No a la minería depredadora

A propósito de la reciente celebración del Día Mundial contra la Minería a Cielo Abierto, vale la pena recordar que esta actividad económica ha desempeñado a lo largo de la historia el peor papel en la vida del ser humano. Desde la antigüedad, arbitrariamente se le ha otorgado un gran valor a ciertos metales o ciertos minerales, en función de su rareza, de su escasez y de su poca disponibilidad en la naturaleza, de tal forma que poseerlos ha sido y sigue siendo un símbolo de estatus social, de ser diferente, de pertenecer a una pequeña élite que se quiere distanciar del común de la gente.

Ni los metales ni las piedras preciosas resuelven ninguna necesidad básica por sí mismos, Y, sin embargo, la obtención de oro, plata y piedras preciosas ha sido el motor de la historia, la causante de guerras y de invasiones, como sucedió en América por parte de los hispanos que llegaron hambrientos de oro (la mierda de los dioses, lo llamaban nuestros ancestros), destruyendo todo con tal de acumular oro o plata. En la mina “El Edén” en Zacatecas, por ejemplo, todavía se puede percibir lo que significó la minería en la Colonia: un personaje importante recibía una “merced real”, es decir, un regalo por parte del rey de España que se había arrogado la propiedad de todas las vidas, las tierras y recursos del nuevo continente, a cambio, claro está, de recibir una quinta parte de los metales obtenidos. Junto con el permiso de explotar la mina, recibía una gran dotación de mano de obra indígena gratuita, quienes a cambio de recibir “la doctrina” de la nueva fe y un poco de comida, pasaban extenuantes jornadas en los socavones picando piedra y cargándola en su espalda hasta la superficie. Las muertes diarias eran incontables: de 10 a 20 personas perdían la vida por caídas, derrumbes, asfixia, inundaciones o simplemente fatiga mortal.

Pero a nadie le importaba, pues siempre había un enorme ejército de trabajadores indígenas de reserva. En la nueva etapa neoliberal, la minería ha resurgido con más fuerza, ahora ya no sólo buscando los tradicionales metales preciosos, sino materias primas que se han hecho indispensables en la nueva era tecnológica, como el litio, el cortan o el uranio; sin embargo, los métodos extractivos ahora no sólo afectan a los trabajadores, sino a toda la población y a la naturaleza misma, porque el objetivo sigue siendo el mismo: obtener riqueza a costa de lo que sea, ya se trate de vidas humanas (Pasta de Conchos, por ejemplo), o contaminación y devastación ambiental (Minera México y el derrame de cianuro que contaminó el río Sonora, afectando a miles de personas y seres vivos). Y ahora llega el “fracking”, la máxima devastación ambiental, social, cultural y humana para recoger unos cuantos gramos de “riqueza”. Por supuesto que la minería no va aislada, sino que forma parte de las estrategias capitalistas de apoderarse de cualquier cosa de la que pueda exprimirse “ganancia”; este es el verdadero sentido de las reformas estructurales que el actual gobierno de Peña se ufana en presentar como un logro máximo, cuando en realidad se trata de una verdadera traición a la patria. Oponerse a la minería es solidarizarse con todas las comunidades del país que están amenazadas de extinción porque los dueños del dinero y sus cómplices ya se repartieron el territorio nacional para devastarlo literalmente en nombre de un supuesto desarrollo. Como ciudadanos tenemos que luchar desde todos los frentes contra la “hidra del capital”, de la que forma parte la nueva minería.