La marea morenista

La marea morenista chapotea las redes sociales, circula una supuesta invitación a una mega fiesta en el depa de AMLOver. Así es la festividad anticipada, antes del plato fuerte todos y todas se han embriagado. El baile ha comenzado. La algarabía, la esperanza, el horizonte futuro se aproxima, se ve venir, los números no mienten, es la certeza que da la ciencia matemática. Todas y todos viven en la fiesta, pocos se han preocupado por pensar en el siguiente día, a imaginar cómo podría ser la profunda resaca. La fiesta obnubila, distrae, disloca, pero también a otros relaja.

¿Qué es lo que está en disputa? ¿Dos grupos antagónicos del mismo origen? Es decir, la corriente del priismo “malo” que actualmente gobierna contra una corriente del expriismo “bueno” y digno que supuestamente renunció a sus privilegios, que no negoció su “decencia” y abandonó o fue expulsado de las filas del partido que, a sus ojos estaba en franca descomposición en los años noventa. Exiliado o autoexiliado, Obrador optó por dirigirse y militar en la “izquierda” partidista.

Durante años ahí trabajó en recabar el malestar de esas y esos ex priistas indignados con su partido. Las y los purgados o autoexiliados.


Hoy esta corriente de ex priistas y no priistas se enfrentan a la corriente “mala”, corrupta y cínica. Las diferencias entre estos dos priismos es pragmática más que ideológica, la disputa es de los ricos de unos contra los ricos de otros, los intelectuales de unos contra los intelectuales de los otros, los comunicadores de los unos contra los comunicadores de los otros. El proyecto liberal de los unos contra el proyecto “populista” de los otros.

La opinión pública y de intelectuales ha situado –sin mayor referencia que el discurso– el proyecto de Obrador como un proyecto de Estado “populista”, al estilo de Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas o Perón. No hay razones para asegurar esta realidad. Cárdenas, Vargas y Perón gobernaron en un contexto, además de nacionalista, de unidad cuasi total, su agenda política y social amalgamó a la mayoría de la población, consolidaron una hegemonía de poder a través de la política social ampliada, clientelar. Casi todas las demandas fueron, “satisfechas”. La fecha de caducidad de este modelo estuvo signada por la incursión del neoliberalismo.

El modelo de Estado de Obrador se acerca más al de Echeverría y López Portillo. Obrador regresará al Estado mexicano al momento del tránsito entre el estado paternalista y protector al estado neoliberal incipiente. El problema radica en que sus nuevos ricos tienen que acomodarse, aceitar la maquinaria y construir una variable de neoliberalismo por uno al menos más “humanizado” o, en su defecto, un nuevo capitalismo de Estado. Sus intelectuales deben afinar las plumas, el proyecto de nación y el hilado de la nueva mexicanidad.

¿Cuánto tiempo puede durar la concreción de este proyecto? ¿Todo ese tiempo Obrador será el eje, el centro del sistema político? Indiscutiblemente que hay agendas que requieren de una centralización de poder, como la de seguridad, justicia y paz, pero ¿Las demás agendas estarán supeditadas también al presidente?

La centralización permanente del Estado en el Ejecutivo nos ha traído consecuencias que eran evitables y costos sociales que no debieron haberse pagado. El principal, la sepultura de la izquierda como opción política. La marea de Obrador intuye que su proyecto incluye a las izquierdas, pero éstas, no están ahí, no han sido convocadas, no han sido incorporadas. El discurso “popular” de ya saben quién no es ni de cerca un discurso de izquierda, es el discurso de un PRI que en el pasado –uno más de sus tantos pasados– centralizó la maquinaria de Estado en el presidente, lo hizo pueblo, pero también lo revistió de absoluto poder, rayando en autoritarismo. Este modelo entró en crisis con Luis Echeverría, el “hombre pueblo” que con la mano extendida amalgamó todo, menos a la izquierda. Echeverría dejó fuera a la izquierda política, la arrinconó en la parálisis, le cerró la puerta, contradictoriamente, con un discurso izquierdista. Las izquierdas marginadas tuvieron como única opción, el uso de las armas. Al igual que en el periodo de Echeverría, Obrador cachó casi todo, menos a las izquierdas, de ese tamaño debe ser la respuesta, si no al igual que en el periodo de Echeverría esas izquierdas, hoy conmocionadas, pero caminantes, reaccionarán con férrea crítica a la incapacidad del gobierno “progresista”.

Visto así, algunos son los problemas que tiene ya saben quién de llegar a la Presidencia: el problema de la promesa. El incumplimiento y la borradura de la esperanza, el dejar en vilo a las masas tendría un costo social considerablemente alto, más si Obrador no puede desmontar la encumbrada idea de que en México el neoliberalismo o posneoliberalismo es mucho más maduro y está más arraigado que nuestra incipiente democracia.

El problema de la centralidad del poder en su persona. Indiscutiblemente, la historia nos ha dicho que la centralidad del poder en el Ejecutivo es primordial en temas como la seguridad, la justicia y la paz, al menos, por no más de dos años. Pero, en otras áreas, la centralidad del poder es perjudicial. Obrador no ha dicho cuánto tiempo tomará las riendas y el control absoluto del Estado, ni cuándo las soltará y permitirá que caminen solas y a sus tiempos.

El problema de los gobiernos locales, los cuales, teniendo el mismo baño de oro, pero arrullados en otras cunas y sin el mayor esfuerzo, y aprovechando la marea morenista llegarán a los puestos de poder y decisión. Muchas y muchos incluso ocuparon ya cargos populares con otros partidos, aun con PRI y tuvieron un desempeño deplorable. A lo lejos se ve que estas y estos políticos los acompaña el ánimo del agravio, tal parece que se mueven bajo la lógica de ahora va la mía, ahora me toca a mí y se van a “joder” los que por años nos han “jodido”. Obrador no ha manifestado tener bajo influencia a los líderes en las cámaras y en los estados. Es notorio que Obrador tiene que asegurar la disciplina de sus políticos para reducir un escenario de vendettas y violencia de clanes en los ámbitos locales.

Un dilema mayúsculo es la postura y la agenda de Obrador ante la violencia y la constante violación a los derechos humanos, es ambiguo el posicionamiento en torno a la paz, la justicia y respeto al Estado de derecho, lamentable es que el puntero en las preferencias haya evadido una agenda tan importante para el país, no ha fijado un compromiso con miles de las víctimas. Ya saben quién, evidencia, de nueva cuenta y de manera más discreta que la sobrada empatía que tiene con el pueblo es muy pragmática, y parece tener como único objetivo conquistar el voto.

Ambiguo resulta el discurso “populista” y la idea de un Estado excesivamente centralizado en el Poder Ejecutivo por un tiempo indeterminado en un contexto que asemeja tanto al colapso de los gobiernos revolucionarios: devaluación, crisis social yun escenario de enfrentamientos entre el empresariado que no están de acuerdo con el discurso del puntero. Apelar al voto a través de la nostalgia tiene sus riesgos, ya lo experimentamos con Peña nieto. Ahí radica el peligro de una promesa no cumplida. Así es la festividad anticipada, antes del plato fuerte todas y todos se han embriagado.