Política estatal: cascarita de largo verano

No es muy de mañana, tampoco es medio día, no está soleado, pero tampoco nublado y la sensación térmica es de 25 grados. Los infantes aprovechan el verano y sus cursos para abarrotar cines, teatros, plazas, parques y canchas deportivas.

Es común en esta temporada encontrar cascaritas de fútbol en las calles, llanos, parques, canchas y canchitas improvisadas. Uno puede –si tiene el tiempo– pararse a contemplar el partido y de pasada, meditar.

Así fue en una cancha que no era de pasto, pero tampoco de tierra, ahí juegan los que se dicen ser Real Madrid contra los que se autonombran Barcelona. Los del Real Madrid jugaban con playera mientras que los del Barcelona jugaban con el torso desnudo, ello porque recibieron el primer gol, por tanto, tuvieron que quitarse la playera para diferenciarse de sus contrincantes. El uniforme es una especie de castigo acordado.


Las porterías son cuatro latas de jugo separada una de otra por cinco pasos, el balón es multicolor, muy desgastado, incluso huele a cuero viejo. El árbitro no parece árbitro, no trae silbato ni ropa que lo distinga, chifla para hacerse oír, para sancionar y poner algo de orden en el juego. Pero nadie le hace caso. Todos los jugadores corren desordenadamente tras el balón, todos quieren tocarlo, pegarle y mandarlo lejos, no importa a dónde ni cómo, lo importante es correr, empujar y gritar al otro para que pase el balón, sin que sepan qué hacer con él.

Ambos porteros gritan para que dejen pasar al contrincante y así lograr tocar el balón al menos una vez. Estos porteros han pedido –reiteradamente– a sus compañeros de equipo que ellos asuman su posición para salir a patear el balón, para intentar meter un gol o al menos ser parte del grupo de jugadores que disputan el protagonismo.

Los jugadores de ambos equipos no tiene ni la más mínima noción de las reglas del juego, no saben que es la defensa, la media ni la delantera, cuáles son las funciones y deberes de cada una de ellas y no tienen un entrenador que ponga orden y haga sentir su autoridad. El árbitro es el único adulto que debe contener solitariamente la furia del juego.

Así es el juego de los párvulos en verano, juegan sin un orden, como canicas en una caja de zapatos, no hay una alineación y eso hace que los del mismo equipo terminen atacando a sus compañeros, les quiten el balón e incluso hasta metan un gol en su propia portería –autogol.

Así los infantes jugadores pueden salirse de la cancha, correr hasta donde sea posible buscando meter un gol en la portería que quedó a más de 200 metros de donde siguen disputando el balón, donde la polvareda se levanta ante un nudo de pies que lanzan al aire patadas ciegas.

Pero no hay ningún problema, todos los jugadores son buenos amigos, todos al final intercambiaran sus playeras como lo hacen los profesionales, se tomarán un refresco, comerán helado juntos, dialogarán sobre sus travesías, errores y aciertos durante el partido, reirán de sí mismos y se retirarán sabiendo que siempre estarán dispuestos a participar en la cascarita del próximo verano.

La cancha de la política estatal en este ya largo verano tampoco es muy grande, no está empastada pero tampoco está cubierta de tierra, digamos que mitad y mitad. Siempre está nublado y hay una sensación térmica de 5 grados. En esta cancha también se juega con un balón multicolor que huele a cuero viejo, el árbitro no parece árbitro y nadie le hace caso. En la cancha de la política local los polític–párvulos también corren desordenadamente, se disputan el protagonismo y no tienen una noción básica de las reglas del juego. No hay orden, alineación, ni liderazgo. Los equipos se atacan a sí mismos y se llegan a meter autogoles.

También en la cancha de la política local se juega la cascara de este largo verano, los jugadores se salen también de la cancha, levantan polvaredas sus pies que lanzan patadas ciegas al aire. En ese nubarrón algunos sueñan con ser goleadores y otros ser capitanes del equipo. En esta cancha tampoco hay problemas, todos los jugadores son buenos amigos, todos al final intercambiarán sus playeras y colores, tomarán, comerán y dialogarán, sabiendo que siempre serán invitados y estarán dispuestos a participar en la cascarita del próximo verano.