Reconstruyendo la autonomía

Cada día la tensión social y la violencia crecen en los municipios michoacanos donde los grupos de autodefensa luchan contra los grupos del crimen organizado que se han adueñado de la vida social, comunitaria y hasta individual de los pobladores de la región de tierra caliente. Su avance en la toma de comunidades ha generado condenas mediáticas y supuestas protestas sociales por parte de los “verdaderos ciudadanos” que piden al gobierno que intervenga y desaloje a las autodefensas.

La desinformación mediática y el silencio pasivo del gobierno son indicadores de que los grupos armados son expresiones genuinas del hartazgo social de ciudadanos atrapados entre el crimen organizado, tolerado y hasta fomentado por el poder, así como por las políticas neoliberales que imponen medidas de explotación sin precedentes. Ante la situación de violencia desatada, el aparato burocrático sólo repite como autómata: “Se hará respetar la ley”. “Se enviarán más efectivos militares para imponer el orden”, pero no se dice nada sobre las causas y las condiciones de violencia criminal bajo la cual han vivido muchas comunidades de la región desde hace varios años. Esta situación no es fortuita, ahora se sabe, por ejemplo, que en la región de Aquila, el crimen organizado controla la extracción minera tanto industrial como artesanal. Y aquí habría que preguntarse si una organización criminal que controla la explotación de minerales mediante el terror, puede también exportar al extranjero esos minerales, sin que las autoridades se enteren… ¿A tanto ha llegado la incapacidad y la corrupción del Estado?

Si bien es cierto que las miradas críticas ven en el surgimiento de las autodefensas un signo positivo de organización social autogestiva, una organización que construye autonomía para su propia seguridad y sobrevivencia, lo cual implica consensos, apoyos, responsabilidades comunitarias, también es cierto que su aparición abre la puerta a grupos de cualquier signo y camuflaje que actúen no ya en defensa de la vida comunitaria, sino al servicio de intereses particulares. En una reciente entrevista a un noticiero estadunidense, el criminal colombiano que funge como “asesor de seguridad” del actual gobierno priista, el general Naranjo, condenó la actuación de las autodefensas, equiparándolas a los grupos paramilitares que surgieron en Colombia para defender los intereses de los terratenientes y las empresas extranjeras frente a los grupos guerrilleros. Otro intento más de confundir las cosas comparando dos contextos muy diferentes. En definitiva, el surgimiento de auténticos grupos de ciudadanos organizados para defenderse, es un signo de construcción de una autonomía ciudadana frente a un aparato de Estado incapaz de cumplir sus funciones, y cuya actuación está orientada más a favorecer el clima de terror para imponer mejor, en nombre de la “seguridad nacional”, las políticas neoliberales. La defensa armada ciudadana, desde esta perspectiva, nace efectivamente de un “estado de necesidad” de defender la propia vida, pero al entrar al juego de la violencia se hace vulnerable frente a un sistema que necesita pretextos para reprimir cualquier movimiento social. Eso debe llevarnos a reflexionar de qué otras maneras habría de construir esa autonomía individual, familiar y comunitaria que es la única que puede hacerle frente a este estado de violencia estructural y sistémica.