una legión de poetas, como Jorge Manrique, Sor Juana Inés de la Cruz y Ramón López Velarde, con quienes se siente identificado, hermanos suyos en el gozoso infortunio de la palabra.

Esta fijación por la historia le da a su obra una profunda dimensión humana, con cierto toque nostálgico por un pasado que a veces se antoja mejor que el presente.

Y es que todo cabe en un poema sabiéndolo decir. Es una celebración de la palabra que cristaliza las ideas; las vuelve inteligibles, las materializa.

No olvidemos que la poesía es una forma de conocimiento, que José Emilio Pacheco supo cultivar hasta cosechar perennes frutos.