Las guerras por los alimentos

Este es el título del libro (Food wars) del sociólogo y activista de los derechos humanos filipino, Walden Bello, que aunque publicado en 2009 sigue siendo una lectura obligada para entender las causas de las crisis alimentarias y la guerra en contra de la producción campesina de alimentos emprendida por los gobiernos neoliberales en todo el planeta. Generalmente se cree que la persistencia de la agricultura tradicional es un signo de atraso y “subdesarrollo”, y hay que erradicarla “modernizándola”, esto es obligando a los campesinos a abandonar el cultivo de los granos básicos para dedicarse a productos que sean “rentables y competitivos” en el mercado internacional; esto significa entrar a competir con las grandes empresas agroindustriales en circunstancias completamente desventajosas para ellos, lo cual conduce finalmente al fracaso y al desaliento de la actividad agrícola, para que finalmente los campesinos abandonen su tierra, la vendan y engrosen las filas de los desempleados de las grandes urbes.

Bello nos recuerda que este fenómeno no es nuevo, sino que desde el siglo XVIII ya existía esa guerra entre el capital y el campo, porque los principios de ambos se contraponen totalmente: el primero busca ante todo el lucro a costa de lo que sea (el hambre, la salud, la destrucción de la naturaleza), mientras el segundo busca fundamentalmente la reproducción de la vida en las mejores condiciones posibles tanto para el ser humano como para el planeta. Con esto se comprende claramente que para que el capitalismo se imponga, es requisito indispensable hacer que toda la población trabajadora–consumidora no tenga otra alternativa más que el “trabaja para consumir y consume para trabajar”; se trata de destruir todo aquello que pudiera permitir al humano vivir fuera del sistema, todo lo que le permita ser autosuficiente fuera de las garras de los supermercados, de los laboratorios, de la educación privada domesticadora, de la religión alienante, de la política corrupta.

Por ello, la guerra neoliberal, a través de las “reformas estructurales”, busca en definitiva destruir todos los elementos materiales, culturales y hasta espirituales que le permitirían al hombre subsistir bajo formas de vida diferentes a la impuesta por el sistema–capital. En cuanto al campo y los alimentos, el autor analiza la evolución de los sistemas agrícolas tradicionales tanto en Asia como en África y en América Latina, desmenuzando las constantes de la estrategia aplicada para desmantelar la capacidad productiva en esas regiones y su sometimiento a los dictados de la agricultura agroindustrial: introducción de los alimentos básicos al mercado especulativo de la bolsa de valores; manipulación de los precios a través de ofertas y demandas ficticias, creación de crisis alimentarias por supuesta escasez y falta de rentabilidad, endeudamiento de los países a través de créditos de los organismos del capital internacional (Banco Mundial), sometimiento de las naciones a las reglas del mercado internacional globalizado a través de tratados de libre comercio (OMC), a través de los cuales se restringe y desalienta la producción nacional para importar a precios subsidiados alimentos industrializados; destrucción de la biodiversidad nativa de los países invadiendo con alimentos transgénicos registrados y patentados. Apoyar e incentivar la producción campesina no es ser atrasados, sino al contrario, es defender la vida frente al capital.