La política despolitizada

Giovanni Sartori sostuvo que la democracia no podía ser criticada o cuestionada sólo o únicamente desde lo normativo–procedimental o por el deber ser, o la realidad. Argumentó que para que la crítica fuera fructífera debería de tomarse en cuenta estas dos fases, y que al criticar a la democracia deberíamos tomar en cuenta tres esferas básicas más: la democracia política, la democracia social y la democracia económica.

Ante estas observaciones es posible argumentar que la política no es un sistema autómata, autónomo y exento de las decisiones de los actores que detentan el poder para hacer lo político y forjar políticas. Este elemento resulta fundamental para hablar de la política en la democracia.

Hoy presenciamos alianzas, destapes, movilizaciones “estratégicas” de los actores políticos y de los partidos mayores, medianos y menores. Todos arropan la esperanza de ganar algo o que al menos no se les arrebate lo obtenido después de la elección de 2018.


La política es y sigue siendo un terreno exclusivo de las oligarquías, las cuales a través del tiempo han acumulado invariablemente un capital político, social y económico. Paradójicamente, las oligarquías que se abrogan como exclusividad hacer política, son, en la realidad, los actores menos democráticos que operan para sostener la democracia.

De ahí se desprenden múltiples categorías ciudadanas: aquellas que anhelan conseguir recursos y bienes escasos estrechando relaciones con la clase política, esperando prebendas y ventajas sociales.

Le sigue el fanático esperanzado en un cambio estructural radical y percibe la política y el juego partidista como si se tratara de un partido de fútbol. Otros ciudadanos viven alejados de la política, de sus representantes y sobreviven en el limbo de la ignorancia, este sector representa en términos electorales el voto duro, conquistable, comprable y altamente redituable.

Los partidos políticos muestran no tener identidad política, ideología, estatutos ni reglas básicas de moral y ética. Han dejado de representar a la sociedad, incluso, no se representan ni a sí mismos.

Por si fuera poco, los medios de comunicación siguen amortiguando el desenlace de la despolitización de la política, maquillan con gracia el abismo y colocan espejos mirando al cielo para que los ciudadanos se deslumbren y no miren la real tragedia local y nacional en la que se encuentra el país, en una de las mayores crisis de moral y ética política. En la mayor crisis de desapego, animadversión y cinismo político.

La democracia está dando nuevas muestras de no ser el mayor nivel de civilización alcanzado, ni normativa, idealmente, ni en términos reales o prácticos. México está entrampado en los ámbitos locales y federal en una disfuncionalidad integradora: la democracia mexicana, anómala por naturaleza sigue sobreviviendo, como muchas otras a través de dos paradojas que resultan ser fundamentales: despolitiza lo político y suprimir las libertades en nombre de la libertad.

De qué otra forma podríamos explicarnos las extravagancias de los partidos políticos, sus hacedores dicen que son “estrategias políticas”. Nada de esto parece tener significado político, aunque los seguidores de los partidos justifican y legitiman, siguen manteniendo la tradición de la despolitización.

Un buen principio para politizar la política podría ser retomar o renovar los principios ideológicos de los partidos, rescatar sus convicciones históricas, la memoria e identidad partidista, pero sobre todo, establecer forzosamente la ética, la moral y la dignidad como principio irrevocable.