No más fiesta brava (Toros sí, toreros no)

“La tauromaquia es una práctica cruel y soez en la que se explota, se secuestra, se tortura y se asesina de forma metódica y premeditada por una banda organizada y armada a un individuo inocente, cercado, solo y completamente aislado”.

Durante siglos, se nos ha querido vender la idea de que la fiesta brava y todo lo que la rodea es una expresión de identidad, con valores culturales y artísticos que la avalan y la redimen. Nada más falso.

Como lo reseña la cita de arriba, incluida en la convocatoria para la campaña Toros sí, toreros no, lanzada por el monero Rius, y respaldada por los Hijos del Averno (El Fisgón, Hernández, Patricio, et. al.), la tauromaquia es una actividad atroz y cobarde, que no se justifica por sus supuestos beneficios económicos, ni por sus presuntas aportaciones al arte, ni por una tradición que se basa en el engaño y en la manipulación.


Hace un año, el Congreso local decidió declararla como un bien cultural del estado, al amparo de una práctica injertada por los españoles, y que se ha extendido como un cáncer, ocupando una enorme extensión de tierras, en un estado ya de por sí pobre.

La fiesta brava hace del dolor y la muerte de un ser, un motivo de deleite. Como se apunta en la convocatoria de marras, “los espectáculos crueles y sangrientos son alienantes para la niñez, cuyo sentido de empatía natural y compasión por el prójimo anulan; así como causantes de violencia social e intrafamiliar, en especial la de género”.

Es patético argüir que el toro de lidia está destinado al ruedo, que su sino es el de la muerte violenta. Es un argumento falaz, cruel, que denigra al animal, y de paso a quien enarbola esta idea.

Quien disfruta de un espectáculo de esta naturaleza me produce congoja, pero también lástima. Me parece que el sufrimiento que se inflige al animal no puede ser motivo de gozo; y si lo es, estamos ante alguien que está mal de sus cabales. Un pobre diablo.

¿Si de verdad son tan valientes los toreros, novilleros, rejoneadores y demás fauna taurófila, por qué no se enfrentan a un animal que haya sido lidiado más de una vez? Porque saben que la inteligencia del toro es superior a la suya, de homúnculos. El toro aprende a derrotar a la primera. Y si le dieran una segunda oportunidad, seguro no habría tanto torerillo, porque el animal ya no se iría sobre el trapo, sino contra el bulto. Y entonces sí, a ver a cómo les tocaba.

En todo caso, me quedo con la práctica cretense de saltar al toro, como lo testimonian los hermosos murales que han sobrevivido al tiempo, y en donde se aprecia un juego en el que la misión consistía en librar el embate del animal, sin lastimarlo. Esa era habilidad, sin necesidad de estoques ni puyas.

Es cierto que alrededor de la tauromaquia se ha formado un fuerte tejido artístico. Goya retrató muchas suertes de su tiempo. Picasso quedó fascinado por la naturaleza del toro. García Lorca tuvo en Sánchez Mejía a un gran amigo y, a su muerte por culpa de una cornada, escribió una de las más hermosas elegías en castellano.

Pero todo eso no justifica a la fiesta. Es como hacer apología de la guerra a partir de Bastardos sin gloria o Rescatando al soldado Ryan. Nunca pasó por las mentes de Tarantino ni de Spielberg hacer una defensa de la atrocidad, de la maldad que significa segar la vida de los seres.

El toreo nos denigra, nos pone un paso atrás del resto de los seres que tienen que matar para sobrevivir. Nada justifica a la mal llamada fiesta brava. Nada justifica la barbarie.

Yo me quedo con lo que dice Rius: “Toros sí, toreros no”. O con lo que apuntaba Emile Zola: “Soy absolutamente contrario a las corridas de toros, que son espectáculo abominable cuya crueldad imbécil es, para la multitud, una educación de sangre y lodo.”

Post Scriptum

El próximo domingo, a partir de las 4 de la tarde, partirá del Asta Bandera de la ciudad de Tlaxcala la segunda marcha antitaurina. En  http://certamennacional.blogspot.mx/2013/04/blog–post.html están las bases para participar en la campaña cívica “Cruzada por la cultura, la conciencia y la compasión”.




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