Maíz y amaranto

Cuentan las crónicas que cuando Fr. Bernardino de Sahagún le preguntó a sus informantes,  viejos sabios indígenas, qué alimentos sustentaban su cultura y sus formas de vida, ellos contestaron sin vacilar: in tonacayotl, in tlaolli, in etl, in huautli, es decir: “lo que conserva la vida es el maíz, el frijol y el amaranto”. Dos de estas plantas poderosas, fueron protagonistas de la Feria Nacional del Maíz Criollo y del Amaranto que se realizó en el zócalo de la ciudad capital el pasado viernes 17 de noviembre, convocada por diferentes organizaciones campesinas que han venido trabajando desde hace años a favor de una agricultura agroecológica, más sana y más tendiente a la sustentabilidad. En esta feria participaron productores de maíz del estado, así como productores de amaranto de la Ciudad de México, Morelos, Oaxaca, Puebla, Hidalgo, Michoacán, Tlaxcala, Estado de México y hasta un grupo de productores de Chile, quienes compartieron su experiencia en el cultivo de este semi cereal americano, así como los problemas que enfrentan en el marco de la guerra desatada por las grandes corporaciones transnacionales en contra del patrimonio biocultural de numerosos pueblos que siguen escapando al mercado de los alimentos chatarra. La familia de los “Amarantos” (del griego: “plantas que no se marchitan”), es originaria de América (Guatemala, Sureste de México y Andes peruanos), comprende más de 800 especias, dos de las cuales son las más productivas (Amaranthus hipochondriachus y A. cruentus) y se cultivan en nuestro país desde hace por lo menos 7000 años, de acuerdo con los estudios arqueobotánicos del Valle de Tehuacán, lo que significa que fue domesticado al mismo tiempo que el maíz, por lo que, tal como lo declararon los informantes de Sahagún, fue parte fundamental de la dieta básica de nuestros pueblos ancestrales desde ese remoto pasado. Después de la invasión hispana, el Huautli (del náhuatl, “cosa que se seca al exterior”) fue proscrito de la dieta y de la cultura, pues los frailes se dieron cuenta de que estaba íntimamente ligada a la cosmovisión religiosa mesoamericana: con la pasta de amaranto, se moldeaban las imágenes de sus principales deidades, mismas que eran comidas en determinadas festividades, llamadas Teocualo (del náhuatl, “comer a los dioses”), ritual muy parecido a la comunión cristiana, lo cual representaba un peligro de mantener la idolatría, así que se prohibió el cultivo de la planta y se establecieron severos castigos para quienes lo consumieran. No ha sido sino hasta años recientes que, ante las crisis alimentarias, el cereal ha sido rescatado del olvido y se ha reconocido su alto valor nutritivo, ya que contiene un alto porcentaje de proteína (13 a 18 por ciento), de grasas (6.3 a 8.1 por ciento), fibra (2.2 a 5.8 por ciento)  y cenizas (2.8 a 4.4 por ciento), además de que aporta dosis importantes de vitaminas (E y B), niacina (para las hormonas sexuales, crecimiento y metabolismo), licina (para anticuerpos, hormonas y enzimas), fósforo (para huesos y riñones), magnesio (regulación del azúcar en la sangre y músculos lisos). Todo lo cual demuestra su alto valor nutritivo en la lucha contra la desnutrición y el por qué ahora se cultiva masivamente en India, China y muchos países asiáticos. Esperemos que en un futuro próximo, a través de estos encuentros, se reconozca el papel del frijol y en general de todas las semillas y plantas que se producían sinérgicamente en el sistema de la Milpa.