La retórica del lucro

Los intereses del capital se han convertido en el máximo valor ético, político y social del sistema neoliberal, digno de ser protegido y preservado por encima de los derechos fundamentales del ser humano y de todas las formas de vida sobre el planeta. Ya no resulta novedoso para los ciudadanos conscientes que la vieja retórica del capital se renueve continuamente y reaparezca para decir siempre lo mismo: todo va bien, las crisis son coyunturales, el único sistema posible es el capitalismo, no existe el calentamiento global, todavía hay recursos abundantes, la inseguridad existe y se debe vencer renunciado a más libertades civiles y conceptos similares.

En el caso de Fukushima sucede algo similar: en días pasados falleció quien fuera gerente de la empresa en el momento de la catástrofe, Masao Yoshida, víctima de un cáncer de esófago, pero la empresa se ha apresurado a aclarar que ese cáncer nada tenía que ver con el accidente nuclear, ni con las condiciones terribles en que el responsable de la planta tuvo que actuar para aminorar la catástrofe, frente a la cerrazón de la empresa que primero negaba la gravedad del accidente y luego minimizaba el impacto sobre la población y el medio ambiente, negándose a considerar la remota posibilidad de cerrar la planta, pues estaba en juego una millonaria inversión.

Días después, durante el monitoreo de la zona, los niveles de Cesio 134 y 137 se dispararon a niveles muy altos (90 veces más de los ya de por sí muy altos niveles de contaminación) maquillados retóricamente como “no peligrosos”; TEPCO, la corporación propietaria de las plantas afectadas, se apresuró a declarar que la situación no era grave y que se estaban aplicando todos los medios disponible para mantener la situación bajo control. Sin embargo, en opinión de los expertos independientes, el aumento tan desproporcionado de la radioactividad revela que la contaminación está fluyendo por debajo de la tierra, contaminando los mantos freáticos y las aguas marinas, contaminando las cadenas tróficas para llevar la radioactividad y sus secuelas a miles de kilómetros de distancia.


En situaciones tan graves y evidentes como ésta, la retórica hueca del lucro sigue diciendo lo mismo: que el accidente no fue tan grave, que la situación está bajo control, que hubo errores humanos, pero que la energía nuclear es “limpia”, “barata” y “amigable con el ambiente”, pero la realidad evidencia día a día los alcances de la catástrofe, presentes a pesar de la campaña de silencio y olvido que pretenden imponer las corporaciones de la energía nuclear, ocultando el número incuantificable hasta ahora de afectados por los millones de becquereles de radiación liberados al medio ambiente, que han cobrado un número desconocido de víctimas. Esta misma retórica está presente en la minería a cielo abierto, en los grandes proyectos hidroeléctricos, en la destrucción de la biodiversidad, en la aplicación de un sistema económico egoísta y destructivo de la vida en aras de la breve vida de confort de una pequeña minoría. A esta retórica perversa sólo se puede hacer frente con una retórica de cambios radicales y alternativos al modelo, presentado como único medio posible.




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