Género y educación superior. Un problema añejo en la lucha por la igualdad

Aurelia Flores Hernández

Hay un proclamo social de júbilo, gozo y triunfo porque en este siglo ¡la educación universitaria y superior para las mujeres es una realidad!, raro es saber que a alguna le fue negado este derecho. Otras voces generan ecos lacerantes que anuncian que las mujeres cada vez “ganan más espacios en los recintos universitarios y ocupan altos cargos directivos”. A mi juicio, estos pregones son verdades a medias que intentan disimular una realidad más complicada, las mujeres en las instituciones de educación superior (IES) no son tantas, ni son todas, más allá de las cuántas, su llegada es interpelada pues partimos del hecho de que alguien les concedió parte de ese espacio o que ellas empujaron fuerte para llegar a éste, en todo caso, tuvo que darse un proceso de disputa y negociación para que en la actualidad, la suma no sólo sea de una. Y sí, al menos, la protección está reglamentada, no así las circunstancias culturales y familiares que restringen la presencia femenina en cualquier IES, y una vez dentro no se cuestionan los costos de la conciliación entre familia y trabajo, los salarios, el tipo de contrataciones, las posiciones jerárquicas que ocupan y más.

Aunque sin mejoras reveladoras, la matrícula femenina en este nivel lleva ventaja si la comparamos con otras épocas, de acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), la matriculación de las mujeres en México en posgrados es del 50.4 por ciento, mientras que en las especialidades el panorama femenino se ubica en un 51 por ciento y en las maestrías en un 51.2 por ciento. En el único tipo de titulación que los hombres superan a las mujeres es en la licenciatura, donde registran un 52 por ciento. En Tlaxcala, el Índice de Paridad de Género (IPG) en la educación superior durante el período 2013–2014 fue de 1.09, favorable a las mujeres. Sin embargo, las disciplinas formativas para ellas siguen siendo preferentemente extensión de “su naturaleza” (enfermería, psicología, trabajo social, ciencias de la familia, nutrición, ciencias de la educación) y dista en un futuro inmediato de la posibilidad de un incremento en otras áreas de las ciencias (mecánica, sistemas electrónicos, arquitectura, veterinaria y zootecnia, computación, entre otras). El tránsito de las mujeres en las aulas, en los laboratorios, en los recintos académicos, en las bibliotecas, en las zonas de deporte y habilitación artística, en los pasillos universitarios, haciendo docencia, investigación, gestión administrativa y formación continua, en puestos de toma de decisiones, en servicios de cuidado de imagen, muestra que ellas están allí: en los escenarios universitarios.


En los círculos académicos, tanto la participación femenina en los espacios diversos de las IES, como la lucha para reconocer a la perspectiva de género en éstas han sido objeto de documentación desde hace algunos años y aparecen como polémica interesante. Las voces feministas demandan que el reconocimiento normativo de la INCLUSIÓN de la mirada de género en estas instituciones es una estrategia ineludible para legitimar políticas de igualdad, las cuales han sido fuertemente estimuladas a través de acuerdos mundiales, tales como la III Conferencia de las Mujeres en Nairoibi (1985), la IV Conferencia Mundial de las Mujeres celebrada en Beijing (1995) y, de forma más reciente, los Compromisos asumidos en la Plataforma de Acción (2015) reconocida como Beijing +20.

Así, a pesar de la firma de estos pactos internacionales, hoy día se enfrentan retos mayores, las mujeres pisan suelo universitario pero ahora ¿cómo hacer que la importancia de INCLUIR al género –a nivel estructural e individual– sea más que mera concesión de espacios o de representación numérica? Este dilema es crucial en el campo de batalla por la reivindicación de los derechos de las mujeres en la educación superior que durante las tres últimas décadas del siglo XX y las primeras transcurridas en este siglo se ha reflexionado. Por un lado, se sostuvo una propuesta que planteaba la unificación del género en los modelos educativos basado en planes de estudio integrados que requerían un alto grado de coordinación y el apoyo del profesorado, situación difícil de encontrar en la mayoría de IES, pues la formación disciplinar en género recientemente comenzaba. Por otra parte, se ofrecía una proposición que reclamaba la autonomía de incrustar el género en todos los cursos regulares en el menor tiempo posible, sugiriendo también la creación de departamentos y programas docentes totalmente independientes y separados del resto de disciplinas que podían ser afines. Ambas iniciativas han tenido desafíos.

La visión conservadora en el primer caso restringía la formación en género exclusivamente a personas expertas en el saber y en enseñar género, en ese momento un número bastante reducido, esta orientación no fraguó potencialmente, ni redituó en el sostenimiento de la perspectiva de género en las IES, hay pocas experiencias al respecto y éstas en su mayoría ocurrieron al principio en países como Inglaterra y Estados Unidos de América. En la otra línea, el desprestigio a la mirada autónoma acerca del género se centró en creer que el aislamiento como requisito indispensable para lograr identidad, desarrollar investigaciones y establecer un currículo en forma independiente por parte de un grupo de especialistas conduciría inevitablemente a la conformación de ghettos académicos de género, en un periodo posterior esta ruta fue fuertemente arraigada en varias universidades mexicanas.

Sopesar los cambios en cada espacio académico, siempre con la mirada fija en cumplir las demandas de las mujeres y revertir situaciones de desigualdad de género, se ha constituido en un camino obligatorio para que el género en la educación superior no perezca. Parece ser que la balanza se ha inclinado a favor de la llamada institucionalización de la perspectiva de género como un eje transversal de la vida universitaria. En opinión de algunas, esta estrategia sitúa en riesgo las demandas de las mujeres y muy particularmente, contraviene al principio de autonomía con miras a caer en la banalización. En tanto, otras voces sugieren que con ésta al menos se ha logrado la legitimación de un discurso público en torno a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, y ha colocado en la mesa de discusión los efectos de la discriminación y la violencia, por ejemplo.

Construir una tercera vía para dirigir esfuerzos en ambos sentidos, considerando la articulación paralela entre integración y autonomía, y evitar un modelo único para todas las IES, no ha resultado sin tropiezos. Cada vez hay más que persisten y abogan por mantener una corriente autónoma que les otorgue independencia y libertad para encauzar y dirigir sus propios rumbos con el propósito de INCLUIR al género en el quehacer profesional, evitando con ello efectos negativos que tergiversan el discurso pro–igualdad. Y proponiendo al mismo tiempo, optar por estrategias que superen una visión miope que haga reducir al género a “un vestido de tallaje”, en otras palabras, se intente solamente encajar el género en la vida institucional y en las prácticas educativas como una simple bandera de “moda” que como tal, una vez reproducida, generalizada y abatida por una “nueva moda”, tenga su época, su vigencia y su olvido.

Sin lugar a dudas, los recursos y los financiamientos que dota la moda temática del género son siempre atrayentes, además de que esta boga posiciona a las IES a la vanguardia, convirtiéndose, en ocasiones, en espacio de oportunismo académico y político, coyuntura en la que se valora mucho más, y es más necesario y útil contar con un camuflaje de camaleón que tener herramientas formativas (conocimientos y comportamientos individuales) indispensables para posicionar de forma conveniente y eficaz los intereses de género. La INCLUSIÓN del género en las IES no debería entonces ser asumida como un asunto de simple “moda de hacer género”, esta mirada poco crítica sólo saca provecho sin comprometerse a efectuar cambios cruciales que se derivan de la propuesta, adoptarla de esta manera coloca en una situación que descalifica y minimiza largas décadas de lucha por la igualdad entre hombres y mujeres de un camino recorrido en la vida académica, la investigación y los movimientos sociales. Esta ceguera de género reduce las proposiciones feministas de gran magnitud planteadas hace muchísimos años. En este contexto controversial, los apoyos son sustanciales, comenzando por la sensibilidad tanto de quienes ocupan cargos directivos y tienen la oportunidad de tomar decisiones e incidir en las negociaciones para equilibrar la balanza de las desigualdades, como de quienes en las universidades generan en el día a día en las aulas o en la investigación ideas y acciones para achicar la brecha de desigualdad real de género que prevalece y representa un escenario sistemático y cotidiano para las mujeres en la educación superior.

La Agenda Pro–Igualdad en las IES y los desafíos que aún quedan por superar están pendientes, INCLUIR la perspectiva de género puede dirigirse en dos rumbos. De manera individual tenemos la obligación de “cacharnos todos los días”, si practicar ese verbo coloquial que en una búsqueda en el ciberespacio indica “agarrarnos con las manos en la masa”… “descubrirnos” o de modo menos común, “error o acción que desearíamos ocultar”, este consejo me fue compartido en un taller donde participé como facilitadora con universitarias hace algunos años. Y sí, creo que como persona es preferible “descubrirse a sí misma en la contradicción a que otras nos descubran ante una situación” en donde lo que pienso, lo que digo y lo que hago no tiene ninguna coherencia, y “darme cuenta si muestro congruencia o no”. Con esta mirada frente al espejo y tomando este sendero con un andar individual y aislado, bien podemos decidir en solitario cómo aplicar nuestro propio plan de igualdad.

El otro rumbo sugiere que las políticas institucionales actuales de las IES sean más corresponsables con estos principios y concurran más allá de la voluntad política y la concesión nominal para conseguir medidas institucionalizadas proclives a la igualdad real. Una opción para dirigir los esfuerzos hacia caminos menos escindidos o divididos, podría ser la apertura de sitios de trabajo y la revitalización de aquellos que ya existen, donde se están formando recursos humanos y se generan ideas para replantear la cultura institucional, porque quienes egresan de los recintos universitarios tienen delante de sí las demandas de una población extra–muros que desea saber cómo hacer y el papel correspondiente a cumplir para que las generaciones presentes y las venideras gocen de un mundo humano y genéricamente justo. Por fortuna, ese es un boleto sin retorno que muchas ya compramos, pero la ventanilla sigue estando abierta a quien esté interesado en este gran viaje.