Morena: estigma y odio

La “guerra sucia” es una definición que nos han impuesto a los mexicanos para que podamos asimilar lo que no es asimilable: el horror, la violencia, la crueldad, la ignominia. Hoy, como en el pasado, el fenómeno mediático revestido de campaña política contra López Obrador ha sido llamado, de nueva cuenta, “guerra sucia”. El objetivo de este mote es evadir que se nombren las cosas por su nombre, No es una “guerra sucia”, es, definitivamente, una campaña de estigma y odio.

En las últimas dos elecciones federales las campañas contra López Obrador tuvieron tintes políticos, hoy, esa campaña no es más que una iniciativa de estigma y odio que lastima y, sin duda, dejará aún más fragmentada a la ciudadanía después de la elección. Esta campaña de estigma y odio ha sido emprendida por empresas informativas, medios de comunicación, “periodistas reflexivos”, políticos, intelectuales, escritores, estrellas de televisión, etcétera.

Esta campaña de estigma y odio no es sólo un acto de diatriba, descalificaciones para el político tabasqueño, él pasó a segundo orden, el foco del ataque son los múltiples grupos sociales que han manifestado abiertamente su apoyo, sus partidarios.Así como aquellos indecisos que representan cerca del 20 por ciento del electorado. Esta campaña de odio está fincada –entre muchas otras cosas– en las bases sociales del gusto y la distinción social. El objetivo es inhibir el voto para ya saben quién, diseminando en la sociedad el estigma y el odio. El voto, aún volátil, debe ser encausado a través del estigma y el odio para cualquier candidato, pero no para ya saben quién.


Los medios han repetido hasta el cansancio que los seguidores de Obrador no dialogan, que no son objetivos, que no soportan las críticas de la gente informada. Algunos ataques han sostenido que la mayoría de los seguidores de ya saben quién son maestros, que “después de años en el aula creen en la persuasión a través de la lógica de los datos y las cifras” (vaya insulto para la capacidad crítica y discernimiento del sector educativo del país). Han sostenido que los apoyos a Obrador son apenas “redes digitales bien organizadas: Troles y bots”. Que los electores de Obrador “abdicaron a la razón, son irracionales, desinformados, ignorantes, que tienen bajo nivel de estudios, que votan con el hígado en lugar de la cabeza”.

Los medios, una y otra vez, han sostenido que los seguidores de ya saben quién son como los “feligreses, devotos de la persona AMLO, que no expresan lo que saben, sino lo que son, una otredad irracional, ignorante, apasionados, emocionales y tribales”. “Feligreses de una secta creada por organizaciones arcaicas, alérgicas al debate, autoritarias, peligrosas para el diálogo y la democracia”.

Paralelamente, los seguidores, simpatizantes de Obrador y de sus propuestas políticas han sido catalogados como miembros de una feligresía, de una religión psicópata, delirantes que amenazan la paz, estabilidad, la riqueza y bonanza de México.

Esta campaña de estigma y odio va dirigida a todos los ciudadanos: a las clases medias, los líderes, los blancos o blanqueados, los intelectuales urbanos, los banqueros, los nuevos ricos, los docentes, el burócrata privilegiado, los hacendados, comunicadores, caciques locales, políticos de tiempo completo y élites económicas y políticas. Va dirigida también a esos sectores pobres que no han sido incorporados y aquellos que se integraron al sistema desfavorablemente a través del partido oficial y anexos, que han sido recogidos y amansados a través de pírricas prebendas. Esos “jodidos” con adscripción política e identidad de vasallos y actitud de contingente útil para la política local y federal. Para ese voto duro, útil de la pléyade, las mismas bases obreras, campesinas y pobres urbanos hoy se les interpela para que no dejen de serlo, para que no cambien sus preferencias, para que no malbaraten su voto. Se les exhorta a ser los distintos y distinguidos feudatarios de los representantes de la criollización, los impulsores del catolicismo, del neoliberalismo descarado y de aquellos que enseñan a través del verbo cuáles deben ser las prácticas éticas y morales para ser un buen mexicano. Va dirigido a esos sectores dominados por el populismo conservador y doble moral mexicano. Se les invita a todos a mantener este sistema clasista, racista, colonizador, depredador, pero muy altruista.

A través del estigma y el odio se pretende decir a los múltiples sectores que les regresarán la ilusión de la movilidad social, del ascenso y la adscripción favorable, que ahora sí, las cosas serán diferentes. Que el sistema social y económico será nuevamente abierto para ellos, pero que no dejen de ser sujetos con razón, que no sean ignorantes, apasionados, emocionales, tribales.

Esta batería discursiva es para incentivar a las múltiples clases sociales a votar con la cabeza y no con el hígado, pues el “odio”, el resentimiento y la revancha no son buenos consejeros.

Esta campaña de estigma y odio convoca a las clases sociales a tomar en cuenta que debe valorar sus preferencias, modificar sus actitudes, ideas, así como sus criterios y disposiciones ante las propuestas electorales.

Deben identificar a qué tipo de electorado anhelan pertenecer, dónde y con quién anhelan tener su enclasamiento o su distinción de clase, sus espacios de estilo de vida, diría Bourdieu. Si con los racionales, modernos, educados, distintos y distinguidos o con aquellos desclasados, irracionales, sin escuela, sin distinción legítima. Con aquellos que no representan una rentabilidad política para la clase gobernante, mucho menos para el mercado. Con aquellos que eligen como habitus sólo lo necesario, que “hacen de la necesidad una virtud”.

Esta campaña de estigma y odio convoca a los votantes a que elijan lo correcto, que elijan en función de un habitus pequeño burgués, que busquen su ascensión y la distinción social como regla de vida y no sean uno más de esa “feligresía irracional”, que dejen de ser esa “medida de la miseria humana”, “Pejechaira”, que abandonen cuanto antes su “adscripción a esa legión de idiotas”. Deben entender que sólo los más “jodidos”, de entre los “jodidos”, apoyan a López Obrador.

Las y los ingenieros de esta campaña de estigma y odio se han empeñado también en decirnos a los mexicanos que hemos vivido durante más de medio siglo en una atmósfera de paz, estabilidad, libertad y tolerancia. Lo que estos ideólogos no han reparado es que la “fe en la democracia depende de la creencia de los ciudadanos en la integridad de su gobierno”. Definitivamente, los conservadores, liberales y protofascistas mexicanos también se asustan, ¿verdad que sí Isabel Turrent?