JEP

Hasta donde sé, la poesía sólo ha ganado una batalla en un conflicto bélico. Cuando Atenas estaba a merced de Esparta, tras el desastre de Egospótamos, en el 404 a.C., colofón de la desgastante Guerra del Peloponeso, la mayor parte de los lacedemonios estaba por arrasar a la capital de la Liga de Delos. Sin embargo, en medio del debate, uno de los generales espartanos comenzó a recitar fragmentos de la poesía dramática ateniense, gesto que salvó a la ciudad vencida.

Pero más allá de este accidente militar, la poesía, por más épica o heroica que sea, no triunfa en los campos de batalla.

Sin embargo, no concibo al mundo sin ella. Y, por extensión, no puedo imaginármelo sin los poetas. La poesía es necesaria, aunque no tengo claro para qué. Quizás, como el manejo del fuego o de las matemáticas –esa forma poética que tiene el Cosmos para ordenarse y volverse tolerable– sea un don que es mejor no preguntar sobre su naturaleza.


Si hacemos caso a cierta línea de pensamiento, la poesía –o Poesía, como la quería Octavio Paz– inunda al Universo. Le da sentido, lo vuelve coherente. Tampoco creo que así funcione, pero ilusiona imaginarlo.

El domingo pasado se fue de este mundo José Emilio Pacheco, uno de esos poetas que conmueve hasta el vértigo, que sacude, que maravilla. Que hace de la cotidianidad un alimento espiritual; lo refina hasta devolvernos una sorpresa conmovedora, violenta y al mismo tiempo delicada.

A su quehacer poético sumó una prosa sencillamente deslumbrante. Las batallas en el desierto y El principio del placer son libros cima. Deslumbrantes, geniales, pulidos hasta la última línea, según la costumbre de Pacheco de corregir una y otra vez sus ediciones.

Su muerte, toda una sorpresa, si hacemos caso a la frase de Mario Benedetti, otro iluminado de la palabra, nos deja con la sensación de que aún le faltaba mucho por decir. Que en sus manos bullían decenas de palabras, que estaban por acomodarse para salir a iluminarnos, para redimirnos y traernos un poco de paz, en medio de este caos en que se ha convertido el país, cada vez más abocado al fracaso.

Duele ver que a su cuerpo no se le haya rendido el homenaje que merecía, aunque para muchos sean gestos banales o innecesarios, que, en todo caso, el mejor reconocimiento es leer su obra.

Quizás sea cierto, aunque en el país de gobernantes que son unos analfabetas funcionales, no está de más recordar y homenajear como se debe a quien aprovechó el fuego de la palabra, para regalarnos la paz de la poesía.