Navidad: peregrinos o migrantes

No es de día, pero tampoco es de noche, es un momento intermedio, un ocaso particular que sucede principalmente durante el cruce fronterizo entre el otoño y el invierno. Los ancianos del siglo pasado solían llamarlo la hora cero.

La hora cero dura pocos minutos, después todo se impregna de luz eléctrica. Todo se ilumina, todo se vuelve más claro, menos las palabras, éstas se vuelven timoratas, buscan la sombra, terminan perdiéndose, deslumbradas entre tanta claridad.

Durante la hora cero al menos cuatro hondureños platican sobre la violencia en su país, se atropellan, todos quieren ser protagonistas, todos quieren narrar sus experiencias y avatares. En algo todos coinciden: “la violencia ha alcanzado niveles inimaginables”. Un consenso también los une: “en Honduras vivimos una guerra civil, eso ha orillado a muchos paisanos a buscar alternativas en otro lugar”.


Una contundente prueba de su argumento aparece en un punto lejano, donde las vías del tren se pierden en el hilo del horizonte de moribunda luz.

Cuatro personas trotan entre los rieles, apenas se divisan las siluetas grisáceas, jadeantes, anhelosas de cruzar el portal del albergue La Sagrada Familia de Apizaco, Tlaxcala.

El sacerdote Elías Dávila daba un mensaje a las dos decenas de jóvenes migrantes resaltando la importancia de la presencia de dios en su peregrinar. Los hondureños, se acercan, descienden de los montículos de tierra y grava colocados en ambos lados de la vía, la sonoridad de sus pisadas y la polvareda que dejan tras de sí denotaban prisa por incorporarse a la fiesta.

Su llegada fue armonizada por dos guitarras y un cántico típico navideño encabezado por monjas y señoras de edad bien abrigadas: “En el nombre del cielo os pido posada pues no puede andar mi esposa amada. Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir no sea algún tunante. No seas inhumano, tennos caridad, que el dios de los cielos te lo premiará. Ya se pueden ir y no molestar porque si me enfado los voy a apalear”.

El zaguán del albergue se abre, “la algarabía de los santos peregrinos” se entona, las velas dibujan apenas un aura de luz en las caras de los peregrinos–migrantes. Arrullan al hijo de dios en una tela gris porosa, cantan canciones de cuna y posteriormente las acólitas y algunos migrantes se forman para besar la figura.

Después de acostar al infante, alguien gritó que hicieran fila para romper las piñatas. Los migrantes se arremolinan para ser los primeros. Vendados y con palo en mano reventaron uno a uno los cántaros forrados de estrella al compás del grito “pégale, pégale, haz de cuenta que es la migra”. Los dulces caen abruptamente, todos se arremolinan para recoger el contenido de las piñatas, los guardan como infantes en las bolsas del pantalón, en las bolsas de las sudaderas y chamarras, algunos, incluso, tomaron una punta de estrella de la piñata y depositaron ahí lo recabado. Sonrisas y bromas se esbozan.

Por momentos los migrantes dejan de ser migrantes, casi llegan a ser realmente peregrinos, casi dejan de ser un reflejo fiel del cántico navideño, dejan de ser un párrafo más del villancico, del sujeto que pide posada y al que siempre se le responde “Aquí no es mesón, sigan adelante…Ya se pueden ir y no molestar porque si me enfado los voy a apalear”.

Degustan tamales, pasta y ponche, mientras dialogan armónicamente y en murmullo cuando la luz artificial ha llenado cada rincón.

La navidad suaviza la crueldad, recubre la violencia y maquilla el abismo humanitario que padecemos los hondureños y mexicanos. Los hondureños migran por la pobreza y la violencia exacerbada, huyen de un contexto de “guerra civil” para desplazarse por días “ilegalmente” en un país que ha hecho de la violencia una política de excepción, que ha regulado la presencia y las funciones militares a través de una Ley de Seguridad Interior, la cual, con seguridad, volverá más difícil el tránsito de los centroamericanos por nuestro país, y volverá mucho más difícil otorgarles la categoría de peregrino después de la navidad. Volverá a ser el mismo migrante.