La contaminación robó la vida a la hija de Isabel

Isabel Cano Flores expuso el caso de su hija Zulma, quien murió de cáncer por la contaminación en el corredor industrial Quetzalcóatl, durante su participación en la Pre–Audiencia Regional del Tribunal Permanente de los Pueblos
Isabel Cano Flores expuso el caso de su hija Zulma, quien murió de cáncer por la contaminación en el corredor industrial Quetzalcóatl, durante su participación en la Pre–Audiencia Regional del Tribunal Permanente de los Pueblos

“Siempre recordaré el río con sus aguas cristalinas y sus peces, alrededor sus árboles, de alhelí, de álamo… ahí sus jarillas, anís, azomiate. Cualquier olor a campo, a tierra mojada. Ese olor que llega, a ajo, a cilantro, a cebolla”, rememora Isabel Cano Flores.

“Era fuente de vida. El campesino hacía su esperada en las plataneras, como en aquel tiempo nombraban los abuelos para dar de comer, para sentarse a compartir sus alimentos. El canto de las aves se mezclaba con la risa de los niños. Eso era mi río Atoyac”, agrega.

Sin embargo, a partir de los años sesenta el agua empieza a cambiar de color y olor. Y ahora dicen que ya no se puede meter la gente al río porque se engrana.


Desde entonces desemboca el corredor industrial sus aguas y también el complejo petroquímico del corredor industrial Quetzalcóatl. La situación se agrava a partir de los años setenta.

En agosto de 1973, Isabel recuerda que nació su hija Zulma, quien se desarrolla dentro de la comunidad, cursando su preescolar, su primaria, su secundaria y su preparatoria. Después se traslada a Tlaxcala para estudiar Educación Especial.

No teniendo plaza ni un trabajo, presta sus servicios a la comunidad con niños especiales. Les brinda cariño, amor. Los quiere mucho.

“Pero para el año 2008 ella empieza a tener mucha calentura. Yo no contaba con servicios del sector salud, recurro al médico particular y me dicen que tengo que hacerle un ultrasonido. Voy a la ciudad de San Martín (Texmelucan) y ahí el médico me dice que tengo que buscar un hematólogo. Hagan de cuenta que me hablaban de cosas extrañas. No sabía de esas enfermedades”.

Por ello, Isabel viajó a Tlaxcala, a la Secretaría de Salud (Sesa) donde le dijeron que ahí no había hematólogo, que tenía que recurrir al estado de Puebla. “Fui al (Hospital) Universitario”.

Ahí, el doctor le informó que tenía que hacerle estudios de laboratorios a su hija en la Clínica 2. “Se los hice con la esperanza de que mi hija viviera. Era un costo por la cantidad de 5 mil pesos que tenía que llevar cada dos semanas. Yo no contaba con el más mínimo sueldo, porque no soy empresaria, soy campesina”.

Así siguió, cuando el doctor le dijo que el caso de Zulma iba a ser expuesto en un Congreso en Guadalajara. Al regresar le dijo que su situación era grave, que tenía que trasladarla a la Ciudad de México a Cancerología.

“¡Qué barbaridad, cuánto sufrimiento y cuánto dolor! Ahí sí me llené de espanto, porque si aquí me gastaba 5 mil pesos, ahí me encuentro con la situación de que tendría que tener quimios, laboratorios en la mañana y al otro día su consulta.

“Yo no contaba con casa, no contaba con nada en la ciudad de México. Le dije a mi hija, pues nos vamos a tener que quedar aquí en el hospital porque no nos podemos regresar. Nos dijeron que había albergues y ahí nos quedamos”.

Ella fue valiente hasta la muerte, “me dijo, sí mamá, no te preocupes. La más aterradora situación fue cuando me dicen, tienen que administrarle sangre y plaquetas. ¡Ay de mí, dónde los consigo!”

Primero tuvo que recurrir a sus familiares, después a los amigos, “¡qué tristeza! Recorrí dependencias para que donaran sangre. Para mí era un sufrimiento”.

Un día le dijo la trabajadora social, ¿sabe qué?, a Zulma se le va a suspender la sangre porque ya no hay. “¿Saben el terror que me dio y el pánico?, yo estaba espantada”.

Isabel le dijo a la doctora, “hágame el estudio y si yo la tengo, yo se la doy. ¡Bendito dios que sí, sí pasé! Fueron dos veces, pero no fue suficiente. Cada vez  necesitaba más y más”.

Ahí empezó a sufrir por dinero. “Ya estaba muy endrogada, ya nadie me quería prestar. Contaba con unas propiedades que mis padres me habían heredado y con una casita donde vivía con mi hija; la vendí. No solventé los gastos”.

Por eso, Isabel dirige un mensaje a la población para tocarle el corazón. “Mi hija decía: mamá, yo quiero vivir, por qué a mí; voy a trabajar mucho y vamos a recuperar la casita. ¡Claro que sí!”, le respondía.

Sin embargo, eso no era cierto, no era verdad. “Mi hija estaba grave, se acababa. El dolor más grande y aterrador fue cuando se le fue paralizando el cuerpo. En su estado de agonía, me decía, mamá tengo hambre, pero ya no pudo comer. Tomó agua y empezó a vomitar sangre”.

Entró la doctora y le dijo: ¿mujer, qué quieres para tu hija?, ¿la entubamos?, está sufriendo con la enfermedad. “Ustedes no saben lo que sentí, ese desgarramiento, y le dije, que duerma, ya ha sufrido mucho”.

Por eso, Isabel expone que su hija tuvo una muerte injusta. Fue víctima inocente de las empresas, del corredor industrial, del complejo petroquímico que no cumple con las normas ambientales. ¡Este es un grito de justicia. Todas las industrias impuestas por el poder!”.

“¡Ya no más muertes, ya no más sufrimiento, ya no más terror! Cada día amanezco y digo, otro más; porque mi pueblo está lleno de enfermos, porque en mis niños cada vez se detecta leucemia, cada vez estamos más aterrados. ¿Cuándo cambiará nuestra vida?”.

Isabel sentencia en su participación en la Pre–Audiencia Regional Puebla–Tlaxcala del  Tribunal Permanente de los Pueblos celebrada la semana pasada: “¡Por eso estamos aquí en pie de lucha, para dejarles aquel cielo abierto, porque las nuevas generaciones tienen derecho a la vida, a la tierra, a la libertad, a la salud. Vamos a luchar, esperamos la justicia, porque sabrán comprender el dolor de las madres; de la gente!”.

“Y les quiero decir, si ustedes quieren tener cáncer, vayan a Tepetitla, a mi río Atoyac y ahí lo encontrarán”, puntualiza con ironía Isabel Cano Flores.

Entre sollozos, la mujer da cuenta de la peor etapa de su vida, de la pérdida irreparable. Estremece al auditorio de la Pre–Audiencia Regional Puebla–Tlaxcala, reunido para alzar la voz contra las autoridades y empresas “voraces”, acusadas de devastar al medio ambiente y al ser humano.

La voz de Isabel descarga apesadumbrada: “Estoy aquí para contarles el calvario y el sufrimiento. El dolor que invadió mi vida”.




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