Los yerros del PRI

El camino a las elecciones se encuentra ahora en un dilema, los partidos parecen estar estancados en un equilibrio del miedo. Los candidatos del PRI y del PAN han decidido no ir juntos, las tecnocracias de cada partido eligieron competir por sí y para sí mismos. Lo más sano para el PRI –quien es, hasta hoy el que menos aceptación y prestigio tiene– era haber elegido un candidato jurásico, la experiencia en el juego político debió imponerse sobre la apuesta tecnócrata o juniorcrata. Máxime, en contextos en los que el partido ha tenido una profunda crisis moral. Este error lo cometieron en el pasado al elegir como candidato presidencial a Francisco Labastida por sobre Roberto Madrazo (aun cuando se pregonó la democratización interna del partido y con ello la muerte del dedazo). Paradójicamente, cuando el PRI intenta dejar de ser PRI, todo le sale mal.

Hoy, al igual que ayer, la precandidatura del PRI parece estar reduciendo su posibilidad de triunfo, su capacidad de negociación con otros actores políticos, tanto locales o internos a su partido como externos. Los tecnócratas han logrado hacer del PRI –aunque en menor medida– lo que hicieron con el PAN y el PRD: dividirlos o fragmentarlos y reducirlos como fuerza política.

El PRI ha sido el único partido capaz de desarticular ideológica y políticamente a estos dos partidos políticos, los cuales, en proceso electoral, se habían mantenido como una “sana” o “útil” competencia. Así lo hizo primero con el PRD a través de los llamados “Chuchos” y posteriormente con el reducido grupo de tecnócratas del PAN representados por Anaya. El PRI logró, periféricamente, desarticularlos.


Las precandidaturas, hoy ya candidaturas confirmadas del PRI y del PAN, parecen estar destinadas a fracasar por los egos de sus candidatos y de su grupo de tecnócratas, ambos candidatos son malos candidatos con pésimas precampañas. Ambos candidatos se acercan peligrosamente a realizar una campaña dirigida a sectores minoritarios y contradictoriamente, no priistas y no panistas. Quién comprará su mensaje, no creo que ni los panistas, ni los priistas ni los adheridos a estas alianzas.

Parece que el PRI eligió en esta precampaña sentarse a observar, permitir los reflectores a Anaya y Obrador, dejar, como en los tiempos de Labastida, que sus contrincantes se trompicaran solos. Que Obrador demostrara a la ciudadanía que él es su propio enemigo y que Anaya evidenciara su limitada capacidad como encantador de las masas. Meade aparecería, en la recta final, como el único candidato ideal. Evidentemente no pasó lo uno, ni lo otro, ni lo otro. Obrador no trompicó, Anaya, si bien no encantó a las masas, se sostuvo como el segundo en la preferencia electoral. Y Meade, resultó ser un precandidato poco carismático, con limitado empuje y con un pálido apoyo partidista. Dista mucho de ser el candidato ideal para la ciudadanía, quizá, y sólo quizá, ni para el mismo PRI, o al menos para algunos sectores pertenecientes al periodo mesozoico de dicho partido.

Si por las precampañas pudiéramos tasar las próximas campañas, podríamos asegurar que esta elección no se ganará con experiencia, estrategia, agilidad o cálculo político, sino por los yerros del PRI. Por ejemplo: no haber realizado una alianza y pactado una alternancia con el PAN como en el año 2000, el haber dividido o fragmentado a la oposición política –PAN y PRD– y reducido con ello, el espectro ideológico o político electoral. Dejando vacíos que ni él, ni los otros partidos han logrado cubrir y, capitalizar esas demandas para traducirlas en voto.

Apostar a trasladar el modelo de la elección del Estado de México al escenario federal o, incluso, considerar que con el voto del Edomex, de cinco u ocho estados y del charrismo sindical más duro, le son suficientes para ganar la elección.

Las condiciones parecen estar cambiando, en los escenarios de los estados, a pesar de estar gobernados por el PRI, no siempre se asegura el voto para el candidato de dicho partido, como ejemplo está Tlaxcala. El costo político de emular la estrategia de triunfo en las elecciones del Edomex sería elevado para el partido en términos económicos, materiales y humanos, pero, sobre todo, para el país, tendríamos que soportar nuevas oleadas de violencia generalizada. El charrismo sindical, el voto duro, parece estar dividido o en desequilibrio con la incorporación de Napoleón Gómez y miembros cercanos a Elba Esther Gordillo a Morena.

La próxima elección ha dejado huecos, múltiples demandas, posicionamientos y hasta ideologías en un vacío, es el vacío que el PRI se empeñó en edificar durante los últimos cinco años.

En este escenario, los huecos, los vacíos y las demandas parecen ser, hasta ahora, capitalizadas por un ex priista –Obrador– que se enfrenta a dos contrincantes no priistas: Anaya y Meade. Si, por las precampañas pudiéramos tasar las próximas campañas, podríamos asegurar que esta elección no se ganará con experiencia, estrategia, agilidad o cálculo político, sino por los yerros del PRI. Algo similar sucedió en Chile, cuando Salvador Allende ganó la presidencia a través de la Unidad Popular, ello cuando se postuló por cuarta vez como candidato. El triunfo no se debió sólo a su capacidad política, su experiencia, su agilidad, etc., sino por los yerros de los grupos conservadores del Demócrata Cristiano y del centro del Partido Nacional que detentaban el poder en Chile y borraron el espectro ideológico y político del electorado.

La Unidad Popular y Allende cacharon la volatilidad de voto, abrazaron las demandas ideológicas y políticas y, sobre todo, capitalizaron el discurso de la renacionalización como un principio ideológico que regiría su política.