La fuga del siglo (pasado)

Humberto López–Torres

A las seis y media de una tarde lluviosa un helicóptero Bell 47 con cuerpo de libélula y frente de burbuja descendía en la cancha de básquetbol del tercer sector de la prisión de Santa Martha Acatitla. Los custodios, apostados en las torres, dudan, pues el aparato es del mismo color azul metálico en el que con mucha frecuencia aparecen los jefes de la policía del (entonces) Distrito Federal.

Dos personas, Joel David Kaplan, estadunidense, y Carlos Contreras Castro, venezolano, salen del dormitorio; corriendo se aproximan al aparato del que es soltada una escalerilla de cuerdas. Kaplan y Contreras suben a través de ella y el aparato, lenta y majestuosamente, toma altura y desaparece tras los muros de la prisión. La operación dura apenas 10 segundos.


Son las 6:35 de la tarde y se ha consumado la que después sería llamada “La fuga del siglo”.

Joel David Kaplan pertenecía a una familia de empresarios azucareros con inversiones e intereses políticos en Cuba en tiempos de Fulgencio Batista. Su familia fue de las muchas que abandonaron la isla tras el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro. De él se dijo que fue un agente encubierto de la CIA, traficante de armas, contrabandista de drogas y que algo (aunque secundario) tuvo que ver en el asesinato de John F. Kennedy en 1963.

Aparecía en los círculos financieros como empresario en inversiones que operaba en Nueva York. Pero en 1964 su fondo de inversión fue investigado por derivar dinero de la CIA hacia gobiernos derechistas de Centroamérica. Kaplan huyó a México con su socio, Louis Vidal Jr., y juntos se hospedaron en el hotel Continental Hilton de la Ciudad de México. Allí, durante una discusión al calor de los wiskis, Joel David mató de un balazo a Vidal Jr. Fue procesado en México y condenado en el mismo 1964 a 27 años de prisión.

Su compañero de fuga, el venezolano Carlos Contreras Castro tenía antecedentes como falsificador en su país. Fue oficial del ejército en la República Dominicana y miembro del cuerpo de guardaespaldas (matones, extorsionadores y odiadores de comunistas casi todos) del dictador Rafaél Leónidas Trujillo. Cuando éste fue asesinado el 30 de mayo de 1961, toda la cáfila de sus subordinados tuvo que salir de la Dominicana.

Radicado en México y casado con una española, se dedicó a la compraventa de carros norteamericanos importados de contrabando. Siempre actuó protegido por jefes policíacos de la Ciudad de México, quienes le fijaron una cuota semanal de varios miles de pesos para dejarlo actuar. Con el tiempo el negocio creció; dejó de ser de carros chocolates y pasó a automóviles robados.

Con el cambio de giro, la cuota a los polis casi se duplicó. Y llegó un día en que Contreras Castro no pudo pagarla. Automáticamente la protección policial cesó y el venezolano fue a dar a la cárcel.

En Santa Marta Acatitla su negocio iba desde dar protección a los internos que podían pagarla, hasta el alquiler de unas muñecas de plástico inflables, de tamaño natural (una novedad en ese entonces).

Contreras trabó una estrecha amistad con Kaplan; convivían en una misma celda, la comida les era llevada desde el exterior, frecuentados por mujeres organizaban francachelas en las que corrían a raudales el whisky y el ron.

Las complicidades vinieron (como la comida) de fuera. Judy, hermana de David Kaplan, buscó ayuda entre ex agentes de la CIA, ex militares y desertores del régimen cubano y repartió miles de dólares entre ellos y las propias autoridades del penal. Contactó a Víctor Stadter, descendiente de prusianos y ex combatiente de la Segunda Guerra, contrabandista de todo, desde monos hasta mujeres y, desde luego, lo que los gringos llaman mercancías ilegales.

Stadter contactó a un amigo texano descendiente de irlandeses, de apellido Orville y apodado Cotton, que volaba una avioneta fumigadora y quien a su vez relacionó a Judy con Roger Hershner, un piloto de combate en Vietnam, de 29 años de edad, que sería quien piloteara el helicóptero de la huída.

Stadter logró infiltrar en Santa Martha a un agente de bienes raíces y familiar suyo como criminólogo, a quien el propio director de la penitenciaría le facilitó un recorrido por la cárcel y le permitió tomar fotografías del campo de básquetbol donde se efectuaría el descenso. Contreras Castro se encargó –según narró él mismo– de desconectar la alarma de la torre de vigilancia.

El helicóptero, guiado por Roger Hershner, despegó a las 5.53 de la tarde de Pachuca, Hidalgo, y arribó a Santa Martha Acatitla a las 6.35. De allí, tras la fuga, Contreras se las ingenió para llegar a Guatemala mientras que Kaplan era conducido a Brownsville, Texas.

Carlos Contreras Castro finalmente se asentó en Venezuela, donde escribió un libro sobre el hecho La fuga del siglo, en el cual exagera mucho los hechos. Por su parte, los norteamericanos Eliot Asinof, Warren Hinckle y William Turner relatan el hecho en otro libro: Kaplan, fuga en 10 segundos, traducido al español en 1973.

De Joel David Kaplan, como en el caso de Camelia la Texana, nunca más se supo nada.