Réquiem por la democracia

Y cuando despertamos, amanecimos en el 8 de julio de 1933. No en los años ochenta, como en el régimen orticista, ni en los cincuenta, como pronosticaron algunos optimistas cuando el PRI volvió a hacer suyo el papel protagónico de la política local y nacional.

Lo peor del Viejo Régimen, ese que muchos pensaron había sido liquidado en 1998, o al menos en 2000, volvió por sus fueros, renovado en fuerza, al sentirse legitimado por la elección de hace un año.

Sé que es un lugar común citar a George Santayana en estos casos, cuando nos reclama que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, pero la lapidaria frase del filósofo estadounidense casa a la perfección con lo que se vivió el 7 de julio: llegamos a este punto sólo para comprobar que el pasado no se ha ido, que está ahí, con su carga de trampas y fechorías.


La casilla 16 de Apizaco

Varios testimonios apuntan a que la más reciente elección local fue un muestrario de juego sucio, en la que todos, o casi todos, los contendientes, recurrieron al arsenal patentado por el PRI en sus gloriosos tiempos de alquimia electoral.

Gente de todos los partidos acudió a la compra de votos y de consciencias. Nadie se salva. Nadie. Y eso ya sería suficiente para entonar un réquiem por la democracia, gravemente infectada por el dinero sucio.

Pero si eso no fue suficiente, en Tlaxcala le dimos el rizo a la historia, giramos en el tiempo para despertar en 1933, esa época bronca, cuando la democracia era una quimera y la voluntad popular se trasquilaba en las urnas, como le demostró el régimen a Vasconcelos y todos aquellos que, ilusamente, pensaban que el ogro revolucionario se iba dejar arrebatar el poder.

La elección para presidente municipal de Apizaco es un catálogo de las aberraciones de la democracia a la mexicana. Pero sobre todo es un ejemplo de la regresión que puede tener nuestro régimen.

El cúmulo de irregularidades tiene su punto culminante en la casilla 16. Ahí, el conteo realizado el mismo día de la jornada electoral arrojaba un número reducido de votos nulos, ocho, para ser exactos. Pero en la revisión hecha en las instalaciones del Instituto Electoral de Tlaxcala, la cifra, por un acto de prestidigitador electoral, se multiplicó por diez. Ochenta votos, que fueron restados a un solo candidato.

La misma situación se repitió en una casilla más. Siempre perjudicando al mismo aspirante, con una adición anormal de votos nulos. Todo un ejemplo de cómo el priismo está dispuesto a actuar cuando va en busca del poder. La vieja escuela está de vuelta.

Y el caso Huamantla

Pero la trampa no es privativa del tricolor. Y el caso de la elección de alcalde de Huamantla lo ejemplifica bien. Aquí el mago fue el PAN, que apostó a la vía violenta para darle la vuelta a una elección que se veía perdida hasta la mañana del lunes 8 (de 1933).

Aquí fueron más allá, siguiendo la antigua línea priista del robo de urnas, gracias a que se dejó en manos de la policía local la custodia de la paquetería electoral. Estoy plenamente convencido que si se hubiera incorporado al ejército a las labores de vigilancia, muchos incidentes se hubieran evitado. Y no porque clame por una militarización de la vida social, sino por el respeto que se ha ganado la milicia en los últimos años.

Y a todo esto se suma un árbitro electoral ciego o peor, coptado. Sin duda hay que saber tener padrinos en la vida, como lo atestigua más de una consejera.

Nuestra democracia, frágil y desdentada, ha recibido un regresivo golpe de muerte. Ya desde el turbio y tramposo proceso de hace un año se avizoraba el retorno del dinosaurio, sólo que ahora encopetado y con una tablet en la mano. Lo realmente difícil va a ser tratar de echarlo de nuevo. Ha aprendido y no se dejará tan fácil. Y ahí están las boletas anuladas para atestiguarlo. Prepárense para seguir viajando al pasado.




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