Optimismo electoral

Durante las últimas elecciones los estudios demoscópicos han sido un elemento útil para medir las preferencias del electorado, generar tendencias e impulsar o socavar a una candidata o candidato opositor. Las encuestas no son una herramienta neutra, ajena a los intereses del cliente que suele pagarlas.

Evidentemente, las encuestas no son una radiografía fidedigna de la realidad. Las encuestas en términos políticos o se usan como argumento o se niegan como tal, depende a quién favorezcan o a quién perjudiquen. Es sintomático que hoy los que dicen representar a la izquierda, de la noche a la mañana crean en ellas y lean a través de esos datos el presente y el futuro. Es sintomático también que los eternos gobernantes no crean hoy en ellas y denigren sus certezas y posibles alcances, al menos mediáticamente.

El sistema político mexicano ha significado de múltiples formas su idea de democracia y ha construido y adecuado sus propias reglas escritas y no escritas del sistema electoral. En el pasado, los “votos”emergían a través del liderazgo de los caudillos posrevolucionarios.


Éstos actores tenían el control de la economía, orquestaban la organización y el control social, tenían bajo su influencia los gobiernos locales e inspiraban la militancia a través de la obediencia o también, a través del sometimiento.

El asesinato de Obregón marcó un giro en la participación electoral en México al reducir notoriamente el poder de los caudillos. Plutarco Elías Calles transformó el caudillismo en instituciones y dio paso a la idea de un partido político articulador, como un órgano que otorgue certidumbre, certezas y, sobre todo, reglas de participación que normen la disciplina y competencia partidista. Los votos llegan a través del poder partidista, el partido es el núcleo, la fuerza política.

Este cimiento permitió a Lázaro Cárdenas incorporar a los múltiples sectores sociales mayoritarios al partido, el poder recayó en las masas organizadas en torno a las instituciones de gobierno, pero, sobre todo, en el partido.

Durante los años sesenta y setenta la práctica del voto sufrió modificaciones considerables debido a que los sectores medios y educados adquirieron una mayor capacidad para organizarse, generaron espacios de autonomía y participación fuera del férreo control corporativo del Estado mexicano. Múltiples demandas emergieron en estas movilizaciones, destacaron el tema educativo, de salud, asistencia social, vivienda, infraestructura urbana, industrialización, empleos e ingreso estable, etc. La respuesta del Estado a estas movilizaciones fue, nuevamente, la cohesión a través de los programas sociales, ampliación de las vías de participación, la adhesión y en otros casos, la represión directa.

Con López Portillo se genera la crisis, el quiebre definitivo de la participación electoral tutelada. El gobierno deja de dar resultados, los logros se presentan más como discurso, son poco verificables en cuanto al ingreso y las condiciones de vida. Las inquietudes se canalizan a través del voto y la participación electoral. Para ello se instituyó la Reforma Política Electoral, el “equilibrio de poder”, llegaría a través del voto.

Con Salinas de Gortari cambió de rumbo la práctica electoral, el Estado y el partido se alejan de la sociedad, la figura presidencial, tal como la conocíamos se debilita, la disciplina de la élite partidista se deteriora. Las rupturas internas en el partido y los cuestionamientos a la autoridad presidencial afloran. Para salir de esta problemática sin perder votos, es que impulsan las autonomías tutelares que emergen localmente, el objetivo: tutelar el voto.

Después de la alternancia, o transición, el PRI tuvo que reestructurarse como oposición, emergió una nueva generación de políticos, los juniorcrátas aseguraron mantener una coalición de gobierno con los demás partidos para asegurar la continuidad política neoliberal. La fórmula consistió, como ya se subrayó, en trabajar de manera autónoma, sumando los esfuerzos de todas las clientelas fragmentadas a nivel nacional. Trabajaron los tres partidos en la cohesión del voto de manera desarticulada de la supuesta unidad partidista, pero a favor de las santas alianzas.

La legitimidad de las alianzas partidista llegó desde los estados de la república, en la unificación de clientelas políticas. Esta estrategia se ha mantenido intacta, ha sido el cemento en el que se han solidificado las alternancias políticas en las tres últimas elecciones federales y en todas las elecciones locales donde se han dado procesos de alternancia o transición.

La maquinaria electoral está anclada a través de la militancia pura, la alianza estratégica, la clase social, la coincidencia ideológica o, en el mayor de los casos, por la conveniencia. De esta forma la militancia, el voto duro del PRI; PAN y PRD ha cambiado: de asumir su preferencia electoral como herencia familiar, por tener interés en hacer una carrera política en los partidos, aquellos que tienen una afinidad o simpatía ideológica o aquellos que tienen un compromiso político, se debían lealtades o favores. Hoy en día, el voto por un partido o candidato está sometido a la necesidad económica inmediata.

Obviar el trabajo que realizan los que detentan la administración de los recursos y el poder equivale a creer que más de 50 millones de pobres en México creen en la promesa de un cambio a mediano y largo plazo.

La maquinaria electoral no está en el presidente, ni en el partido, sino en los ámbitos locales, opera de manera autónoma en las estructuras clientelares a nivel estados y se aplica en los sectores más vulnerables. En la pobreza está la alcancía electoral y no en las encuestas. Las encuestas no son una radiografía de la realidad. El problema de esta elección radica en que el PRI y el PAN no parecen homologar el trabajo de sus clientelas y se irán por separado, no sería extraño que antes de que termine el periodo de campaña los dos partidos se decanten por un candidato y comiencen así a trabajar con sus clientelas de voto de manera conjunta. Al menos así lo sentenció Meade en Veracruz: “estamos preocupados por tener votos, no encuestas”.

El sistema político mexicano ha significado de múltiples formas su idea de democracia y ha construido y adecuado sus propias reglas escritas y no escritas del sistema electoral, prácticas qué, no han podido o no han querido ser desmontadas. Definitivamente, como lo sentenció Gustavo Esteva: no hay tiempo para el optimismo, ojalá lo tengamos para la esperanza.