INE

El marco legal que rige a las autoridades electorales, la infraestructura tecnológica, material y de recursos humanos con que cuenta el Instituto Nacional Electoral (INE) es proporcional al tamaño de su incertidumbre y de la responsabilidad que tiene de hacer de este proceso electoral una justa transparente y abierta a la rendición de cuentas. Sumando a ello, el monumental descrédito y la desconfianza ciudadana en este organismo y en quien lo representa.

Los retos de la jornada electoral son elevados, estamos ante una de las elecciones más importantes porque se elegirá a la mayor cantidad de funcionarios en la historia electoral del México contemporáneo. Es un escenario político también anómalo, en la medida que tres de los partidos que han mantenido alianzas en momentos coyunturales y que echaron recurso de su capital electoral, que sumaban fuerzas y habían sido hasta el momento las batutas de las alternancias o transiciones a nivel federal y local, se encuentran fragmentados. Estos partidos hacen uso de sus clientelas o voto duro de manera fragmentada, aislada.

La armonía de la política común, el proyecto de nación y el Pacto por México se desvanecieron, la propuesta de la alternancia fincada en el compadrazgo se diluyó. El Instituto Federal Electoral (IFE) tuvo un papel de árbitro en un juego en el que la mayoría de las veces fue pactado,  arreglado. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) navegó en la comodidad de la decisión irrefutable del primer árbitro, el del silbato y las boletas en mano, avaló lo ya avalado, legitimado por la maquinaria electoral puesta a trabajar por los competidores aún antes de que las encuestas salieran a especular y las urnas se abrieran.


La estructura de poder se mantenía por tres fuertes partidos que compartían los privilegios de tutelar la democracia. El capital social y el clientelismo que acuñaron durante décadas en todos los ámbitos de gobierno se esfumó, las bases sociales olvidadas se llenaron de rencor ante el evidente abandono. Se ve muy difícil que el capital y el clientelismo electoral más vulnerable decida operar, decida vender o negociar su voto. Si así fuera, operaría de forma fragmentada. La antigua batuta de los partidos hegemónicos se enmoheció en dos sexenios colmados de irregularidades, abandono, corrupción y sangre.

Los partidos hegemónicos se van a una especie de reposo, de meditación y replanteamiento, lo hacen en un contexto poco propicio para el enclaustramiento. Como oposición de poco servirán si no tiene una amplia representación, si no tienen bases firmes, no sólo la de esos seguidores por convicción y coincidencia ideológica.

El escenario que dejará esta competencia electoral es inaudito, huecos en la representatividad, abandono de las demandas sociales y una profunda borradura de sus estatutos como partidos.

El ritual de la cotidianeidad, en las sábanas de los resultados de un ejercicio de voto en cada casilla, en cada sede distrital con formato libre y sin reglas claras, anuncia ya una avalancha de irregularidades. Es lastimero el silencio del INE ante las llamadas de intimidación del voto, ante los asesinatos a mansalva de candidatos en los estados de la República. El INE se ha deslindado y, tal parece se deslindará, ¿se lavará las manos y pasará al TEPJF la bola caliente y la decisión última? Lamentable sería, pues éste ha sido un juez que ha actuado con sobrada discrecionalidad, principalmente por otorgar al Bronco la candidatura independiente cuando no reunía los requisitos mínimos para estar en la contienda.

Definitivamente, el reto de las instituciones que velan por el procedimiento democrático está en aguantar los embates, mantenerse firme ante la voluntad del electorado, sea cual sea, y evitar, a toda costa, la incertidumbre, la zozobra, la trampa, el fraude. Esa es su función, sostener la democracia en un contexto electoral que asegura una ruptura, quizá fundamental para la subsistencia misma de la democracia y sus instituciones.