Honrar y defender a la Madre Tierra

La celebración del Día de la Tierra, como toda celebración promovida por los organismos estatales, no ha pasado de ser una fecha más en el calendario para promocionar acciones tan magnificadas como ineficaces a favor del medio ambiente, como si el cuidado del planeta se redujera a campañas publicitarias de reforestación, del cuidado del agua o de recolección de basura. Como siempre, los graves problemas de deterioro ambiental se minimizan, mientras las verdaderas causas de los problemas y los culpables, se esconden en la impunidad. La cara más dramática de la lógica depredadora del capital, se reduce a una sola palabra: despojo de territorios y de recursos naturales, especialmente a comunidades indígenas que durante siglos han tenido bajo su cuidado y protección bosques, selvas, ríos, flora y fauna que consideran tan sagrados como la vida misma.

Desde que se comenzó a imponer el neoliberalismo en nuestro país, el despojo se ha camuflado de narcotráfico o crimen organizado, por un lado, y la lucha  contra ellos desde los aparatos represivos del estado, por el otro, de tal forma que la sociedad civil queda en medio de ambos extremos de las pinzas que son manejadas por el mismo operador: el capital. En este contexto de “Pedagogía del terror”, como atinadamente lo calificó Aída Hernández en La Jornada, hace unos días, la lucha contra el crimen organizado, desde sus inicios, hizo aparecer a las “víctimas colaterales”, es decir, civiles inocentes asesinados, heridos, secuestrados o desaparecidos por las fuerzas militares, como algo normal, como un sacrificio y un costo necesarios que la sociedad civil debería acostumbrarse a pagar, si es que quiere gozar de “seguridad”, lo cual ha permitido combatir por igual a delincuentes y a activistas sociales o a integrantes de movimientos inconformes con las políticas neoliberales, o a pueblos indígenas enteros que defienden sus territorios.

Los saldos siguen siendo negativos: miles de muertos, desaparecidos y encarcelados;  impunidad y corrupción crecientes y descaradas de los funcionarios que le hacen el trabajo sucio a las corporaciones transnacionales; una mayor inseguridad y miedo en el seno de la sociedad para que acepte pasivamente lo que decidan el capital: destruir la tierra con el fracking minero, destruir la biodiversidad con los organismos genéticamente modificados, destruir ecosistemas como los manglares para levantar grandes hoteles; arrebatar las tierras ejidales alrededor de las grandes ciudades para la expansión de negocios inmobiliarios, o grandes parques eólicos o de energía fotovoltaica; entregar a empresas privadas el agua que es fundamental para la vida en todas sus formas; privar a las poblaciones campesinas de sus alimentos básicos, firmando acuerdos entreguistas que desalientan la producción nacional e importan cereales subsidiados por USA. Esta embestida contra la Madre Tierra y sus guardianes no es sólo en México, es una estrategia aplicada a nivel mundial, pero particularmente en América Latina, en donde los pueblos originarios no se han dejado engañar por el canto de las sirenas de una vida supuestamente más llena de comodidades y de menos fatigas, por el espejismo de la vida urbana, y contra viento y marea se han mantenido en una relación armoniosa y sagrada con la Madre Tierra. Gracias a ellos y a sus muertos, sobreviven selvas, bosques y ecosistemas que dan cuenta de la vida del planeta y su sobrevivencia.