Memoriales

Se ha hecho una costumbre que cada régimen elija un suceso violento del pasado para establecer sus narrativas de memoria. El gobierno de Vicente Fox eligió abordar el periodo denominado “guerra sucia” y el movimiento estudiantil de 1968, para tal efecto creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos el Pasado (FEMOSPP).

Paralelamente, ordenó la apertura de los archivos policiales que estaban resguardados en los sótanos del Estado mexicano. Una de las máximas de esta disposición fue esclarecer los hechos, saber la verdad, aplicar justicia y asegurar el Nunca más.

Los alcances de este proyecto fueron pírricos, no se estableció una verdad, no se aplicó la justicia, ni hubo un solo responsable enjuiciado, encarcelado y, la máxima del Nunca más quedó como una anécdota “transicional”, como un recurso lingüístico siempre útil para aquellos políticos que tienen la necesidad de abordar temáticas relacionadas a los hechos violentos ocurridos en el pasado reciente.


La Cuarta Transformación, como régimen de alternancia o “transición”, eligió el Halconazo o matanza del Jueves de Corpus, acaecida en el año 1971 en la Ciudad de México. El actual gobierno decidió erigir un memorial sobre este suceso en el inmueble de las instalaciones de la ex Dirección Federal de Seguridad (DFS), policía secreta del Estado mexicano. El presidente de la República, al respecto, arengó que “nunca más debemos optar por el autoritarismo, la represión, siempre tenemos que ser respetuosos de la libertad de expresión y el derecho a disentir, a la pluralidad. Mucho menos se debe optar por la fuerza, la tortura, la desaparición, el asesinato de opositores. Se debe borrar eso por completo, esa historia negra que tenemos que superar en una etapa nueva en este proceso de transformación que se lleva a cabo en el país”.

Más testimonios, más imágenes, más documentales para rememorar el pasado reciente, según sostuvo el gobierno federal. Como si ese pasado estuviera en el olvido. Es imposible que un suceso de esta magnitud esté en el olvido, es inicuo imaginar la historia del siglo XX sin este y otros acontecimientos. Desde el Estado se nos instruye a recuperar la memoria, se nos invita a documentar las violaciones a los derechos humanos y a resignificar a las víctimas. Lamentablemente, con estos memoriales se construye una narrativa oficial que tiende, al igual que en el Memorial del 68, a vaciar de todo contenido político la violencia de Estado, a encapsular los sucesos y convertirlos en una época cerrada. Tal pareciera que la violencia política desplegada por el Estado mexicano en el pasado fuera un fenómeno irrepetible. La máxima del Nunca más no había estado tan hueca, nunca había perdido sentido. En México sabemos de sobra que el Nunca más es un conjunto de palabras sin sentido y sin significado, una hipocresía transicional de gobiernos sin voluntad para hurgar el pasado desde una perspectiva jurídica y llegar hasta las últimas consecuencias.

La ambigüedad de este proyecto estriba en las propias palabras del presidente de la República, “es un suceso que se debe borrar por completo, esa es una historia negra que se tiene que superar en esta nueva etapa política”. No señor presidente, no Beatriz Gutiérrez, la violencia política perpetrada por el Estado en el pasado no se puede borrar, los hechos no se borran construyendo memoriales, clausurando el fenómeno y sometiéndolo a un pasado estático, muerto, ni tampoco se borran estableciendo una justicia simbólica para las víctimas y los sobrevivientes. La sociedad no tiene olvidos, no cabe el olvido ante estas atrocidades, no es necesario rememorar, memorizar el hecho, el olvido no acepta vacíos, siempre hay memorias ocupándolo. El Halconazo y los múltiples sucesos de la “guerra sucia” no son hechos olvidados, están revestidos por múltiples memorias y diversas narrativas que, casualmente, no han sido incorporadas al relato nacional, que han sido soterradas, invisibilizadas porque explican, señalan, evidencian a los responsables y perpetradores de los delitos de lesa humanidad cometidos contra la sociedad.

No señor presidente, no Beatriz Gutiérrez, no es una “historia negra”, no se trata de hechos que son inimputables, ahí hubo actores, sujetos que diseñaron la estrategia represiva, que dieron órdenes, sujetos que siguieron las órdenes, que acataron las órdenes. Hubo golpeadores y francotiradores. Hubo armas percutidas, balas que perforaron cuerpos, palos que abrieron cráneos, que rompieron narices y huesos. Puños que golpearon, manos que arrastraron, trasladaron y torturaron. Esos sujetos no desaparecieron, envejecieron con plena calma, quietud y en total impunidad. No es la historia negra o blanca, no se deben utilizar eufemismos para borrar de un plumazo a los responsables de los hechos. Son sujetos, hombres y mujeres, los responsables, ¿dónde están?, ¿dónde deben estar? Seguro que están en el paraíso de la impunidad de esta historia en color rosa que el gobierno federal nos invita a memorizar y que no olvidemos, pero que sí nos preparemos para el perdón y la reconciliación. Ningún perdón es posible y ninguna reconciliación con el pasado se logra sólo por la buena voluntad de un supremo que invita a limpiar el corazón y a tirar esa historia negra. Ninguna reconciliación es posible sin verdad, justicia y reparación. Nuestra tragedia social está colmada de una amargura permanente que no pude disiparse únicamente por la solicitud de alguien que dice ser un amoroso reformador.

La memorización de los sucesos violentos es un ejercicio importante, sano para una sociedad, pero siempre y cuando estén acompañados de la implementación de una justicia, no sólo simbólica. Si nos quedamos en la justicia simbólica, el acto de memorizar semeja un simple performance de autoflagelo, autoinmolación, en un sentimiento de desamparo, frustración e impotencia ante un gobierno que es incapaz, o que tiene nula voluntad de restituirnos a través de la administración de la justicia, lo que tan frecuentemente las violencias políticas nos han arrebatado, lo que casi se nos ha perdido por completo: la dignidad como personas.

No se trata sólo de rememorar, hacer del pasado museos y dotar de una narrativa oficial a los hechos, apropiárselos como compromiso político con el pasado, en detrimento de las exigencias sociales: verdad, justicia y reparación. Pues ante el genocidio y los múltiples delitos de lesa humanidad cometidos por el Estado mexicano tanto en el pasado como en el presente: ni perdón, ni olvido. No señor presidente, no Beatriz Gutiérrez, no más memoriales, sí más comisiones de la Verdad, pues de poco sirve recordar y memorizar si no hay justicia.

rodolfo.gamino@ibero.mx