La vida y yo. Escritura contra el olvido. Reminiscencias

La vida y yo

La vida y yo. Leer o escribir siempre se hace desde un lugar. Es el caso del texto “La vida y yo” de Marcela Neocoechea y Agüeros. Es la mirada desde una condición social y económica que refleja la cultura de un grupo específico. Los herederos de la España que habitan el altiplano mexicano.

Las personas, las familias y los lugares desfilan a través de una serie de estampas que muestran la relación entre Nos-otros y Los-otros. Los-otros son los extraños, los ajenos, los diferentes. Nos-otros son los que conocemos, nos relacionamos y nos referimos con nombre y apellido.

A lo largo de 106 páginas, 18 estampas describen una multiplicidad de recuerdos. No hay una relación cronológica entre ellos. Cada uno es un tiempo y espacio diferente. La lógica es la que quiso ordenar la escritora, lo que le pareció importante, trascendente o anecdótico.


El título se toma prestado de uno de los clásicos españoles; Platero y Yo de Juan Ramón Jiménez. “Que como ellos miraba el mundo con sus ojos grandes, asombrados y limpios” y como travesura revela conductas que solo por algún estado de alteración de conciencia es posible que presente quien ha sido bien educado en el temor de Dios.

Bilbao, Roma y Marruecos. Al encuentro del tesoro

La primera estampa se refiere a un encuentro, una analogía entre españoles y tlaxcaltecas, pero al revés. En Bilbao “la meca de los Necoechea” (p.13). Me llamo Marcela Necoechea y vengo de México, yo sé que mi abuelo era de aquí, estoy buscando a mis parientes, dije, yo”.

Una supuesta tía, una posible herencia, una llamada telefónica, un hipotético primo, una serie de ofrecimientos –el tesoro- de confidencias, cartas y la presencia de la muerte que termina, -por vía telefónica- con la relación familiar.

La primera estampa define la lógica del texto. Una serie de lugares, como para decirle a la tía que, en razón de que a ella como a Pedro y María, le “salió bueno el hombre” –Cocuyo dixit- también han viajado.

La segunda conjuga una serie de eventos producto de la confusión. Se concretan en la entrega de un tesoro –otra vez- con el que viajan sin saberlo, lo que determina que a su llegada a Florencia sean detenidos. Les había sido entregada una antigüedad adquirida en una subasta por otra González –no Necoechea- de México.

La tercera es también una paradoja. La concreción de un cuento de las mil y una noches de Marruecos. “Después de viajar en un tren lleno de negritos como cuatro horas” Deben quedarse a dormir en Medina. Al abrir la ventana se lleva la sorpresa: “…había como cinco o seis parejas de negros, musulmanes o árabes, unos encima de otros, gente de lo más horrible todos entregados al placer y bebiendo copiosamente, …”

Y de nuevo la eterna búsqueda de los Necoechea. “Al llegar, sentí que realmente España era mi madre patria, me dieron ganas de hincarme y besar el suelo cuando el policía que nos recibió nos dijo: bienvenidos a casa.” (pág. 36).

La sorpresa entre Puebla y Veracruz

La cuarta es un recuerdo de “una niña de escasos seis años”. Después de ocho horas de viaje de Puebla a Veracruz”. La familiaridad de la relación entre las entidades se explica por los negocios, Veracruz es la puerta de entrada – ¿quizá espera? – de las mercancías que ofrece “La Sorpresa de Puebla”.

Lo que con la edad se convierte en extravagancia, cuando los nietos preguntan “Abuela, ¿Cuándo eras chica había tele? No hijos, no había, ¿y celulares? Tampoco hijos, ¿Entonces que hacías? ¡Ay queridísimos nietos! …Miraba las estrellas, oía el mar y …” (pág. 43) Ante los fenómenos naturales no había más explicación que la fe, “si esto es la bondad de Dios como será cuando se enoje”. (pág. 39)

La quinta; “tendría como ocho años”. “Cuando éramos chicos nos daba vergüenza que nos vieran en ese coche… [El Packard 1941]”. En cambio, hoy “… si me lo vendieran lo compraría nada más por el gusto de subirme a él… y así quedándome como dentro de un aparador podría oír las voces de mi papá, de mi mamá, así como las de mis queridos hermanos” (pág. 48) Aunque en otra reconoce que “siempre me sentí soñada en semejante coche” (pág. 53).

El mercado, las cantinas y las muchachas

La sexta es una añoranza, de la “angelical Puebla de los Ángeles, la Ciudad … en donde por gracia de Dios nací” … y en cuyo centro el templo de los dominicos es convertido en el mercado de la Victoria, “un lugar místico y enigmático, un lugar en donde se encontraba de todo. Ahora cuando pienso en él, me doy cuenta que era como los mercados de pulgas; sin ir muy lejos la folclórica y hermosa lagunilla de México, el rastro de Madrid, el de Jerusalén, el del Cairo, Las medinas de Marruecos…” (pág. 51).

La séptima con el pretexto de las cantinas, asienta la fecha en que “hace ya más de cuarenta años” llega a vivir a su “querido” Apizaco. “En aquellos años Apizaco contaba con unos escasos siete mil habitantes y había entre pulquerías, cantinas y uno que otro cabaretucho de mala muerte, más o menos unos veinte lugares, lo que sí me llamo mucho la atención es que solo había una sola iglesia.” (pág. 56).

La octava no lleva título “por la sencilla razón de que no sé cómo ponerle” (pág. 59) pero se trata de lo que a lo largo del texto llama reiteradamente “Las muchachas”, “las fieles muchachas” y los “muchachitos”. Las/os que “nos han ayudado siempre en nuestra casa, que, a pesar de dejar a sus familias, a sus pequeños, hacen el sacrificio de no verlos a diario, de no verlos crecer por ayudarnos a cuidar a nuestros niños…” (pág. 59)

Entre mozalbetes, mascotas y estampidas

La novena es una experiencia traumática en la feria de Sevilla. Motivados por el espíritu festivo aceptan la invitación de “unos mozalbetes” que les dan algo de tomar que les produce estados alterados de conciencia y al que muy tarde, llega la recomendación “¡No hay que aceptar nada que no sepáis de dónde viene, porque es muy fácil que os droguen, tened cuidado de no caer en manos de los hampones! (pág. 67)

La décima es un orgulloso recuerdo de una corrida de toros en Saltillo -16 de septiembre de 1997- en el que “La Gasca se vio coronada con lo que todo ganadero espera, ver desorejados y descolados a sus toros” Pág. 69), pero surge una gran duda, ¿Un marido en una multitud, no puede distinguir la mano de su esposa de la de otro hombre? (pág. 71).

La undécima se refiere a las mascotas. “A lo largo de mi vida, y desde que era pequeña tenía la casa de mis papás llena de animales…De suerte que al gustarme tanto el animal me case con un veterinario…” (pág. 73)

La duodécima es una angustia por la falta de información sobre lo que sucede el día del trabajo en Barcelona. En la búsqueda de comida en un lugar emblemático como Las Ramblas, se deja venir una estampida de seres humanos que cual “huamantlada” les hace buscar escondite del que salen huyendo, sin haber probado “los bocadillos, las tapas y las comidas formales más exquisitas que jamás se hayan probado” (pág.79).

La vida y yo. Pérdidas, muerte, amistad y matrimonio

La décima tercera sirve para recordar las pérdidas; abuelo, hacienda, presidente, y bisabuela. “Llegó el día en que todo el pueblo se dio cita en los andenes que estaban vestidos de fiesta. Mi bisabuela que estaba en primera fila se asustó tanto que se quitó el chal con el que cubría su espalda, lo puso como quien cita a un toro para un farol de rodillas y así al tener enfrente ese monstro alcanzó a gritar ¡Ave María purísima! y cayó muerta de un infarto”. (pág. 86)

La décimo cuarta se refiere a la muerte, la misa de cuerpo presente y los velorios. Entretejida en la décima quinta la amistad “En la vida hay tantas cosas que agradecerle a Dios que no nos alcanzaría la que tenemos para darle las gracias a Él mismo de tanto que nos ha dado; entre todas estas cosas agradezco profundamente la oportunidad que Dios nos ha dado de conocer el mundo creado por Él, pero sobre todo el habernos dado y conocer lo más hermoso que puede haber entre los seres humanos que es la amistad…” (Pág.94)

La décimo sexta se refiere al matrimonio. “He pensado en mi caso cuales han sido los días más felices de mi vida, sin titubear han sido el día y la noche de mi boda; quizá la noche no, el día, bueno los dos, porque cuando se hacen las cosas como Dios manda tiene uno la gran satisfacción que da el ser gente recta, honesta primero con uno mismo…” (Pág. 96).

La décimo séptima es la porra del alcohol. La décima octava y última narra la forma en que se conocen Juan Antonio González y Marcela Neocochea y Agüeros. La vida y yo. En conclusión, una escritura contra el olvido. Reminiscencias.