Justicia climática

Una marcha sin precedentes se realizó el domingo pasado en 165 de las principales ciudades del mundo, para protestar y crear conciencia en todo el planeta de los alcances y peligros del calentamiento global. La concentración más grande se realizó en el corazón mismo del capitalismo depredador, la ciudad de Nueva York, sede, este martes, de la reunión mundial sobre calentamiento global convocada por la ONU, en donde, una vez más, los capitalistas repetirán su argumento de que no se pueden comprometer a disminuir las emisiones de gas, porque eso perjudicaría la economía mundial.

Ya prácticamente nadie duda de los efectos devastadores del cambio climático, y las grandes empresas contaminantes han pasado al silencio después de haber organizado grandes campañas mediáticas y seudocientíficas para demostrar que las alteraciones del clima eran parte de un proceso natural evolutivo de la tierra, y no el resultado directo de un modelo “civilizatorio”, basado en el consumo irracional de recursos y en la acumulación mortal de desechos tóxicos. Sin embargo, la magnitud de las marchas, su sincronicidad y la participación de todo tipo de ciudadanos, desde los expertos, hasta los habitantes de litorales y de islas que están amenazados realmente por desaparecer bajo las olas de los mares, demuestra que la conciencia global de esta amenaza a la subsistencia de las especies que pueblan la tierra, incluyendo al ser humano, crece día a día y teje redes de resistencia.

La experiencia ha demostrado que los gobiernos y las corporaciones de los países industrializados, se opondrán a cualquier limitación a su “derecho de lucrar” y que cuando mucho firmarán protocolos o proyectos a largo plazo en los que prometen que en “futuro indeterminado” tratarán de reducir la contaminación que emiten impunemente día a día. Recordemos lo que sucedió con el Protocolo de Kioto: todo quedó en puras promesas y las principales potencias, con USA a la cabeza, se negaron a firmarlo.


No hay que perder de vista que el cambio climático no es un problema aislado de otros problemas igualmente urgentes y agresivos, como el “fraking”, ahora autorizado con la reforma energética en nuestro país, o los procesos de minería cielo abierto, cuyo ejemplo más reciente es la devastadora contaminación de los ríos en Sonora, por no hablar de la deforestación, de la destrucción deliberada de la biodiversidad mediante la creación de organismos genéticamente modificados; todo converge a una sola lógica: seguir lucrando a costa de lo que sea, incluso provocando la devastación y vendiendo falsas soluciones para remediar el problema generado, y si se llega al holocausto, bienvenido será, pues sobrevivirán, no los más fuertes, sino los que tengan el dinero. En este contexto, hablar de “justicia ambiental”, la demanda común de todas las manifestaciones del domingo en el mundo, es una mera utopía, pues los criminales (empresas-gobiernos), no harán nada, al contrario, acelerarán el proceso hacia la hecatombe. La verdadera justicia ambiental la tenemos que construir los ciudadanos en contra y por encima de los criminales.