Habitus o hartazgo

Mucho se ha especulado sobre las posibilidades de triunfo de las múltiples alianzas políticas a nivel nacional y a nivel estatal: el comportamiento de las encuestas, el recuento histórico de los votos, el comportamiento electoral y una serie de elementos han sido comparados para que los medios de comunicación, opinadores e intelectuales direccionen la opinión pública y la intención de voto por tal o cual candidato o candidata rumbo al 2018, pues el “determinismo” histórico así lo devela.

En esta tarea, los medios de comunicación, opinadores e intelectuales han caído en un sinfín de contradicciones, algunas veces obviadas y otras ignoradas tanto voluntaria como involuntariamente.

Para el caso de nuestra entidad, en los medios se han mostrado tendencias que otorgan de manera anticipada el triunfo para algunas candidatas y algunos candidatos, sin tener aún encuestas de por medio. Esta información ha sido intuida por el comportamiento del o la candidata, del partido y de las bases sociales que habitan en los distritos. De la misma forma, señala quiénes son las y los candidatos que tienen pocas o nulas posibilidades de ganar.


En este recuento, los argumentos, como anteriormente se sostuvo, son contradictorios, en primera instancia, los comunicadores e intelectuales recurren a la explicación del comportamiento del electorado y el voto; en segundo término, los elementos biográficos de las y los candidatos, su experiencia política en la administración pública, sus relaciones familiares, sus vínculos sociales y políticos, partidos, clientelas, etc., posteriormente, aluden a las relaciones familiares, su ascendencia, la cuna, el capital económico, el capital cultural y, sobre todo, ponderan por sobre todas las cosas el papel que tiene su partido o alianza en el campo de poder o gobierno en la entidad para asegurar el triunfo de sus candidatas y candidatos.

Las encuestas son un recurso a veces socorrido, pero a veces vetado, depende de los intereses, filias y fobias de los comunicadores e intelectuales. Si los candidatos que apoyan van debajo de las preferencias, es importante omitir el dato estadístico, si sus candidatos y candidatas van arriba de los demás, es el argumento lógico para generar la opinión. Lo demás, es lo de menos.

Como asistimos a un escenario nacional poco favorable estadísticamente para el partido en el poder y las empresas comunicativas afines, es necesario entonces recurrir a otros subterfugios que no sean referencias numéricas para generar tendencia, subvertir el orden de las preferencias o inhibir el voto para el candidato enemigo u opositor.

En esta ardua empresa, los medios crean sus propias encuestas y, paralelamente, de forma cuasi inocente nos advierten que en los procesos electorales sigue imperando un habitus en el procedimiento, develan el aparato electoral más aceitado, más conocido, pero también más finamente velado de la visibilidad pública. Esa cultura electoral vigente y que consiste en el triunfo electoral de un candidato y candidata a partir de: la intromisión y uso de las instituciones del Estado contra un candidato o candidata; cañonazos de dinero para la campaña y; la intromisión del partido y del gobernante en el poder para apoyar a su candidata o candidato.

La cultura política semi–oculta de este país dicta que un buen gobernante es aquel que deja a su sucesor y mantiene a su partido en el poder. ¿Será?

Durante años, aun a pesar de las alternancias políticas tanto a nivel federal como local, la cultura de las elecciones ha estado enmarcada en un habitus o campo político en el que se fabrica la clase gobernante, sus dinámicas de tránsito y sucesión y, por ende, también a la clase gobernada. Para Bourdieu, el habitus o campo de acción se construye a partir de los capitales sociales, económicos, culturales y políticos que cada individuo o grupo social posee, que le han sido heredados o ha logrado adquirir. A cada posición social le corresponde una experiencia de vida, de socialización, consumo, educación y adiestramiento. Esta división ha generado núcleos o campos de acción social que facilitan la dominación o subyugación de los unos sobre los otros.

Ello ha conformado también sociedades diferenciadas con una estructura estructurante, cada grupo social o clase asume con naturalidad el lugar que ocupa, su posición es interiorizada y naturalizada como una cualidad específica.

Los medios de comunicación, comunicadores e intelectuales preocupados porque sus candidatas o candidatos no figuran en las preferencias electorales de las encuestas, nos han dejado ver, en su desesperación, que las clases gobernantes tiene un habitus electoral siempre en marcha, que las alternancias políticas, las disputas por el poder local no son en realidad más que acomodos de actores que comparten capital cultural, económico, político, material, social y reproducen un campo de acción amplio en el que ellos logran estructurar a la sociedad diferenciada.

En su necesidad u obligatoriedad de generar tendencias u opinión, destapan la cloaca del habitus político local en México, eso que los politólogos llamaron cultura política, reduciendo su contenido social y reproducción de privilegios a partir de la naturalización de la diferencia y, por ende, a la obtención del voto y coacción a través de: fraudes, compra de votos, mapaches rastreadores, acarreo, cargada, tamal, carrusel, entrega de vales de gasolina, despensas, tinacos, ladrillos, cemento, bonos, la mesa que más aplauda, ratón loco, catafixia, tarjetas de débito o prepago, la uña negra, urna embarazada y salario rosa.

Los medios de comunicación, comunicadores e intelectuales han puesto en evidencia que persiste una máxima: el partido en el poder siempre tiene las de ganar, que es poco probable que la diferencia rompa con ese habitus o campo de acción cuidadosamente construido, celosamente guardado y, en ocasiones, violentamente defendido.

La manifestación social de repudio y hartazgo a este campo de acción es clara, contundente y cuantificable aun a pesar de un gran empeño de invisibilidad mediática.

De esta forma, los medios de comunicación, comunicadores e intelectuales nos sitúan en una disyuntiva. ¿Estamos ante un escenario en el que las elecciones se ganarán por la reproducción del mismo hábitus de la clase gobernante y afiliados o, por el triunfo de un hartazgo generalizado que debe manifestarse a través del voto?

Triunfará el voto del hartazgo sobre el habitus de un poder político que en México se ha enseñoreado al estilo de aquella máxima que el bizantino Miguel Critóbulo le advirtió al sultán: “tú papel es ser rey de los persas y mandar por igual a griegos y romanos”.