¿Informe o conferencia?

Los aplausos son la señal de que la arenga, el discurso y el dato ofrecido interpela al que escucha, el auditorio se reconforta, le agrada lo visto y, sobre todo, lo escuchado. En México tenemos una arraigada cultura del aplauso, pues a la más mínima provocación aplaudimos, todo júbilo lo expresamos a través del aplauso. El aplauso es una moneda corriente, pero de gran calado, principalmente para el que es elogiado, más si ésta o éste es un político.

Los mexicanos aprendimos de las enseñanzas de Nerón, emperador de Roma, quien ha sido considerado el “artista de los aplausos falsos”. Nerón acudía a diversas plazas a cantar, se dice que era aficionado a este arte, pero que tenía poca gracia y menos tono para ejecutarlo.

Nerón adoraba los aplausos al cantar, pero la población poco le aplaudía. Para revertir la ausencia de aplausos contrató múltiples sectores sociales, los adiestró para que aprendieran diferentes formas de aplaudir con el objetivo de que cuando hiciera él una pausa o terminara el cántico, éstos estallaran en aplausos. A este grupo aplaudidor Nerón lo llamó “Augustiniani” –o aplaudidores asalariados– y los llegó a considerar “compañeros de su gloria” y “soldados de su triunfo”.


En México, esta escena nos es familiar, máxime si de política se trata. Los políticos siempre anhelan ser elogiados a través de los gritos, la algarabía, pero, sobre todo, a través del aplauso. Basta con observar los discursos que ofrecen las y los políticos a través de la televisión, los intervalos entre arenga y aplauso. Entre más el pueblo aplauda y el político menos hable, es señal clara de una abrumadora aprobación. Hay políticos que, como Nerón, durante las giras de trabajo cargan con sus “Augustiniani” o aplaudidores asalariados, los cuales levantan el fervor y contagian al escucha con el sonido de su fuerte aplauso.

Cosa contraria sucedió en días pasados durante la presentación del primer informe del gobernador en el Centro de Convenciones. No fue evidente, o no tan evidente la presencia de los “Augustiniani” o aplaudidores a sueldo. Pero tampoco fue evidente, o no tan evidente, que el discurso, el dato ofrecido por el mandatario haya interpelado al auditorio que escuchaba. El aplauso o los aplausos poco elogiaron al arengador, a destiempo llegaban, forzados a veces, tímidos y otras muy cortos, con desgana, comprometidos, inducidos u obligados.

¿Será que el gobernador no encanta a las masas aplaudidoras, será que su arte no sea el de la política y que, como Nerón, tenga nula gracia y poco tono para ejecutar?

Indiscutiblemente no es un asunto del arte de hacer política, no es que el mandatario no tenga la gracia o tono para ejecutar, el problema fue el formato del informe, el discurso elegido para presentar los datos e interpelar a los escuchas.

El informe resultó ser un puente discursivo entre el pasado y el futuro, el presente fue un dato escaso. Durante el discurso, el futuro se hizo presente a través de frases como: se realizarán, haremos, vamos a, vamos por, emprenderemos, próximamente, esperamos que, se instalarán, llegarán, hay que hacer, hay que planear, solicitaremos, solucionaremos, etcétera.

El pasado fue una referencia constante a través de datos numéricos, logros que es imperante mantener y superar. El presente tuvo apenas algunas referencias en frases como: inició, inauguramos, hicimos, estamos trabajando, tuvimos, alcanzamos, mantuvimos, invertimos, planteamos, pusimos, etcétera.

El informe careció de un balance del primer año de gestión, un balance de las condiciones del estado en general, una rendición de cuentas política y económica. Poco se informó de las decisiones y las medidas tomadas por el gobierno estatal. En términos general, el ejercicio de rendición de cuentas –propio en los formatos de un informe gubernamental– fue raquítico.

El informe asemejó más una conferencia a través de la cual se abordó el glorioso pasado de Tlaxcala, la vulnerabilidad e incertidumbre del presente y lo promisorio que es el futuro del estado.

La elocución terminó de manera emancipadora, exhortando a los escuchas al renacimiento de Tlaxcala, a hablar bien de lo que tenemos, a no negar los problemas, a realizar una valoración balanceada de las circunstancias, asumiendo que las circunstancias para el estado son prometedoras, que tenemos un futuro promisorio. Un futuro que nunca antes había estado tan cerca de los tlaxcaltecas.

El formato elegido para informe, resultó ser más una conferencia, por ello no se reprodujo aquella máxima en la cual mientras el pueblo aplauda y el político menos hable, es señal de absoluta aprobación.

En una conferencia regularmente se aplaude hasta el final, cuando el ponente ha terminado, ahí radica que los aplausos llegaran a destiempo, forzados a veces, tímidos, cortos, con desgana, comprometidos, inducidos u obligados. Ahí que el ponente pocas veces fuera elogiado por aplausos multitudinarios, salvo cuando sentenció que se cancelaría el reemplacamiento automovilístico para el próximo año.