Mentiras “científicas”

Por principio, el trabajo científico de los investigadores especializados en las diferentes ramas del conocimiento humano, pretende encontrar una verdad objetiva o por lo menos una verdad provisoria en la que muchos de ellos coincidan, hasta que nuevas investigaciones demuestren que ya no es válida. Nunca como ahora el capitalismo ha echado mano de argumentos seudocientíficos para respaldar la calidad o eficacia de sus productos, teniendo como único objetivo incrementar sus ganancias a costa de lo que sea.

Para ello ha creado su propio “cuerpo académico” de expertos incondicionales dispuestos a defender contra toda evidencia real, la bondad de tal o cual producto. Sin embargo, en el rubro de los agrotóxicos, la realidad se ha encargado de desmentir las “bondades” del glifosato. Hace apenas unos días, una corte de California condenó a Monsanto a pagar 238 millones de dólares de indemnización a Dewayne Johnson, quien por el uso continuo del Roundup y Ranger Pro, herbicidas a base de glifosato, adquirió un cáncer de linfa que lo va llevando a una muerte ineluctable en unos cuantos meses. El glifosato ha sido señalado como cancerígeno por diferentes investigadores, principalmente europeos, e incluso la OMS ha lanzado una alerta internacional que las empresas y sus gobiernos cómplices fingen no escuchar.

La sentencia, si bien todavía es impugnable, sienta un precedente que abre la puerta a la posible resolución favorable a los más de 5 mil demandantes en contra de la empresa por daños a la salud, en Estados Unidos. Debido a su alto grado de afectación, a la salud humana y de todos los seres vivos, ocho países europeos, encabezados por Francia, se opusieron a la renovación del permiso de su uso en el territorio europeo; sin embargo, por presiones de la empresa y del gobierno yanqui, lograron la renovación del permiso por cinco años más.


Monsanto, ahora fusionado con la multinacional Bayer, siempre ha pagado estudios supuestamente científicos (alrededor de 800, según la empresa) que aseguran que su herbicida estrella, es “seguro y no cancerígeno”, a pesar de las evidencias, no sólo del caso juzgado en California, sino sobre todo de los efectos devastadores que ha provocado en países como Argentina en donde miles de habitantes cercanos a los campos de soya transgénica, padecen desde hace varios años los efectos de las fumigaciones aéreas indiscriminadas con este veneno: varios tipos de cáncer, especialmente de piel, insuficiencia renal, malformaciones congénitas, entre otros, tal como lo demostraron los afectados hace unos meses ante el Tribunal Internacional Monsanto, instalado en La Haya, Holanda, y que dio voz a los sin voz, ya que los afectados son reprimidos y acallados por su propio gobierno neoliberal y al servicio de los intereses de las empresas, pero finalmente lograron romper el cerco para dar a conocer al mundo su situación real: la afectación irreversible de su salud por lograr un incremento de ganancias.

Ante estas situaciones, las empresas de la muerte sólo repiten como discurso vacío el argumento de que hay que atenerse a los resultados de los “estudios científicos”(los pagados y encargados por ellos, claro), fuera de los cuales, según ellos, todo es una “pugna ideológica” de sectores tradicionalistas y retardatarios que se “oponen a que se solucione el problema del hambre en el mundo”, cuando en realidad se trata de lucrar con los alimentos y la salud humana.