Golocine

Cuando veo entrar a alguien a la sala de cine cargando esas porciones gigantes de palomitas y sus garrafas de refresco me dan ganas de gritar como Pedro Picapiedra: ¡Yabadabadú! No me queda más que constatar que esas inhumanas raciones de gaseosa y de maíz saladísimo han contribuido a convertirnos en el país más gordo del planeta.

El cine siempre ha sido el divertimento más barato, no por nada los mexicanos somos de los que más acudimos a él. Cuando uno tiene dos niños o quiere invitar a salir a la novia, una película es la mejor opción, pese al precio de las entradas y a que la calidad de las películas se haya estancado. Antes cuando llegábamos a ver nuestras cintas favoritas teníamos la opción de comprarle a la señora del puestito una bolsita de celofán con semillas varias. El ruido que producían dentro de la sala era molesto, pero el placer del cacahuate enchilado era insuperable; por otra parte teníamos la certeza de que no pasaban por procesos de industrialización sino que venían del comal a la boca.

Luego llegaron las importaciones norteamericanas y con ello los chocolates con nougat. Mi favorito era 3 Musketeers. No había nada que se le pareciera, ni el ahora ubicuo Snickers. También arribaron las pastillas PEZ, que se distinguían de los demás dulces porque parecían ser un encendedor que tenía la cabeza de un personaje pop famoso. Llegué a coleccionar cerca de 60 de estos expendedores que iban desde Darth Vader hasta el Pato Lucas.


En cines escogidos había una marca de dulces que desapareció al mismo tiempo que las salas de barrio, los “Golocine”. Su variedad era fantástica, había lunetas, pasas cubiertas de chocolate, cacahuates, gomitas, pepitas, incluso nueces de la India y pistaches. La bolsa, pese a ser de celofán, hacía menos ruido que las normales. Aunque también gustaba de comer una copa de helado napolitano que no tenía marca y que te era entregada con una servilleta diminuta y una cuchara que nunca alcanzaba a llegar hasta abajo. Compraba sólo una bolsa de “Golocine” y comiéndola poco a poco me duraba hasta ya muy entrada la película. No sé si era por avaro o porque no existían raciones gigantes de los pistaches.




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