Nigromante

En los años de la década de los setenta el espionaje del gobierno a los periodistas se hacía directamente a través de agentes de la Dirección Federal de Seguridad. Eran los conocidos “orejas” que en cada conferencia de prensa se acreditaban como “reporteros” en cada fuente.

La Secretaría de Gobernación tenía un equipo de “analistas” que recibía los diarios informes de aquellos personajes que incluso llegaban a familiarizar con los colegas. En las conferencias de prensa observaban y escuchaban a los reporteros cuando dictaban sus notas por teléfono. Un general retirado que trabajó en el área de inteligencia, me dijo de memoria mi trayectoria el día que me lo presentó uno de sus colegas. Me asombré.

Ya se sabía en el gremio qué agente era el que escuchaba y convivía a diario en cada “fuente”; los jefes de redacción y los de información –que actualmente son los editores–  estaban acostumbrados y ni siquiera se denunciaba su presencia en las informaciones habituales.


El espionaje del gobierno federal se extendió como una práctica más sutil a los gobiernos estatales, cuyos ejecutivos tenían bien identificados a los reporteros que cubrían la información de los eventos oficiales del gobernador en turno.

Cada vez el espionaje se especializó con la tecnología y hubo nuevas formas de espiar a los periodistas, sobre todo a los incómodos, que exponían el acarreo, el robo de urnas y todos los detalles en elecciones tramposas donde era y por muchos años, el siempre ganador, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y como decía un viejo político que fue gobernador de Chihuahua, don Manuel Bernardo Aguirre: “ahí donde no gana el PRI, arrebata y a veces, a balazos”.

El espionaje creció en los setenta, durante la “guerra sucia” del gobierno contra los guerrilleros en todo el país luego de los hechos truculentos del 2 de octubre de 1968, cuando algunos periodistas de mi generación comenzaron a hacer sus “pininos”.

En mi caso, mi mujer contestaba el teléfono con advertencias anónimas para que este tecleador, reportero de El Sol de México entonces, no profundizara en temas puntillosos en los que se cuestionaba al gobierno en materia de violación a los derechos humanos o tortura a presuntos delincuentes.

En 1984 me comisionaron para exhibir las condiciones precarias en que vivían los campesinos del ejido Emiliano Zapata, en Huejutla, Hidalgo, –en la Huasteca Hidalguense– y del acoso por parte del Ejército y las corporaciones policíacas, por lo que tenían que andar a salto de mata. El gobernador Guillermo Rosell de la Lama estuvo al tanto de la persecución al enviado del Unomásuno, por un grupo paramilitar que mantenía oprimidos a aquellos campesinos.

Había espías en Huejutla –todos ellos policías municipales, estatales, de la Policía Federal y de Gobernación– que vigilaban, espiaban a aquellos hombres del campo. Como en todo el país, había en aquella zona conflictos agrarios que mantenía el gobierno en estrecha vigilancia para evitar un estallido social. Porque de hecho sólo se administraba el conflicto, no se resolvía.

Lo mismo ocurría en Tlaxcala, donde en varias ocasiones fui advertido por un comandante de la Policía Judicial, Esteban Valadez, de no “hacer alboroto” –no denunciar nada– en tiempos del gobernador Tulio Hernández. Durante una entrevista con Tulio –ya se había casado con Silvia Pinal– evadió el tema del espionaje y mejor cumplí con mi orden: un reportaje sobre la industria textil, muy pujante en la entidad desde entonces.

Enrique Galván Ochoa, en su columna Dinero, del martes 20 de junio, calificó de una muestra de humor negro la reacción de la Presidencia de la República en su respuesta al New York Times: ‘‘Se hace un llamado a quienes pudieran haber sido víctimas de las acciones descritas en su artículo, a que presenten su denuncia ante la Procuraduría General de la República, a fin de que se puedan realizar las investigaciones correspondientes’’.

Y concluye, con genialidad: “Si los recientes asesinatos de dos compañeros corresponsales de La Jornada –Miroslava Breach Velducea y Javier Valdez Cárdenas– no han sido esclarecidos, ¿qué esperanzas hay de que una denuncia sobre espionaje corra mejor suerte?”

Y pregunto: ¿cómo denunciar ante la PGR al que te espía desde esa institución, que es utilizada para espiar? jvilchis1@yahoo.com