Modernidad sangrienta

Nunca como ahora, día a día, nos enteramos de asesinatos de periodistas, de activistas sociales, de defensores de los derechos humanos o de simples ciudadanos que de alguna manera han dicho ya basta de neoliberalismo, ya basta de corrupción, de mentiras, de impunidad, de saqueo. El asesinato, las desapariciones forzadas, la represión, se han vuelto asuntos normales en el contexto de la imposición del modelo neoliberal, pasando, de facto, por encima de cualquier consideración. El gobierno neoliberal, vendepatrias y traidor, finge demencia, hace declaraciones huecas, promete investigar y castigar a los culpables y sigue impunemente asesinando, desapareciendo o reprimiendo a través de sus grupos paramilitares (crimen organizado por él) o de las fuerzas armadas que ya no se ocupan de los enemigos externos, sino que ahora combaten a los ciudadanos inconformes, clasificados como enemigos internos.

Hace unos días, la Corte Interamericana amonestó al gobierno mexicanos por las desapariciones inexplicables de varios miembros de una comunidad a manos de elementos de la Marina. Y días antes el Alto Comisionado de la ONU condenó la situación de violación creciente de los derechos humanos por parte de los aparatos de Estado. El gobierno reaccionó molesto argumentando un informe parcial y sesgado, lo cual equivale a decir que seguramente el organismo está de parte de los malos mexicanos que sólo ven lo negativo, que están enojados sin razón y que van a votar visceralmente en las próximas elecciones, por un gobierno populista; porque el país que ellos ven está lleno de logros, de avances modernizadores que bien valen los miles de muertos y desaparecidos que no son sino daños colaterales necesarios.

Este fin de semana en Cuetzalan, por ejemplo, hubo una gran movilización de indígenas que protestaron por el asesinato en los últimos meses de cuatro activistas que han participado en la lucha de los pueblos por la defensa de su territorio, frente a los megaproyectos mineros, hidroeléctricos o de explotación de recursos naturales: Guadalupe Campanur, Manuel Gaspar Rodríguez, Miguel Vázquez y, el más reciente, Adrián Tihuilit. Estos activistas asesinados, representan apenas una parte mínima visible de la política represiva de la mafia en el poder, que no duda en sacrificar vidas humanas en beneficio propio (los sobornos de Oberdrech, por ejemplo) y del capital extranjero al que le deben sus falsos títulos y su puesto.


Este clima abiertamente violento y represivo no es privativo de nuestro país, lo mismo sucede en Colombia, en Guatemala, en Brasil, en Perú, en Chile, en Argentina, por mencionar algunos casos, pues forma parte de la estrategia del capital por adueñarse y lucrar con todo, con la mentira de que el desarrollo y la modernización (a su manera) es necesaria e imparable, pues se trata de un proceso casi “natural” de las civilizaciones humanas, lo cual es una mentira total, ya que una lectura crítica de la historia humana pasada y actual, demuestra que existen otros modelos de civilización menos destructivos del medio ambiente y de la vida humana, pero que se excluyen porque no van con el lucro, la explotación y la cultura del consumo irracional. Ojalá reflexionemos sobre el verdadero motor de la violencia que estamos padeciendo y tomemos conciencia de que efectivamente lo que está en juego es seguir en el mismo camino hacia la destrucción, o cambiar de rumbo hacia la búsqueda de un modelo humano.