LOS SÍMBOLOS DE LA VIOLENCIA

El último de los trabajos realizados sobre la violencia y el proxenetismo lleva por título “Los símbolos de la violencia. Ritual, espectáculo y drama bajo el volcán de la Malinche” y describe el carnaval, particularmente el baile de “los toreros”.

El martes de carnaval salen los toreros a las calles. La algarabía va subiendo de tono por los movimientos y ademanes violentos que realizan los participantes, pero si por casualidad se encuentran con otro grupo, se desata la batalla.

Al otro grupo se le reta a un duelo de latigazos para “calentar los ánimos”, pero el propósito fundamental es mostrar la valentía que tiene uno y otro grupo. Con la intención de dañar, los látigos se refuerzan con pedazos de metal. 


Relata el autor: “al igual que sucede en el ámbito del trabajo de proxeneta, los grupos de toreros también se identifican por el parentesco, hombres de una familia que se dedican al lenocinio y aprovechan el ambiente carnavalesco para demostrar su predominio local”.

Alrededor de 500 toreros se dan cita en la explanada cercana a la parroquia de San Miguel  para escenificar una batalla campal, todos gritan  y comienzan a sonar los latigazos que buscan dañar la parte baja del cuerpo.

Las heridas que se producen son a lo largo del tiempo señales de hombría, la cual es reconocida por la propia comunidad, lo que permite a los proxenetas demostrar que tienen la capacidad y fuerza suficiente para mantenerse como “jefe”.

La batalla –apunta el autor– no busca triunfadores sino recrea un espacio de violencia exacerbada donde los toreros demuestran valentía. La violencia es conducida hacia el plano de la representación masculina en el espacio público.

El carnaval se ha convertido en una nueva vía para confirmar la presencia de la violencia y la fuerza que tienen ciertos personajes para proteger a su espacio, sus mujeres y su quehacer, a partir de compartirlo festivamente con los otros.




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