No hay alternativa

Esta frase lapidaria de Margaret Thatcher en la década de los años ochenta, para justificar las aberraciones neoliberales del “Consenso de Washington”, sigue siendo el lema de la plutocracia neoliberal con el que pretende matar las aspiraciones de un mundo mejor, en la conciencia de la ciudadanía. Hace apenas unos días, en el Foro Económico Mundial de Davos, donde los dueños del dinero se ponen de acuerdo en cómo apoderarse de las riquezas del mundo, nuevamente se invocó este “dogma–plegaria” en labios del golpista presidente del Brasil, para justificar su golpe de Estado y el programa neoliberal puesto en marcha para desmantelar las reformas y medidas a favor de las clases sociales menos favorecidas de los gobiernos de Lula y Dilma Roussef, y también como introducción al siguiente proceso que pretende implementar, antes de que el pueblo brasileño fortalezca su organización y resistencia: privatizar las enormes reservas hídricas con que cuenta el país.

Fuera de los reflectores del foro, el Ejecutivo y sus colaboradores se reunieron, en una cena privada, con directivos de Nestlé, Coca–Cola, Pepsi–cola, Ambev, Dow Chemical, entre otras, cuyas empresas conforman el consorcio multinacional que monopoliza el mercado del agua embotellada, la cerveza y las bebidas gaseosas y se desplazan por el mundo apropiándose del vital líquido, cuya disponibilidad y accesibilidad para todas las personas, teóricamente constituye un “derecho humano”. Como sucede siempre, Temer y sus funcionarios regresan a su país proclamando que han obtenido grandes logros, puesto que han conseguido “grandes inversiones extranjeras” que “impulsarán el desarrollo del país”, cuando en realidad siguen vendiendo y entregando los bienes comunes de todos los brasileños. El mismo esquema se repite en torno a los hidrocarburos, los bosques, el sol, las playas, las minas y hasta los sitios arqueológicos en todos los países de América Latina y especialmente en México.

En el tema del agua, apenas hace unas semanas fue noticia la represión ejercida por el gobierno de Baja California y el ayuntamiento de Mexicali en contra de las acciones y las protestas pacíficas del movimiento civil “Mexicali Resiste” en contra de la decisión del gobierno de entregar 20 millones de metros cúbicos de agua por año a la empresa Constellation Brand, a fin de fabricar cerveza para exportar a USA, cuando en la región existe una enorme escasez de agua para toda la población. Privatizar el agua es atentar contra la base de la vida misma y las empresas–gobiernos saben que llegar a ese punto generaría revueltas sociales de magnitud imprevista; por ello avanzan cautelosamente con diferentes estrategias: primero inventaron que el agua potable de las casas no era confiable y crearon el mito de la necesidad del agua embotellada, luego inventaron la escasez y las zonas de veda y le necesidad de que el Estado fuera el único dueño, luego que ya no había recursos suficientes para las redes de distribución, que las comisiones de agua eran incapaces de gestionar el agua y que había que asociarse con las IP para mejorar el servicio, aunque los precios se incrementaran, y el siguiente paso será concesionar la totalidad del agua (incluyendo la lluvia como se intentó en Bolivia) a las transnacionales. A la sociedad civil nos toca demostrar que sí hay no una, sino muchas otras alternativas, pero ello implica cambiar profundamente nuestro modo de vida. ¿Seremos capaces de hacerlo?