La Carta de Belgrado

El 26 de enero se celebró el Día Mundial de la Educación Ambiental, instituido en 1975, durante el desarrollo en Belgrado, Yugoeslavia, del Primer Seminario Internacional de Educación Ambiental, todavía bajo el impacto del Informe Brundtland de 1973 (Los Límites del Crecimiento) que sonó la alarma ambiental, al revelar con cifras duras que los recursos del planeta se estaban agotando al mismo ritmo que la sociedad del consumo generaba una producción de bienes inútiles y contaminaba el planeta con residuos tóxicos.

La preocupación por la educación ambiental fue la primera reacción ante el descubrimiento de que la humanidad instalada en un modelo de consumo depredador, se encaminaba ya hacia la catástrofe planetaria. Así se desprende de la Carta de Belgrado, documento fundacional que acertadamente planteó la urgencia de un proceso educativo para la toma de conciencia de los problemas causados por el ser humano al medio ambiente, para lo cual era necesario investigar y conocer científicamente esos problemas (desertificación, contaminación, cambio climático, entre otros), para percibirlos en toda su magnitud y gravedad; todo ello con el objetivo de generar un cambio de actitud de las personas en sus hábitos de consumo y en su forma de relacionarse con el medio ambiente, de suerte que se frenara a tiempo la carrera desbocada hacia la destrucción de la vida sobre el planeta.

A 42 años de distancia, lo que percibimos es que la educación ambiental se ha reducido a incluir algunas materias relacionadas con el cuidado del medio ambiente en los programas de educación básica, pues al parecer sólo los niños en edad escolar son los únicos que “deben educarse”, los adultos, los consumidores, los empresarios, los funcionarios de gobierno ya están dispensados de ese proceso. También se organizaron periódicamente algunas campañas de limpieza, especialmente de las riveras de los ríos, se hicieron campañas mediáticas para que en los hogares se cuidara el agua, mientras a las grandes empresas se les dio manga ancha para que se apropiaran de las cantidades de agua que quisieran, como Coca Cola en Apizaquito o la Constellation Brands en Mexicali.


Se han organizado “campañas de reforestación” en donde se exalta la cantidad de arbolitos que se siembran para sacar la foto y luego se abandonan a su suerte. Se organizan desfiles de infantes de preescolar llevando pancartas que piden que se detenga la contaminación del agua, del aire y de la tierra. A este tipo de acciones se ha reducido la Educación Ambiental: actividades cosméticas que simulan el cumplimiento de principios que serían básicos para la salud y el bienestar humano y del medio ambiente. En cambio, el poder del dinero se impone por todas partes: en Argentina se siguen fumigando desde el aire los campos de soya sin importar el cáncer generado a los campesinos; en México se siguen otorgando concesiones a empresas mineras que destruyen ecosistemas completos; se concesionan megaproyectos hidroeléctricos sin importar las consecuencias medioambientales para los pobladores; se destruyen  ecosistemas parar sacar millones de toneladas cúbicas de piedra para rellenar el lecho del lago de Texcoco, sede del nuevo aeropuerto. Estamos muy lejos de cumplir con un verdadero proceso educativo de toma de conciencia de que tenemos que cambiar nuestra forma de vida, si queremos sobrevivir como especie, y hay que empezar ahora mismo.