La cuarta transformación

El reto que implica realizar las transformaciones profundas del proyecto de nación que la mayoría de mexicanos avaló con su voto el pasado 1 de julio, es enorme, difícil de alcanzar, pero no imposible, siempre y cuando se den dos condiciones mínimas: primero, que las nuevas estructuras del poder permitan no sólo escuchar el sentir de la ciudadanía, sino que también impulsen su participación efectiva en la construcción de una nueva realidad; no basta plantear posibles soluciones alternativas al modelo neoliberal de los problemas nacionales más urgentes, sino hay que llevar a la práctica estrategias en las que la ciudadanía también se haga responsable de las acciones que le toca realizar. Segundo requisito: que los ciudadanos que votaron por el cambio tengan conciencia que ahora se trata de romper con el paternalismo alienador del Estado: ya no se trata de estirar la mano y esperar las limosnas de los programas sociales, sino vigilar los presupuestos y su aplicación escrupulosamente, pero también retomar el trabajo comunitario, aportar un esfuerzo suplementario de trabajo para que ese presupuesto permita hacer más.

Naturalmente que esta responsabilidad ciudadana auto asumida, sólo puede darse en un contexto en el que la corrupción esté controlada por sólidas instituciones de justicia, de vigilancia y de rendición de cuentas, lo cual implica que desde el lado ciudadano no se colabore con ella, no se den las mordidas y los moches, sino por el contrario que se denuncie. Esta cuarta transformación de la que se habla con esperanza, implica sin duda un cambio institucional en las estructuras del Estado, pero sobre todo implica un cambio cualitativo en la conciencia ciudadana, un cambio de actitud en nuestra manera de convivencia social, con la certeza de que nuestra actuación estará respaldada por las instituciones. Aún están frescas en nuestra mente las imágenes de los aficionados asiáticos y algunos africanos, recogiendo en los estadios la basura dejada por sus compatriotas aficionados. Es este tipo de actitudes que demuestran no sólo conciencia, sino madurez cívica. La otra actitud básica que debemos desenterrar, es la solidaridad.

Apenas el año pasado, ante la nueva tragedia provocada por los sismos de septiembre, una vez más miles de ciudadanos se volcaron a remover escombros con las manos para rescatar sobrevivientes. Este tipo de brotes solidarios deben volverse permanentes y volcarse a las áreas más afectadas por la pobreza, la marginación y la violencia, pero sin una perspectiva asistencial–alienadora, sino de apoyo y estímulo para que esos marginados y excluidos con sus propias fuerzas y su dignidad salgan adelante. Se está hablando de fortalecer el mercado interno, de comprar lo hecho en México; por ahí podemos empezar, por comprar a los pequeños productores locales a precios justos, eliminando el intermediarismo o la competencia desleal de los alimentos importados y subsidiados. También hay que tener presente que el partido que ahora es mayoritario en el poder, fue y debe seguir siendo ante todo un “movimiento” (Movimiento de Regeneración Nacional), es decir, grupos de ciudadanos transformando al país con base en principios fundamentales compartidos y en vistas a un objetivo común: romper con el modelo neoliberal depredador para construir un país más justo, más respetuoso del medio ambiente y más incluyente. A los ciudadanos nos corresponde impedir que el movimiento se burocratice, se reduzca a la clásica estructura partidista que vende al mejor postor su franquicia para llegar a un puesto público y enriquecerse. El movimiento debe seguir siendo de manera prioritaria eso mismo, un movimiento ciudadanos que esté por encima de las estructuras partidistas, ahora inflada por numerosos políticos reciclados de otros partidos que milagrosamente se han convertido de izquierda.