¿Quién es el enemigo?

La historia ha vuelto a alcanzarnos. Nuestra línea de vida saturada por la violencia endogámica, fratricida, que nos ha marcado durante más de 200 años, nos ha dado un nuevo puñetazo, directo a la mandíbula. La brutal realidad nos ha noqueado de nuevo con el caso de los normalistas de Ayotzinapa.

Más allá de que se comulgue o no con sus ideas y prácticas, indigna, horroriza la facilidad con la que una persona puede ser detenida y desaparecida en este país del “No pasa nada”.

Lo ocurrido el 26 de septiembre dio al traste con el discurso emitido desde el poder, que se había llenado –otra vez– de un falaz optimismo, anudadas las tan llevadas y traídas reformas, que no son otra cosa que la conclusión de un proceso iniciado hace 30 años para desmantelar el estado de bienestar que más o menos pergeñó la Revolución de 1910.


El miedo nos vuelve a sacudir, y con él, la tentación de abandonarnos, de claudicar ante los violentos. Como ocurrió en 1994, cuando optamos por seguir el mismo camino que habíamos transitado en las anteriores seis décadas.

En aquel año de Ocosingo y Lomas Taurinas, de hermanos incómodos y diputados complotados, vendimos la posibilidad del cambio, por una pizca de seguridad, que en el corto plazo acabó por convertirse en un espejismo, como lo demostró la desastrosa gestión de Ernesto Zedillo y la catarata de violencia que se dejó venir, ante el deterioro de la situación económica.

A 20 años poco o nada ha cambiado. Siguiendo las mismas recetas económicas y políticas, el país se hunde lentamente en la anarquía.

Lo ocurrido en Iguala refleja el pasmo que produce la impunidad; una vez más nos asalta el horror ante la fragilidad de nuestras vidas, lo precario y endeble que es el Estado de derecho, ahora que los criminales tienen el antifaz de autoridad, corroído el sistema por delincuentes que llegan al poder gracias al voto popular.

Los 28 cuerpos encontrados en la primera fosa clandestina descubierta en este esperpento, donde supuestamente habrían sido arrojados los cadáveres de algunos de los normalistas, representa el espanto, el pavor del tiempo que vivimos.

También sintetizan la descomposición de la clase política mexicana; unos, los llamados de izquierda, demuestran a final de cuenta la cuna en la que se criaron. Los otros, hábiles mercaderes, tratan de sacar raja del caos. ¿Quién es el enemigo?