Herencia de mayo de 68

Aunque el movimiento estudiantil en Francia había iniciado realmente desde el mes de marzo de ese año, con la toma de la Universidad de Nanterre por parte de los estudiantes, fue en el mes de mayo cuando el movimiento demostró todo su dinamismo al incorporar a las protestas a los sectores obreros, generando marchas conjuntas como nunca antes se habían visto, como la del 13 de mayo. La movilización y la huelga general fueron tan amplias que el 22 de ese mes se firmaron los acuerdos entre la CGT, la central sindical de tendencia comunista y el gobierno de De Gaulle que cayó el 30 de ese mismo mes, para dar paso a un gobierno aún más conservador.

Por eso se habla de mayo del 68, como el inicio de una revolución, no tanto social, aunque evidentemente  ahí tuvo mayores repercusiones, sino cultural, de cambio de paradigma, de construcción de una nueva visión del mundo, diferente a la planteada por el capitalismo salvaje, pero también a la planteada por el estalinismo ruso o los llamados socialismos reales. En su origen, el movimiento nació en los jóvenes que utilizando las herramientas del saber y el pensamiento cuestionaron radicalmente el modelo de civilización basado en la premisa de que había que producir todo tipo de bienes para poseerlos y, por ende, ser felices a partir de ese “tener”, que era lo que planteaba la sociedad de consumo capitalista, pero también las economías comunistas; la única diferencia entre ambos modelos era quien detentaba los medios de producción y quien organizaba la distribución del trabajo y la riqueza generada: en el primer caso, era el capital, la élite dueña de la riqueza, mientras que en el segundo, era el Estado burocrático de una economía centralmente planificada, sin la participación del pueblo.

Entre ambos sistemas, los jóvenes no percibían una diferencia de fondo: en ambos casos la vida se deshumanizaba en aras de la producción y la búsqueda de acumular bienes. Lo que el movimiento planteaba de entrada era la búsqueda de otro modo de vida, de otra forma de realización humana que no se basara en el “tener”, sino en el “ser” (parafraseando el famoso libro de Erich From, Ser o tener). Por ese tiempo, en el seno de esos grupos de jóvenes disidentes (calificados como gauchistes, es decir izquierdistas muy a la izquierda), surgieron estudios serios en economía que demostraban la posibilidad de que las necesidades humanas básicas fueran satisfechas con sólo dos horas de trabajo al día, pero claro considerando otro modelo completamente diferente de sociedad, en donde el trabajo sólo fuera un medio para subsistir y no un fin en sí mismo.


Flotaban en el ambiente los análisis de Ivan Illich y la construcción de una sociedad convivial en la que se desmantelara la megamáquina de la productividad a ultranza que en vez de servir al hombre, lo esclaviza y lo somete a sus dictados, al mismo tiempo que arrasa con la naturaleza y sus recursos. También se escuchaban los ecos de la creación del “Hombre Nuevo”, preconizada por el Che Guevara, como modelo del revolucionario, el hombre que mira más allá del bienestar económico para aspirar a una humanidad transformada. Los acontecimientos posteriores cambiaron el rumbo: puestos a los estudiantes, aumentos salariales y vacaciones a los obreros y la apertura de supuestas vías de participación en la vida política, a cambio de que se olvidaran de la utopía de un mundo diferente… A 50 años de distancia, ¿estará olvidada?